Hugo Alconada Mon: “Lo que más me atrajo no fue la trama de espías, sino la dinámica con esos chicos criados en una mentira”

Anticipando su presencia en Mar del Plata, el periodista y escritor Hugo Alconada Mon se refirió a cómo lo que comenzó como una serie de entrevistas para transitar la pandemia terminó transformando su carrera y su vida: de Pausa (Planeta, 2020) a su nuevo libro de no ficción, Topos (Planeta – 2025), una novela vibrante donde espionaje e identidad se entrelazan.

Hugo Alconada Mon: “Lo que más me atrajo no fue la trama de espías, sino la dinámica con esos chicos criados en una mentira”

25 de Enero de 2026 10:46

Durante la pandemia, Hugo Alconada Mon propuso al medio donde trabaja realizar una serie de entrevistas a personalidades internacionales. El resultado, fue los dos libros editados por planeta que se titularon Pausa. Fueron días que invitaban a reflexionar y a preguntarse qué se esperaba de cada uno en ese contexto, pero también fueron jornadas de reencuentros, fuera de la rutina, con aquello que suele quedar relegado en la vida.

Hoy, el periodista recuerda que “fue como tener clases particulares con algunos de los hombres y mujeres más interesantes del mundo, algo que siento que, si lo intentara hoy, no podría, porque precisamente la pandemia nos dio esa oportunidad”. Alconada Mon agrega: “Fueron, en muchas ocasiones, momentos que los yanquis llaman wake-up call: llamadas de atención, llamadas despertadores, para decir ‘¿dónde estoy parado?’ y ‘¿hacia dónde quiero ir?’”.

—Pensaba en esto de la "llamada de atención". ¿De qué te despertaste? ¿De qué te diste cuenta realmente en ese momento que estabas perdiendo?

—Por la negativa, entendí que no tenía ganas de volver a la dinámica del "hámster" dando vueltas en una rueda, corriendo dieciséis horas diarias entre La Plata y Buenos Aires en un estado de estrés constante. Por la positiva, descubrí la oportunidad de reconectar con mi mujer y mis hijos. Me llevo muy bien con ellos, pero antes los veía poco. La pausa fue una oportunidad de estar todo el día con ellos y reconectarme de un modo profundo, ahora nos miramos y ya sabemos qué pensamos. Me dio una, aunque suena exagerado, segunda dinámica de paternidad. Además, escuchar a estas personalidades hablar sobre sus hobbies, sus lecturas y su tiempo libre fue lo que me llevó a escribir novelas. Mis libros, tanto La ciudad de las ranas como La cacería de hierro y Topos, son fruto de aquel recorrido.

—¿Cómo fue el impacto de valorar la pausa como herramienta de conocimiento para un periodista de investigación acostumbrado al ruido político y a las versiones cruzadas, a lo necesario “ya”?

—Lo más valioso fue la pausa en sí misma: el hecho de que me obligara a parar. Ahora me sucede que, aunque a veces trabaje la misma cantidad de horas, lo hago de forma distinta. Me tomo dos minutos, decido no tomar una llamada o elijo en qué peleas no entrar. Es como el futbolista que suma años y ya no corre todas las pelotas porque sabe a cuáles no va a llegar, entonces, administra sus energías. Ya vas entrando en una edad en la que, justamente, esta mirada, con la pausa más reflexiva de decir: “Sé que eso no se puede hacer, porque es imposible de hacer”, y ya no gasto energías en eso.

Alconada Mon reflexiona también sobre el arte de la entrevista:A menudo, entrábamos en zonas incómodas o sensibles porque las mismas personas terminaban sacándolas a la luz”. Y cita un ejemplo: su charla con Pepe Mujica. “Fue la última entrevista larga que dio antes de morir y terminó ganando el premio a la mejor del año en América Latina. La busqué durante más de un año. Cuando vi que su salud decaía, un colega de El País me facilitó el contacto de su secretaria privada en el Parlamento Uruguayo. Fui muy claro con ella: ‘No me interesa hablar sobre Milei ni sobre Cristina, quiero hablar sobre la vida y la muerte’. Él sabía que se estaba muriendo, todos lo sabían y yo también. Le dije que, si el Pepe quería hablar conmigo, es para hablar sobre qué es lo que está dejando, era para transmitir un mensaje a los jóvenes.

—¿Cuánto tuviste que esperar?

—Hablamos a mediados de noviembre y, al mes, sonó el teléfono. Me dijeron: “¿Estás para venir el martes a Uruguay?”. Al avisar en el diario, me pidieron que le preguntara por la coyuntura política argentina, pero me negué. Les dije que, si lo hacíamos de ese modo, no habría entrevista. Al final, resultó ser uno de los encuentros más hermosos y conmovedores de mi carrera.

