Cada vez más personas buscan diagnósticos de salud mental con la IA: cuáles son los riesgos
La inteligencia artificial se convirtió en una herramienta cotidiana para resolver dudas y entender emociones, pero su uso para buscar diagnósticos puede generar angustia y falsas certezas. La psicóloga Ayelén Castillo advirtió sobre los riesgos de convertir sus respuestas en verdades absolutas y destacó la importancia de la escucha profesional.
La inteligencia artificial se incorporó progresivamente a la vida cotidiana. Desde resolver dudas y organizar tareas hasta interpretar emociones, comprender conflictos de pareja o buscar explicaciones sobre determinados comportamientos, estas herramientas comenzaron a ocupar un lugar que va más allá de la búsqueda de información.
En el terreno de la salud mental, sin embargo, recurrir a la IA como si fuera una autoridad capaz de determinar qué le sucede a una persona puede generar nuevos interrogantes y riesgos.
La psicóloga Ayelén Castillo analizó este fenómeno desde una perspectiva clínica y psicoanalítica, y señaló que una de las claves para entender por qué las personas confían tanto en estas respuestas está vinculada con la necesidad de encontrar certezas. “Frente a la angustia, frente a la incertidumbre, las personas buscan siempre una respuesta en el otro”, explicó en diálogo con 0223. En ese sentido, sostuvo que muchas veces existe una búsqueda de alguien que pueda decir qué ocurre, qué significa lo que se siente o qué decisión se debe tomar.
En ese escenario, la inteligencia artificial puede ocupar rápidamente ese lugar. “Aparece como un otro que responde siempre, no se cansa, está disponible y además contesta de una manera muy segura y muy organizada”, describió.
Esa disponibilidad permanente, sumada a la forma ordenada y convincente en la que presenta sus respuestas, puede generar la impresión de estar frente a una fuente de conocimiento capaz de resolver cualquier duda. “Puede producirse una ilusión muy particular: la de un otro completo. Un otro que sabe, que tiene la respuesta que a mí me falta”, advirtió.
El problema aparece cuando esa confianza transforma una respuesta generada por una herramienta tecnológica en una verdad incuestionable. Según la psicóloga, la IA puede ofrecer explicaciones que parecen definitivas sobre cuestiones que, en realidad, requieren tiempo, escucha y una comprensión particular de cada historia.
El riesgo de convertir una explicación en un diagnóstico
Uno de los peligros de utilizar la inteligencia artificial para interpretar el propio malestar es comenzar a identificarse con diagnósticos o etiquetas sin una evaluación profesional. Una persona puede consultar por una reacción emocional, un conflicto con su pareja o una dificultad para relacionarse y encontrar una explicación que parezca encajar perfectamente con su experiencia.
En un primer momento, esa respuesta puede producir alivio. “Ahora entiendo lo que tengo, ahora entiendo por qué soy así”, ejemplificó. Sin embargo, esa sensación inicial puede transformarse en una forma rígida de interpretar la realidad. “Cada nueva situación se interpreta desde esa etiqueta”, remarcó.
La psicóloga ilustró este mecanismo con ejemplos cotidianos: atribuir una reacción personal a un supuesto trastorno o interpretar el comportamiento de una pareja a partir de una etiqueta como “narcisista”, sin detenerse a analizar qué está ocurriendo en esa situación particular.
De esta manera, una explicación que inicialmente parecía ayudar a comprender una experiencia puede terminar limitando la posibilidad de pensarla desde otras perspectivas. “En lugar de ampliar la posibilidad de pensar, la respuesta termina reduciendo la experiencia a una explicación”, sostuvo.
El riesgo, por lo tanto, no se limita a recibir información incorrecta. Incluso una explicación que sea válida en términos generales puede resultar inadecuada cuando se aplica automáticamente a una persona, como si alcanzara para definir su identidad, sus emociones o sus vínculos.
La búsqueda de respuestas que puede aumentar la angustia
Las consecuencias también pueden aparecer en el plano emocional. Según Castillo, cuando una persona comienza a utilizar la inteligencia artificial para interpretar permanentemente lo que le sucede, puede desarrollar una vigilancia constante sobre sus propios pensamientos, emociones y conductas.
