“No hay muerte más propia que la ajena”: Tute explica por qué la muerte es el verdadero motor que nos impulsa a vivir
Tute presentó su novela gráfica, Ensayo para mi muerte, en Mar del Plata. A través de un diálogo que cruza la filosofía de Heidegger con el psicoanálisis, el autor explora cómo la pérdida de su hermano transformó el duelo en arte, convirtiendo el fin de la existencia en un motor vital para celebrar la vida con humor y autenticidad.
Recuerdo que Facundo Cabral incluía en sus monólogos uno que comenzaba diciendo: “Cosa extraña el hombre: nacer no pide, morir no quiere…”. Esa simple frase resume la existencia de la humanidad. Y es que hablar de la muerte siempre trae aparejado todo tipo de reacciones, aunque la mayoría son de escape.
En Ser y tiempo, Heidegger entiende la muerte no como un tránsito hacia otra existencia, sino como aquello que otorga forma y sentido a la vida. La finitud, lejos de ser un simple final, es lo que posibilita que cada persona proyecte su existencia de manera auténtica. El “ser-para-la-muerte” nos recuerda que la vida no es un preludio de algo posterior, sino un horizonte limitado que exige decisiones.
El temor ante la muerte no desaparece con la filosofía heideggeriana, más bien, esa angustia es constitutiva, pues nos enfrenta con lo definitivo y nos impulsa a vivir con mayor conciencia. Si la muerte no nos inquietara, perdería su papel de motor existencial. Para él, el ser humano no posee una esencia fija ni predeterminada: somos apertura, proyecto y posibilidad. Sin embargo, todas esas elecciones se despliegan bajo una certeza común: la muerte. Ella es la posibilidad que nos iguala y que, paradójicamente, nunca podemos experimentar como hecho consumado, sino solo como expectativa. Heidegger la define como “la posibilidad de la imposibilidad de las posibilidades”: el límite absoluto que, al recordarnos que todo se extinguirá, nos invita a elegir con responsabilidad y autenticidad qué hacemos con nuestra vida.
Todo esto se vincula con la charla que mantuve con Tute, quien estuvo en Mar del Plata invitado por la librería Palito para presentar su nuevo libro: Ensayo para mi muerte (Pájaro de Vellón, 2026). En esta novela gráfica, un hombre cae fulminado en la calle. Es alguien a quien casi nadie puede identificar y que, en cambio, sirve de espejo para que los transeúntes se vean reflejados. Pero todos esos reflejos parten siempre de una misma pregunta.
—Lo primero que me llamó la atención fue el título. Esa preposición “para”. Es decir, no es un ensayo sobre la muerte, sino “para” tu muerte…
—Sí, es fuerte. Durante muchos meses el libro se llamó El muerto. A último momento decidí modificarlo. Me guie un poco por lo que planteaba Freud: la única manera de tener un acceso real o abordar el tema de la muerte es a partir de la pérdida de alguien muy cercano, un ser querido. Como ni siquiera nos animamos a soñar con nuestra propia desaparición, el dolor ajeno es el que nos permite empezar a pensar en la propia finitud. De hecho, uno de los personajes dice en las primeras páginas: “no hay muerte más propia que la ajena”. Cambiar el título fue una manera de hacerme cargo de que iba a hablar desde mi punto de vista sobre este tema.
—En ese sentido, ¿pensás la muerte como una presencia o como una ausencia?
—La pienso como un motor que activa la vida. Justamente, la pienso en función de lo vivo, no en otros términos. No es algo que me preocupe, ni tengo fantasías sobre el “después”. Pero sí funciona como un impulso para crear. Eso es lo que nos diferencia del resto de los animales, somos la única especie con conciencia de finitud y eso nos empuja a actuar. Por eso digo, un poco para provocar, que el verdadero motor de la vida no es el amor, sino la muerte. En todo caso, nos enamoramos porque somos conscientes de que vamos a morir.
