"Pablo, viví por mí": el emotivo relato del héroe que vio morir al sargento que quería como a su "papá"

A 40 años de Malvinas, el ex soldado Pablo Azimonti recuerda con 0223 el crudo conflicto que le tocó vivir a él y a otros chicos de 18 y 19 años. Un relato detallado de la vida y la muerte en primera persona, y de las injusticias de la guerra.

Las postales de la triste guerra que Pablo aún atesora.

2 de Abril de 2022 11:52

“Si bien se cumplen 40 años, parece que fue ayer. Me suma estar vivo, viví una guerra absurda”, dice el exsoldado Pablo Azimonti, de 59 años y una vitalidad increíble. Disfruta de la vida, viaja bastante, tiene dos hijos grandes que son todo para él y recorre pueblos y ciudades de Argentina “malvinizando”, que dice es su misión hoy por hoy. Pasa tiempo con amigos en el Centro de Ex Combatientes de Mar del Plata donde hacen deportes y se juntan a comer, recordar, y sobre todo a hablar de la vida que para él es lo más importante. “El deporte me sacó de la guerra y me ayudó a cargar la pesada mochila de la post guerra”, señala.

Pablo Azimonti hoy disfruta de la vida y sigue con su misión de "Malvinizar".

“Yo quiero ‘malvinizar’, si es posible todo el año, no solo el 2 de abril”, sostiene en un largo diálogo con 0223. Hoy da charlas en colegios, desde primaria hasta universidad: “Voy y hablo de mi guerra, porque por ahí, tal vez, está un compañero que estuvo en el Crucero Belgrano y él habla de su guerra y una difiere de otra”.

En 1982, Pablo tenía 19 años y estaba preparado para vivir, no para morir. “A mi me dieron un arma y me dijeron ‘dispará y matá antes de que te maten’”. Oriundo de San Pedro, nacido el 16 de agosto de 1962 en el campo, vivió con su familia hasta que a los 2 años se mudaron al pueblo. Su familia tenía campos, con árboles frutales y una vida tranquila. Allí vivía con su viejo y su vieja que, según él, “sólo ella sabe lo que sufrió”.

“Mi mamá se enteró que estaba vivo por la televisión, cuando vio el desembarco de los soldados argentinos en Puerto Madryn. Estábamos en un galpón de hacienda y antes de bajar del barco inglés que nos trajo como prisioneros de guerra, nos dieron la mano y nos dijeron ‘chau amigos’. Eran concientes de que éramos unos chicos de 19 años, no como ellos que eran soldados profesionales, en general más grandes que nosotros”, recordó.

Pablo comenzó el Servicio Militar en 1981, “saqué el 343, no me lo olvido más ese número, estaba escuchando la radio en el colegio, en la secundaria”, y le tocó en el ejército, en el Batallón Logístico 10 en Villa Martelli, en donde hoy se encuentra Tecnópolis. En la colimba, dentro de todo la pasó bien, desempeñándose como “estafeta”, recibía y repartía fuera del cuartel todo tipo de documentación.

“Éramos 4 amigos, de los cuales uno ya había sido dado de baja, y los otros 2 que estaban en el batallón eran Daniel Cámara y José Menica, con quienes se juntaron hace poco (a Daniel lo vio hace días por primera vez luego de 40 años, cuando se despidieron en Malvinas). Azimonti aun no tenía la baja, y estaba en el cuartel para la Semana Santa de 1982.

Según el exsoldado, “no se sospechaba nada, solo hubo unos ejercicios, unos operativos en La Pampa, que eran fuertes tareas de combate, tipo adiestramiento. Noches de mucho frío en La Pampa, a campo traviesa, tal vez ahí hubo un indicio de lo que venía”. Por su parte, Pablo también había hecho un curso de soldado comando en los campos de San Ignacio.

El Centro de Ex Soldados Combatientes de Mar del Plata, un verdadero refugio.

2 de abril

Pablo y sus compañeros estaban en el cuartel cuando Galtieri salió al balcón y anunció la ocupación, el despliegue de tropas en Malvinas, “mucha gente lo apoyó, creo que casi todos los argentinos, cuando dijo ‘si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla’, un tipo borracho, confirmado por un amigo que fue asistente de él, que desayunaba con alcohol”.

“En la colimba, como en todo ámbito, hay personas y personas, y también hay milicos y milicos”, señaló y aseguró que en ese momento, el propio capitán fue el que, en confianza, le dijo que la movida de Malvinas era para tapar toda la crisis que había en el país, tanto política como económica y social. “Tengo amigos allá, enterrados”, dice con la voz quebrada por primera vez desde que comenzó el diálogo.