En lugar de encontrar tranquilidad, empieza a observarse en busca de señales que confirmen o descarten un diagnóstico supuesto. Cada reacción se convierte en un motivo para volver a consultar y cada respuesta puede abrir nuevas dudas. “Termina aumentando la preocupación en lugar de aliviarla, porque cuando estamos muy pendientes de encontrar qué nos pasa, empieza a verse todo como: ‘algo tengo’”, explicó.
Este proceso puede alimentar un circuito de búsqueda, identificación y confirmación en el que la persona vuelve una y otra vez a la herramienta para obtener certezas sobre sí misma.
La dificultad, señaló la especialista, es que esa dinámica puede desplazar una pregunta más importante: qué le está pasando a esa persona en ese momento, cómo se relaciona lo que siente con su historia y qué significado adquiere su experiencia particular.
Por eso, Castillo remarcó que no se trata únicamente de evaluar si la información que ofrece la IA es correcta, sino también de prestar atención al lugar que ocupa en la manera en que cada persona se comprende a sí misma. “Una explicación puede ser útil, pero no debería cerrar la posibilidad de seguir pensando”, afirmó.
Una herramienta, no una autoridad sobre la propia vida
Frente a la expansión de estas tecnologías, Castillo consideró que el objetivo no debería ser evitar su utilización, sino establecer límites claros respecto de su función. “Para mí, la IA debería ocupar un lugar de herramienta y no el de una autoridad sobre la vida propia”, sostuvo.
En ese sentido, reconoció que puede resultar útil para buscar información, ordenar ideas, estudiar o preparar preguntas. La dificultad aparece cuando se le delega la interpretación de las experiencias personales o se espera que determine qué se siente, qué se tiene o qué decisiones deben tomarse. “Hay una diferencia entre utilizar una herramienta para pensar y delegarle el pensamiento”, resumió.
La distinción adquiere especial relevancia cuando se trata de salud mental. “Un tratamiento psicológico no consiste simplemente en obtener una respuesta correcta, hay una escucha, hay una historia, hay un vínculo terapéutico y un proceso que algo puede ir adquiriendo un sentido diferente”, explicó.
Por eso, la inteligencia artificial puede funcionar como un recurso complementario para acceder a información, pero no debería reemplazar el espacio profesional ni convertirse en la instancia que determine qué le sucede a alguien.
Aprender a convivir con la incertidumbre
Para prevenir los riesgos asociados con estas prácticas, Castillo planteó que la solución no pasa por prohibir o rechazar la inteligencia artificial, sino por preguntarse qué se busca al recurrir a ella.
“Muchas veces la búsqueda compulsiva de información no está motivada solamente por curiosidad, hay una angustia frente a no saber qué me pasa o por qué soy así o qué pasa con mi pareja”, explicó. En esos casos, la respuesta inmediata puede calmar momentáneamente la inquietud, pero también alimentar nuevas preguntas y la necesidad de seguir buscando explicaciones.
Por eso, la psicóloga propuso recuperar la posibilidad de tolerar la incertidumbre sin intentar resolverla de inmediato. Antes de consultar a la IA, sugirió detenerse a pensar si se busca información concreta o si, en realidad, se espera que la herramienta defina quién se es, qué se tiene o qué decisión se debe tomar.
Cuando las consultas comienzan a generar una angustia intensa o la persona queda atrapada en la búsqueda permanente de diagnósticos y explicaciones sobre sí misma, consideró importante recurrir a un espacio de escucha profesional.
El desafío, en definitiva, consiste en aprovechar las posibilidades que ofrece la tecnología sin perder la capacidad de reflexionar sobre las respuestas que proporciona. “La tecnología nos permite obtener respuestas cada vez más rápido, pero nosotros tenemos que seguir aprendiendo y pensar qué hacemos con esas respuestas”, concluyó Castillo.
En una época en la que las respuestas están al alcance de un clic, el desafío no es dejar de consultar a la inteligencia artificial, sino aprender a reconocer sus límites. Porque entender lo que nos pasa no siempre implica encontrar una explicación inmediata ni encajar en una definición genérica.
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