Marina Maravilla y la búsqueda de la escritura en lo cotidiano

Es el nuevo libro de Matías Moscardi y se puede leer como una parte más del proyecto iniciado con El gran Deleuze. La literatura entre lo lúdico y el cuerpo. La enseñanza a través de líneas indirectas al mejor estilo zen.

Portada de la novela de Matías Moscardi.

27 de Octubre de 2024 10:19

Marina Maravilla y el fabuloso Dojo Literario de Katsumoto Hagakure (AZ Editora – 2024) de Matías Moscardi, puede leerse y pensarse en línea con su libro anterior ¡El gran Deleuze! Ambos proyectos buscan proponer algo novedoso, interactivo y pensante en el marco de la literatura infanto juvenil. El mismo Moscardi sostiene: “Me parece que la característica que une a los dos proyectos es que son dos proyectos bastante jugados, arriesgados. Personalmente, no soy muy lector de la literatura infanto juvenil, conozco los clásicos, pero no tanto a los del presente. Entonces, como que los proyectos que se me ocurren son como raros en relación a este campo”.

Las devoluciones de Marina Maravilla que ha recibido el autor son de lo más variadas, así como variados son los lectores que esta obra ha conformado. “Hace poco estuve en Caseros, Entre Ríos, en una presentación y eran todos niños y niñas, pero he estado en otras donde eran en su mayoría grandes. Como que el texto va bajando en esas dos direcciones y con el de Deleuze me pasó exactamente lo mismo, en la mayoría de los casos el público era grande”, trata de explicar el autor.

Las enseñanzas de Katsumoto Hagakure.

-Y aparece esta cuestión de qué es la literatura infantil o juvenil, si existe algo así o es toda una literatura. Parecen medicamentos, ¿no? Hay que leer esto hasta los ocho años, para más de doce este otro libro…

- Sí, creo que eso de alguna manera aplana las escrituras, como que al dirigirlas tanto hacia un determinado lector, tan atravesado por lo biológico, por la edad, es como que la escritura queda como como aplanada. César Aira tiene un ensayo muy bueno que se llama Contra la literatura infantil en donde dice que, justamente el mercado, porque no hay que echarle la culpa al género, construye un producto tan dirigido, a un lector determinado, que termina reduciendo la potencia más grande de la literatura: la de inventar al propio lector. Lo que busqué tanto en El gran Deleuze como en Marina Maravilla es llevar adelante eso que dice Aira: buscar esa gran potencia que tiene la literatura de formar su lector. También el libro trabaja mucho con algo relacionado con lo musical del lenguaje, con lo poético. Entonces, a veces no es necesario tampoco entender completamente todo, sino poder entrar un poco en esa música. Me parece que, en ese sentido, son dos proyectos bastante hermanados, aunque son bien distintos entre sí.

-Está bien eso que decís, porque son bien distintos, pero están hermanados por la intención del proyecto y su autor. ¿Fue una búsqueda o el resultado de una búsqueda?

- Marina Maravilla tiene un comienzo que yo relaciono mucho con Deleuze, que tiene que ver con el narrador. Un narrador que es medio personaje, si bien no interviene, pero es como una categoría de narrador que comenta, que acota. Un narrador que no termina de ser omnisciente, que está ahí como medio entre el comentario. En ambos pasa lo mismo y, además, hay un tono bastante parecido. Además, esta cuestión de las palabras medio vintage, palabras que usaba la abuela, esas palabras bien de un vocabulario medio despampanante que están en esta historia y también en el anterior. Casi son como un homenaje a nuestra infancia. Puedo decir que después de escribir El gran Deleuze me quedó la sensación de que había más por explorar en ese plano, pero también en ese tono.

