Daniel Balmaceda: “El crimen es un punto de máxima tensión que deja al descubierto cómo funciona la Justicia”
El divulgador Daniel Balmaceda nos acerca El crimen de Año Nuevo, su nuevo libro. Una investigación atrapante que mezcla rigor histórico con intriga policial. Un relato que revive un caso real y sorprende por su vigencia. Se presentará en el Festival Penguin Libros.
El crimen de Año Nuevo (Sudamericana – 2025) es una crónica novelada que combina historia policial, relato costumbrista y memoria de la inmigración italiana en Buenos Aires. Daniel Balmaceda reconstruye con detalle la vida cotidiana, los personajes y el clima social de 1880, mostrando cómo la esperanza de los inmigrantes se enfrentaba a la dureza de la realidad porteña. En esta reconstrucción de la ciudad, Buenos Aires aparece como un personaje más, vibrante y caótico. Por eso, la primera de las preguntas al divulgador fue en esa línea: En tu reconstrucción de Buenos Aires de 1880, la ciudad aparece como una voz más, ¿Qué fuentes o imágenes te ayudaron a darle voz propia a esa ciudad y cómo creés que dialoga con la Buenos Aires actual?
— Trabajé el texto como si estuviera armando un escenario teatral. Usé planos de la época, guías de calles, diarios, crónicas de periodistas extranjeros que visitaron la ciudad y, por supuesto, fotografías. Muchos de los espacios que aparecen en la novela ya no existen: el antiguo Hotel de Inmigrantes, la Penitenciaría, el Departamento de Policía. A través de planos y fotos intenté devolverles volumen, ruido y olor, para que el lector pudiera caminar por ellos como lo hicieron nuestros abuelos. El diálogo con la Buenos Aires actual es clave. Hay novelas que trabajan con lugares simbólicos, Macondo, Kingsbridge, el monasterio de Eco, y funcionan extraordinariamente bien. Pero la novela histórica no puede permitirse eso. Su materia prima es un pasado que ocurrió en un lugar real. Puede estilizar, seleccionar, narrar, pero no puede borrar la geografía sin romper el pacto con el lector. En El crimen de Año Nuevo, mi intención fue que Buenos Aires funcionara casi como un personaje más, que interviniera en el destino de los protagonistas. Era una ciudad desordenada, pujante y ruidosa. Y el mejor resumen de todo eso es el conventillo: ese mundo de patios compartidos, discusiones, festejos, ropa colgada, chicos corriendo y lenguas mezcladas. Ahí se condensa buena parte de la vida cotidiana que me interesaba mostrar.
—Giovanni y Filomena encarnan la ilusión y el desencanto de miles de inmigrantes. ¿Qué resonancias encontrás entre sus experiencias y las de los actuales, y cómo buscaste que el lector reflexione sobre esa continuidad histórica?
— Los protagonistas de la historia concentran dos movimientos que se repiten en miles de historias: la ilusión del bienestar y el desencanto de no lograrlo. Llegan con un sueño bastante simple y muy reconocible: trabajo, prosperidad, comida abundante y la compañía de otros italianos que les sirvan de contención. Lo que encuentran es menos romántico: dificultades con el idioma, ventajistas que se aprovechan del recién llegado y muchas menos oportunidades de las que habían imaginado desde Europa. No pensé la novela como un espejo directo de las migraciones actuales. Es otro tiempo, otra escala, otra lógica. Pero hay elementos que se repiten con una claridad casi incómoda: trabajos duros, sospecha social, dificultades de adaptación, especialmente en quienes venían de zonas rurales y se encontraban de golpe en una ciudad que no entendían del todo. Ese desajuste entre lo esperado y lo real es el núcleo de muchas de las escenas del libro. Lo que más me interesaba era que el lector pensara: “estos podrían ser mis abuelos”. Que viera en Giovanni, en Filomena, en Sassano y en el resto algo más que “los tanos del conventillo”: personas que apostaron a empezar de nuevo y, en muchos casos, se estrellaron contra una realidad compleja. Si el libro deja un poco más de comprensión, algunos estereotipos menos y unas cuantas preguntas nuevas sobre la inmigración, siento que esa parte del trabajo está cumplida.
— La novela mezcla crónica histórica, relato policial y costumbrismo. ¿Qué te atrajo de esa hibridación de géneros, y cómo buscaste que el misterio del “crimen” potenciara la mirada sobre la vida cotidiana de los inmigrantes?
— La mezcla fue casi una necesidad. Si contaba el caso sólo como crónica histórica, se perdía buena parte del color: el patio del conventillo, los hábitos de trabajo, las comidas, los paseos, las pequeñas fricciones de la vida diaria. Un policial duro hubiera sacrificado la descripción social, los mundos que rodean a la historia principal. El crimen fue la puerta de entrada, pero detrás venía todo un universo de inmigrantes de trabajo, gente que llegó para ganarse la vida y terminó, sin imaginarlo, enredada en una trama criminal. En ese sentido, la novela combina al menos cuatro capas: el policial, la historia, el costumbrismo y el marco judicial. El crimen es el motor del relato, pero está sostenido por declaraciones, confesiones, alegatos y sentencias que le dan a la trama una densidad muy particular. Las escenas costumbristas no están puestas para “decorar”, sino para que el lector mida la magnitud de lo que ocurre: cuanto más conoce la vida íntima y cotidiana de los personajes, más le pesa lo que les sucede. Por eso, aunque desde el comienzo se sabe que habrá un crimen en Año Nuevo, durante las primeras cien páginas no se adivina quién va a matar, quién va a morir ni cómo se llevará a cabo. Al final del recorrido, lo que busqué fue que el lector se metiera de lleno en ese mundo de inmigrantes, pero que cierre el libro con una sensación muy clara: “qué buen caso policial”. En mi cabeza la fórmula fue esa: usé la historia para contar un crimen.