Según Pablo, “antes de eso no había una causa como la hay hoy, no había una conciencia de lo que significaban las Malvinas, no estaba tan presente el tema como ahora”.

“En eso llegó el capitán Pelufo para hacer la lista de los que iban a Malvinas, ‘vos sí, vos no’, Daniel y José iban y a mi me dejaban en el cuartel. Yo no tenía militares en mi familia pero siempre fui muy patriota, cantaba el himno con ganas, y como iban mis amigos, eso me impulsó a decir ‘quiero ir’, entonces hablé con el capitán y me dijo ‘no soldado, lo felicito pero ya está la lista hecha’. Hablé con un sargento que era muy amigo, que hoy está en Malvinas, que murió por una bomba que cayó cerca de mí y lo mismo, me dijo que hable con el teniente coronel, el jefe del batallón. Y me dijo lo mismo, ‘únicamente si se entera de alguien que no quiera ir, yo lo cambio’”.

Así fue que surgió una posibilidad ya que “estaba el soldado Ísola, que había sido padre, ya tenía 24 años y un hijo de 2, y eso lo llevó a no querer ir, entonces me cambiaron por él, me dieron su ropa, yo tenía mi fusil, mi casco”.

El traslado a lo desconocido

El batallón de Pablo salió del cuartel el 14 de abril en camiones por la General Paz, “estábamos felices, contentos, éramos pibes de 18 años que íbamos a un pic nic, no sabíamos a dónde íbamos, sólo que nos movilizábamos al sur pero no exactamente a dónde”. A todo esto, también se sabía que los ingleses iban a venir.

Los llevaron al aeropuerto de El Palomar y abordaron un Boeing 747 de Aerolíneas Argentina, sin asientos, todos sentados en el piso apoyados en las rodillas del compañero que estaba por detrás. “Para muchos era la primera vez que volábamos, éramos pibes”. Aterrizaron en Río Gallegos, donde pasaron una noche. “Ahí se me acercó el capitán De Urquiza y me dijo ‘soldado, usted va a ser asistente mío’, y como era una orden respondí un ‘sí mi capitán’, así era la cosa”.

En Río Gallegos los hicieron subir nuevamente al avión sin decirles bien a donde los llevaban, y luego del despegue, en pleno vuelo, por los parlantes del avión se escuchó la voz de un oficial que dijo: “soldados, va a ser parte de la historia, vamos a aterrizar en las islas Malvinas”. “Las miré y se veían desde el cielo, con su forma tan característica, lo abracé a José y me puse a llorar”.

Azimonti y un amigo en Malvinas.

En suelo Malvinense

“Aterrizamos, cada uno con su equipo, fusil y casco, había pibes que no tenían instrucción, no habían tirado nunca un tiro. Hicimos un campamento contiguo al aeropuerto en donde pasamos 2 noches y luego caminamos a Puerto Argentino. Saludábamos a la gente, queríamos ser atentos, algunos miraban mal, otros saludaban pero con rostro adusto. Pasamos por la casa del gobernador donde flameaba la bandera argentina, estaba Menéndez (Mario Benjamín, designado gobernador por el gobierno de facto)”.

Camino al Cerro Dos Hermanas, donde debía afianzarse el batallón, pasando una zona de vialidad, ahí ya empezaron a hacer los pozos para las trincheras, “era un terreno difícil, el agua brotaba del suelo”, recuerda. “Cada trinchera era para 3 soldados, estábamos en el barro, cagados de frío y mal comidos”, señala el ex soldado.

“Al día siguiente vino el capitán De Urquiza y me dijo, ‘soldado venga’, y fuimos hasta una casa abandonada por los kelpers”. “Estábamos en otra, no teníamos ni idea. Hacíamos pelotas de fútbol con lo que encontrábamos y jugábamos. Yo en lo personal creía que iba a haber una mediación y que no iba a haber conflicto. Los militares dormían en camas con frazadas y nosotros en bolsas de dormir en el galpón del fondo de esa casa, todos embarrados”.

