Romina Tiritilli: “Hay cosas que no necesitan ser nombradas para estar presentes”
Lengua salada es el nuevo libro de la poeta Romina Tiritilli, una obra donde el paisaje costero deja de ser escenario para transformarse en memoria viva. En este diálogo, la autora explora cómo el territorio y el silencio moldean la identidad, rechazando la cronología lineal para dar lugar a una voz fragmentaria y honesta que invita al lector a habitar sus propios vacíos.
El mar es la imagen y la voz que Romina Tiritilli pone en uso para contar parte de su biografía. En Lengua salada (Halley Ediciones, 2025), sus poemas dan forma a un diario que, como el mar mismo, cambia constantemente.
—En Lengua salada, pareciera que el paisaje no es solo escenario, sino una forma de pensamiento. ¿Creés que escribir desde un territorio específico modifica la manera en que una se narra a sí misma?
—Sí. Escribir desde un territorio específico cambia completamente la forma de narrarse porque ancla la experiencia. En mi caso, el mar no funciona como decorado ni como símbolo abstracto, sino como un espacio vivido: es el lugar donde crecí, donde pensé y donde atravesé momentos decisivos. Eso hace que la escritura no pueda despegarse del cuerpo ni de la historia. El territorio ordena la memoria de otro modo: no por fechas, sino por sensaciones, climas y escenas. Lengua salada surge de esa relación concreta con el mar y con una ciudad costera, por eso la voz no es neutra ni universal, sino situada.
—A lo largo del poemario, la voz poética se mueve entre distintas edades y estados vitales. ¿Cómo fue para vos habitar esas voces sin jerarquizarlas ni ordenarlas cronológicamente?
—Fue una elección consciente. No quise construir un relato de progreso ni una autobiografía lineal. Me interesaba mostrar cómo distintas etapas de la vida conviven en el presente. La infancia, la adolescencia y la adultez no aparecen como momentos superados, sino como capas que siguen activas. Al escribir, entendí que esa superposición era más fiel a la experiencia real de la memoria: no recordamos en orden ni desde un único punto de vista. La escritura me permitió sostener esa convivencia sin forzar una jerarquía entre las voces.
—¿Cómo decidís qué recuerdos quedan en la superficie del poema y cuáles permanecen apenas insinuados?
—No trabajo con la idea de contarlo todo. Hay recuerdos que pueden decirse de forma más directa y otros que necesitan permanecer en un segundo plano. A veces porque todavía duelen, otras, porque pierden potencia si se explican demasiado. Me interesa que el poema no clausure el sentido, que deje espacio para que quien lee complete, imagine y relacione. La resonancia del libro se apoya también en esas lagunas en las que cada lector puede inscribir su propia historia.
—¿Qué rol tiene el silencio, lo no dicho, lo que queda entre versos, en tu poética?
—El silencio cumple una función central. No lo pienso como un vacío, sino como un límite. Hay cosas que no necesitan ser nombradas para estar presentes. El espacio entre versos, las pausas y las elipsis permiten que el texto respire y que el lector no sea solo un receptor, sino una parte activa de la lectura. En Lengua salada, el silencio también dialoga con ciertos momentos históricos y personales donde decirlo todo no era posible. Esa tensión está ahí.
—Después de escribir Lengua salada, ¿qué cambió en tu relación con el mar, con la memoria y con tu propia voz poética?
—Cambió la forma de mirar hacia atrás. Escribir el libro me permitió revisar la memoria sin buscar un cierre ni una versión definitiva de mi historia. El mar dejó de ser solo un espacio afectivo para convertirse también en una herramienta de lectura de mi propia vida. En cuanto a la escritura, gané confianza en una voz que no necesita explicarse todo el tiempo ni sostener una imagen idealizada de sí misma. Lengua salada fue, en ese sentido, un punto de afirmación: entender que mi escritura puede ser fragmentaria, situada y honesta, y que eso también construye sentido.
Lengua salada se muestra como un mapa emocional donde las palabras y las ausencias dialogan con la misma fuerza. De esta forma, la autora logra convertir su biografía en un territorio compartido con el lector.
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