—Esta es tu segunda incursión en la ficción policial. ¿Responde a un interés personal o a una necesidad del hecho histórico?
— Esta segunda novela policial fue la continuidad de un camino que llevo años recorriendo. La narrativa histórica es un género que vengo leyendo, estudiando y trabajando desde mucho antes de Los caballeros de la noche. En el caso de El crimen de Año Nuevo, la propia historia pedía ese formato: la estructura del policial ya estaba dentro del expediente. Había un crimen, un grupo de sospechosos, contradicciones, careos, un juicio intenso… incluso algunos momentos que, leídos hoy, parecen inventados, cuando en realidad están literalmente volcados en el sumario. Si lo hubiera contado como ensayo histórico, la información habría estado, pero se perdía la ambientación, la tensión y la profundidad de ciertas escenas. La elección del género, de todos modos, también fue personal. Me gusta el policial, disfruto mucho de ese pacto con el lector que supone ir administrando pistas, silencios y sorpresas. Y si después de dos novelas, escribo ficciones por fuera de la narrativa policial, sé que incluso cuando me aleje del crimen como eje, el anclaje histórico y la reconstrucción de época van a seguir siendo igual de exigentes.
— Me interesó mucho el papel de los espacios colectivos, el Hotel de Inmigrantes, los conventillos, las pensiones, como escenarios de convivencia, tensión y construcción de identidad. ¿De qué manera creés que esos lugares moldeaban la identidad de los inmigrantes más allá de lo económico?
— El Hotel de Inmigrantes fue el primer contacto de muchos recién llegados con el país. Ahí se mezclaban dos sensaciones muy fuertes: el miedo y la esperanza. Durante cinco días tenían cama y comida. Claramente, lo que el hotel les ofrecía era tiempo, después, el destino quedaba por completo en sus manos. Como muchos de ellos contaron luego esas vivencias a hijos y nietos, ese lugar quedó cargado de un peso afectivo enorme: era la puerta de entrada a una vida nueva, con todo lo que eso implicaba. El conventillo, en cambio, era la pequeña comunidad donde ese futuro empezaba a tomar forma. No sólo abarataba costos: podía sellar el camino de cada uno. En el patio se cruzaban oficios y decisiones vitales. Allí trabajaban el silletero, el colchonero, la lavandera; de lunes a sábado era un espacio de trabajo y de falta de intimidad, donde todo se veía y todo se sabía. Pero el domingo al mediodía, cuando por fin se dejaba de trabajar, el mismo patio se transformaba en punto de reunión. De ahí viene buena parte de esa costumbre del domingo de mesa larga con familia y amigos. Hoteles, conventillos y pensiones forjaron buena parte de nuestra identidad. Eran lugares donde se decidía si uno se quedaba en Buenos Aires o se animaba a probar suerte en el interior; donde un paisano podía recomendar a otro para un empleo o convencerlo de tomar un tren hacia otra provincia. En la novela quise que esos espacios dejaran de ser una imagen borrosa y se volvieran nítidos para el lector, y que se percibiera, detrás del ruido y de la convivencia forzada, la enorme fragilidad social de aquellos años.
— Para Ricardo Piglia, el policial no era solo un género, sino una herramienta para explorar la sociedad, la ética y los mecanismos del poder. El crimen funcionaba como una excusa para revelar verdades ocultas y tensiones sociales, más que para resolver un enigma. ¿Coincidís con esta mirada? Sí es así, ¿cómo creés que opera en esta novela?
— Coincido bastante con esa idea de Piglia, sí. El crimen es un punto de máxima tensión que deja al descubierto cosas que, de otro modo, quedarían disimuladas en la rutina: cómo funciona la Justicia, qué poderes pesan más, quién es escuchado y quién no, cuánto vale la palabra de un inmigrante pobre frente a la de un vecino instalado. El policial es la excusa para hablar de todo eso sin dictar cátedra. En El crimen de Año Nuevo el caso es real, pero lo que se abre alrededor del expediente es ese mapa de tensiones: la relación entre inmigrantes y policía, la desconfianza hacia el Estado, las lealtades dentro de la comunidad italiana, la debilidad de los recién llegados frente a un sistema que entienden a medias. El crimen funciona como una grieta por la que se filtran las jerarquías sociales, los prejuicios, los miedos y las pequeñas cuotas de poder de cada personaje. El lector puede leer la novela “solo” como un caso intrigante, quién mata, quién muere, cómo se resuelve, y está perfecto. Pero, si quiere, también puede verla como lo que Piglia sugiere: un modo de explorar una sociedad en movimiento, una ética en conflicto y conductas tan imperfectas como humanas. El expediente me dio el crimen; la forma policial me permitió mostrar todo lo que se arrastraba detrás. Si al cerrar el libro siente que siguió un buen caso y, casi sin advertirlo, conoció de cerca aquel mundo, entonces la novela habrá cumplido su objetivo.
(*) Daniel Balmaceda se presentará en el marco del Festival Penguin Libros 2026 el próximo miércoles 14 de enero a las 19:00 en el Centro Cultural Victoria Ocampo, ubicado en Villa Victoria.
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