Durante los días previos al arribo de los ingleses, las desigualdades entre soldados y militares eran notorias. “Un día el capitán viene y me dice, ‘soldado tome’, y me da los borceguíes para que se los lustre, le dije que no, ‘mire mis borceguíes capitán, mire mi ropa toda embarrada’, le dije que no”, rememora. “’Lo voy a mandar con la tropa’, me amenazó, a lo que respondí ‘es lo que quiero, quiero estar con mis compañeros’. Me llevé un gorro de lana y me volví al pozo con mis amigos”, afirma Pablo, y agrega: “Mientras estábamos ahí estaba todo bastante tranquilo, vivíamos otra cosa, festejábamos los cumpleaños, íbamos al pueblo a buscar las cartas”.

La guerra

El 1° de mayo Pablo estaba de guardia en el pozo, tenía un teléfono de campaña que sonó cerca de las 4:30, y del otro lado se escuchó: “soldado alerta roja”. “Me quedé mudo, petrificado, no entendía, ‘soldado reaccione, vamos a ser atacados, nos van a bombardear’, me decían”. “Salí a avisar a las posiciones que nos iban a atacar y a las 5 de la mañana fue el primer bombardeo, atacaron la zona del aeropuerto que era su primer objetivo para cortar la conexión nuestra con el continente”.

“Veíamos y escuchábamos las bombas, que tiraban desde los aviones y desde los buques que también atacaban. Cerca nuestro había un cañón, del Batallón de Infantería Mecanizada y eso también era un objetivo para los ingleses. Cuando pasaba algún avión yo le tiraba con el fusil, imagínate lo que le hacía. Ese día empezó la incertidumbre total, no bañarnos, no comer, no dormir”.

La muerte en primera persona

El sargento La Rosa, un hombre del ejército, más grande que los soldados era algo así como un padre para alguno de ellos. “Nunca me había llamado por mi nombre. Un día yo estaba con anginas en la carpa de sanidad, no podíamos dormir por las bombas hasta que el sueño te vencía, sino no se podía. Estábamos en un catre, vestidos, cerca de mí estaba el Oso, un amigo, y escuchamos el chiflido de una bomba que venía hasta nosotros. Cayó muy cerca. La onda expansiva nos levantó del piso, volvimos a caer y empecé a escuchar gritos desesperados. Salgo y vi que la bomba había caído en un pozo donde había dos cabos, un sargento y un soldado, entre ellos el sargento La Rosa”.

La guerra comenzaba a mostrar su cara más terrible para aquellos chicos y en particular para Pablo. “Lo cargamos a una camioneta y fuimos para el hospital, era de noche y cuando nos acercamos al pueblo, con las luces, vi que tenía una esquirla clavada en el estómago y sangraba por los oídos. Le dije cosas que no le había dicho nunca, que no se muera, que había sido como un padre para mi. Ahí por primera vez me llamó por mi nombre: ‘Pablo quiero morir’. ‘Mi sargento tiene una familia que lo espera’, le dije. Antes de llegar al hospital murió en mis brazos, pero antes me dijo: ‘Pablo, viví por mi’”, recuerda, llorando.

Argentinos e ingleses en las Malvinas.

El final de la guerra

El 14 de junio nevaba. Los combates ya eran cuerpo a cuerpo, lo peor. “Salgo del pozo y veía pibes que venían del frente, venían mal, cabeza gacha, algunos heridos, otros sin miembros, cargando a otros. ‘Terminó la guerra’, me dijo el Oso. Nos replegamos y justo vi cuando cambiaban la bandera Argentina por la inglesa en la casa del gobernador, un momento de lágrimas y sentimientos encontrados porque no queríamos perder, queríamos ir al frente a matar o morir, pero también queríamos que terminara toda la puta hostia y volver a casa, con los viejos, con los amigos. Crecimos de golpe”.

Los ingleses los llevaron a unos galpones en donde había un montón de latas de dulce de batata, otro tanto de cajas de ginebra Bols, dulce de leche, leche condensada, “y nosotros cagados de hambre”. No había logística y no nos llegaba casi nada. “Casi no comíamos. Los oficiales comían muy bien. La bronca e impotencia que sentimos, había bufandas y tejidos de las madres argentinas que habían enviado a las islas y no nos daban nada de todo eso”.

Prisioneros de guerra

“Soldados, los van a llevar a un barco así que prepárense”, dijo un oficial. Muchos soldados volvieron de Malvinas en el crucero Canberra, que era un barco de lujo acondicionado como transporte de tropas. “Ahí vi a un oficial, un cabo, que lo agarré del cuello porque por miedo se sacó la jineta del uniforme, ‘sos un cagón’, le dije y el Oso me lo sacó porque lo quería matar”, evoca Pablo.