Se me ocurre pensar que, ¿No será que a veces nos perdemos en esa coyuntura diaria, que es justamente lo que buscaba el diario, y dejamos de lado lo que realmente venimos pensando y sintiendo desde siempre? Ya los griegos se planteaban estas cuestiones. ¿No las estamos relegando? Porque fue la nota más leída y era una entrevista en la que hablabas del alma, del ser humano, de la muerte, y no de lo inmediato, de lo que pasa hoy…

—Totalmente. A veces la urgencia te tapa. Pero en esa charla fuimos al fondo. Hay veces que lo intentás y no se da, y otras en las que todo se alinea. A Pepe Mujica lo encontré en sus últimos momentos, ya no tenía fuerzas ni para pararse y me dio la mano sentado. Eso cambió la dinámica por completo: fue un tono más sincero, más cuidadoso y apagado, muy distinto a entrevistar a alguien en la plenitud de su vida.

—Aristóteles decía que recién al final sabremos de nuestros momentos virtuosos. Mujica parecía ser consciente de su virtud y su coherencia en esa instancia de la entrevista. Me queda la sensación de que su palabra también tiene ese peso en ese momento.

—Absolutamente. En este oficio hemos visto a mucha gente que dice una cosa y hace otra, pero en el caso del Pepe nos impactó su coherencia. Éramos tres profesionales con mucho recorrido, el fotógrafo y el camarógrafo son veteranos de coberturas de guerra y crisis, y los tres salimos conmocionados. Regresamos a Montevideo en silencio, masticando todo lo escuchado. El Pepe decía lo que pensaba y hacía lo que decía.

—Debo volver a la coyuntura (risas). Contame sobre Topos.

Topos es una novela de no ficción sobre la historia real de dos espías rusos que vivieron en Argentina entre 2009 y 2022. Abreva en mi investigación para La Nación, pero con material adicional y documentos que decidí narrar con una estructura de thriller. Intenté seguir el camino de Rodolfo Walsh en Operación Masacre o Truman Capote en A sangre fría. Es información real, pero con una dinámica ágil para que el lector sienta que lee una novela de espionaje. Entonces, ¿Es una novela o no lo es? Ellos dirían que sí, que es una novela, aunque no tenga personajes ni una trama novelesca. Y yo traté de jugar con eso: escribirlo de un modo que para el lector o la lectora resultara dinámico y entretenido, que por momentos diera la sensación de estar leyendo una novela de aventuras, pero que al mismo tiempo transmitiera información.

—¿Qué aprendiste sobre la amistad? Si es que aprendiste algo, o si alguna vez te lo planteaste. Tal vez la respuesta sea simplemente “no” y nada más. Pero me refiero a la amistad en un contexto de espionaje, donde la confianza puede convertirse tanto en un arma como en una vulnerabilidad. ¿Lo pensaste en algún momento mientras escribías esto?

—Mucho, porque te hace ver la fragilidad de los vínculos. Me pregunté hasta qué punto estas personas fueron auténticas. Por un lado, se acercaron a mucha gente por interés para alimentar su fachada, pero hablando con padres del colegio de sus hijos y con la obstetra que atendió sus partos, surgieron dudas. La madre de un compañero me contó que, al despedirse, la espía lloró a moco tendido, no parecía un llanto de simulación. Y la obstetra percibió que esos hijos eran realmente deseados y que la pareja era feliz. Es una mezcla compleja: no eran un témpano absoluto, pero tampoco eran auténticos.

— Yo pensaba mucho en eso mientras lo leía. Me preguntaba: ¿cómo desarrollaron, o cómo desarrollan más allá de estos casos en particular, quienes son espías, una identidad emocional? ¿Cómo es esa cuestión? ¿Cómo cambia incluso la percepción del amor?

—Es un chip mental tremendo. Luego del libro, ellos dieron una entrevista a un canal ruso donde contaron que eligieron los nombres de sus hijos basándose en cómo sonaban con el apellido falso, para que en el futuro pudieran infiltrarse mejor como espías en Occidente. Ahí está la contradicción: por un lado, un embarazo deseado y felicidad real, por otro, el cálculo de criar a tus hijos como parte de un plan de espionaje. Entonces, ¿qué significa? ¿Que los tuviste porque en realidad forman parte de un plan de espionaje? Es decir, ¿dónde se traza la línea entre lo auténtico y lo laboral, entre el sentimiento y el cálculo? Lo que más me atrajo no fue la trama de espías, sino la dinámica con esos chicos criados en una mentira, privados de su verdadera cultura e identidad para luego ser trasladados a otro país con otro idioma y otro nombre.

El libro reconstruye minuciosamente cómo una pareja de espías rusos se infiltró en Argentina bajo múltiples identidades. A través de Topos, Alconada Mon nos revela que la mentira más peligrosa es la de vivir una vida que no nos pertenece. Entre espías y silencios, el periodista comprendió que la única forma de no ser un extraño en nuestra propia casa es frenar la rueda, elegir nuestras batallas y, por fin, habitar nuestra propia verdad.

(*) Hugo Alconada Mon se presentará en el festival MarPlaneta el próximo 2 de febrero