—Era lo que nos envidiaban los dioses griegos: esa instancia de finitud que hacía que valoráramos los momentos con más fuerza.
—Exactamente. Es lo que la filosofía entiende desde el principio: no hay oscuridad sin luz. O lo que el psicoanálisis define como la convivencia entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte. Creo que la inmortalidad sería muy aburrida, procrastinaríamos mucho más si nos supiéramos eternos.
El planteo del libro es el siguiente: el protagonista está muerto, tendido en el suelo. Pero también funciona como un símbolo y como un espejo donde se miran los demás personajes para hablar de su propia existencia. La idea es usar al muerto para hablar de la muerte, y a la muerte para hablar de la vida.
—¿Tu primer contacto con la muerte fue personal o literario? Ese que te golpeó realmente…
—El primero fue real. Una amiga de la secundaria se quitó la vida en tercer año. Fue un impacto muy fuerte para todo el grupo de amigos. Se llamaba Eloísa Martínez y su situación familiar era muy difícil, con un padre golpeador. Ese es mi primer recuerdo de alto impacto. Después vino lo literario, a los veinte años escribía poesía sobre la muerte como un tópico artístico, pero era un acercamiento lateral, no estaba ahí metido de verdad. Las muertes que me sacudieron más acá en el tiempo fueron las de mi viejo, mi hermano y mi vieja. La de mi hermano es, precisamente, la que inspiró este trabajo.
La charla transita de la filosofía al psicoanálisis y de ahí a la literatura. Tute agrega: “Creo en lo que decía Platón: la filosofía es un ejercicio para la muerte. No es que te prepare de forma total, pero me gusta lo que me dijo una vez la actriz Mercedes Morán: ‘Ojalá, cuando llegue el momento, logre trocar miedo por intriga’. También recuerdo la respuesta inteligente de Ricardo Mollo: ‘Yo lo que espero es que la muerte me encuentre vivo’”.
—Está muy bien eso…
—Sí. A mí la muerte me resulta ajena a la vida, es el punto final. No creo que se abra una puerta misteriosa con una temporalidad distinta. Para mí es un cierre que le da sentido a todo. Me interesa mucho más lo que hay antes que lo que vendrá después. Quiero vivir la vida lo más intensamente posible, lo más feliz que se pueda…
—Muy de Epicuro: ¿por qué preocuparme si, cuando la muerte llega, yo ya no estoy y, mientras estoy, la muerte no tiene lugar?
—Exacto, soy absolutamente epicureísta y un hedonista total. Busco sentir la mayor cantidad de placer posible sin ignorar que la muerte está ahí, acechando. Como decía Borges respecto a Dios: en la grieta está la muerte que acecha.
—Decías que el disparador del libro fue la muerte de tu hermano. ¿Fue una imagen, una idea, un sonido?
—Fue una imagen. Yo encontré a mi hermano tendido en el suelo, exactamente como el protagonista de la novela. Tuve la necesidad de trabajar sobre esa imagen y aproveché las bondades del arte para sublimar un hecho trágico y convertirlo en algo poético, luminoso y con humor. Construí un libro a su alrededor.
Ensayo para mi muerte es una novela íntima y, a su vez, colectiva. Es un tema comunitario que, paradójicamente, sigue siendo tabú. “Nadie habla de esto en la mesa familiar, se le escapa. Muchos me criticaban por hacer humor con esto, decían que la estaba ‘llamando’. Incluso hice una campaña contando cómo me había muerto yo mismo, un paso de comedia, pero la gente es supersticiosa y tiene miedo”, asegura Tute.
La muerte pone en jaque cualquier certeza, incluso la de nuestra propia finitud, porque, aunque sabemos que moriremos, ignoramos cuándo. Esta obra contribuye al tema no desde la explicación técnica, sino desde la poesía y desde las diferentes miradas.
Cierro en línea con el principio: la muerte y el haber nacido representan una aporía, como diría Derrida. Quizás la principal forma de buscar una respuesta sea aprendiendo a vivir de la mejor manera posible.
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