- Un narrador muy arltiano, uno que se mete en la historia, contradice a los personajes, no está seguro de saber lo que pasa…

- Sí, y un narrador muy de los clásicos infantiles también. Muy de Pinocho, incluso de Peter Pan. Son narradores que se nota que están ahí, no para volverse invisibles, sino para generar una especie de lazo. Son narradores donde la omnisciencia funciona de una forma muy rara, por ejemplo, en el caso de Pinocho enjuician al personaje, pero después son medios cómplices o compinches con el lector.

Parte de la experiencia de Marina.

Si hay algo presente en Marina Maravilla es la cuestión lúdica. Desde una contratapa que le habla al lector, hasta las propias enseñanzas de Katsumoto.  Moscardi asegura que a él de chico siempre le gustó jugar y de grande lo trasladó al proceso de escritura. “Viste que en el juego se inventa una finalidad porque no tiene objeto más que jugar. Tiene que ver también con transformar materia, como transformar una caja en un auto o el tubo del papel higiénico en un largavista. Las formas de enseñar que tiene Katsumoto tienen que ver con que no hay un objeto de la enseñanza, o sea, enseñar a escribir no tiene como objeto la escritura o la literatura, sino que son prácticas que se van conectando entre sí. Entonces, de pronto estás bailando y de pronto aprendiste algo sobre la escritura, ¿no? Como que tiene que ver con la interconexión de todas las prácticas y en eso hay algo del juego, porque es cómo por medio de una práctica aprendés otra, se transforma la materia. Entonces, hay algo lúdico en eso de querer enseñar las cosas de manera indirecta, que es una enseñanza típica del budismo zen, que después retoman las películas de artes marciales tipo Karate kid, donde para bloquear un golpe tenés que aprender a pintar una cerca”, sostiene.

-Además la novela trabaja mucho esta desdramatización del acto de escribir o de ser escritor…

- En el fondo siempre hay otra cosa detrás de una búsqueda de este tipo. La idea es sacarle algo a eso de la pose de la escritura, de la cosa de Instagram y las redes sociales. Porque si todo es tan idílico como ahí, termina inhibiendo a muchos. O sea, si son todos grandes escritores, todos grandes premios, para el resto le genera cierta frustración, inhibición. Marina quiere ser una gran escritora y Katsumoto Hagakure se ríe todo el tiempo y la manda a ordenar libros. Entonces, también está el planteo de que se muestre como algo cotidiano, que no es algo extraordinario y que puede formar parte de nosotros, como si fuera cuidar el jardín de tu casa, limpiar tu cuerpo, amar a las personas que tenés cerca.

Lo original de que una contratapa le hable al lector.

El escenario de la historia es un Dojo, un dojo literario. En un dojo se enseñan artes marciales, a luchar, a defenderse y, sobre todo, a no pelear, a no combatir. Es un espacio de resistencia y aprendizaje. La pregunta, pensando en ese espacio, es: ¿Cuánto hay de eso en la figura del escritor también? Moscardi responde: “Claro, acá el dojo se transforma en un espacio de taller de escritura. La idea inicial fue esa, así lo imaginé y, por supuesto, que no fuera en el mundo real, porque quería que los ejercicios y las pruebas sean más fantásticas como nadar en una sopa de letras gigantes, por ejemplo. Hay una mezcla acá de Alicia y El viaje de Chihiro, pero también las películas de karate y sus maestros, que tengan un discurso bien budista, pero que a la vez sean lecciones delirantes. Viste que él, ante cada lección, le tira algún tipo de pseudo alegoría, como cuando ella tiene que escribir en el escritorio de hielo y se da cuenta de que debe calentar sus manos para que las palabras sean cálidas. Entonces siempre hay algo que remite a la escritura”.

Marina Maravilla y el fabuloso Dojo Literario de Katsumoto Hagakure es una maravillosa fusión entre aventura y enseñanza zen que busca hablar del proceso de la literatura. Proceso que involucra el escribir y el leer, pero también el estimular la curiosidad intelectual para pararnos, grandes y chicos, frente al espejo de la realidad con una perspectiva renovada y enriquecida.

 

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