Pablo apenas tenía 19 años cuando fue a Malvinas.

Los ingleses los juntaron en lo que sería el hall del barco, y ahí un oficial ingles en claro español les dijo: “primero, antes que nada quiero felicitarlos por los cojones que tuvieron, sabemos que son chicos, pero la entereza y valentía que tuvieron en todo esto, nos hicieron preocupar mucho. Sean conscientes que son prisioneros de guerra, si se portan bien van a ser tratados bien”.

“Fuimos a los camarotes, el piso estaba alfombrado y ahí me di un baño con agua caliente que me hizo muy bien. Durante 2 meses en las islas sólo me había dado un baño. Y volver a comer, desayuno, almuerzo y cena, nos daban cigarrillos, nos trataron mejor los ingleses que los militares argentinos. En el Canberra nos llevaron a Puerto Madryn y antes de bajar nos dieron la mano y nos dijeron ‘chau amigos’”. Fueron 3 días en el Canberra como prisioneros de guerra, en los cuales notaron más que nunca lo injusto del trato que habían recibido.

La vuelta a Argentina

En Madryn, los militares argentinos “volvieron a jugar a los soldaditos, volvieron a ser nuestros jefes, se olvidaron que volvíamos de la guerra, que estábamos mal”, sostuvo. “A mi los ingleses me salvaron un pie que los médicos argentinos me querían cortar y ellos me lo curaron en el Canberra”, señaló.

Del barco los llevaron a unos galpones, y una tarde, Pablo y dos amigos se escaparon un rato, “queríamos ver gente, nos metimos en un almacén y nos decían, ‘soldados qué quieren comer’, y yo pedí un sánguche de mortadela y queso, que era como comer caviar en ese momento”.

“En la calle se me acercó un hombre y me preguntó si mi mamá sabía si estaba vivo, le dije que no, pero mi vieja me había visto en unas imágenes que salieron por televisión, del desembarco en Puerto Madryn y yo no sabía nada. En San Pedro todo el mundo fue a mi casa a decirle a mi mamá: ‘¡Pablo está vivo, Pablo está vivo!’. Ese hombre buscó en la guía el número de mi casa, llamó, y le contó a mi familia que había estado conmigo”, cuenta.

De ahí los llevaron en camiones hasta Trelew, los subieron a un avión de Austral y volaron de vuelta hasta El Palomar. En el aeropuerto, para no tener contacto con la gente los llevaron a la Escuela Sargento Cabral, “para lavarnos la cabeza y decirnos qué teníamos que decir y qué no”, añade.

“Afuera estaba mi hermana y mi cuñado. Había presión de los familiares y nosotros amenazamos con hacer un motín para que nos dejen salir. Y nos fueron a buscar en colectivos de la línea 67 y nos llevaron al cuartel en Villa Martelli. Nos pusimos la ropa de civil, la misma que habíamos dejado allí cuando llegamos y finalmente salimos. Afuera estaba mi viejo, mi abuela, una tía, una prima, un momento de mucha alegría. Volvimos a San Pedro y el abrazo con mi vieja fue interminable, ‘volviste hijo’, me dijo entre lágrimas, fue muy fuerte”, reconoce.

Un momento de felicidad en medio del calvario.

El día después de la guerra

“Me quiero ir a un lugar en donde nadie me conozca”, pensó al volver a su pueblo. Pablo había chocado con una realidad en San Pedro que no quería, ya era otra persona y no se hallaba ahí, la gente buscaba el morbo, algunos amigos estaban en cualquiera, todo superficial y él había cambiado mucho.

Tenía un amigo en Mar del Plata y se vino para acá. “Aluciné con la ciudad, me gustó mucho”, asegura. Podría haber ido a Rosario o a Buenos Aires, pero ya conocía y no le gustaba. Los días posteriores a la guerra no son fáciles, “cualquier ruido de noche cuando dormía era una bomba, me iba a la escollera a llorar no sabía cómo actuar, empecé a hacer terapia”, confiesa.

Pablo es técnico químico, egresado de la escuela técnica Otto Krause de Buenos Aires y quería estudiar ingeniería pero acá se quedó, hizo su vida, conoció a la madre de sus hijos y forjó una buena relación con los ex combatientes marplatenses. “Nosotros decimos que para un veterano de Malvinas no hay mejor cosa que otro veterano de Malvinas, porque la peleó igual que vos, sabe entenderte, sabe cuándo dejarte solo, cuándo reír o llorar con vos, cuándo abrazarte”, ratifica.

 

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