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El escribiente

13 de Octubre de 2019 12:52

Miguel Hernández, el poeta silencioso de Orihuela

La casa de Miguel Hernández es hoy un museo. Un silencioso museo donde la poesía lo inunda todo. El poeta de Orihuela murió a los 31 años dejando una vida de compromiso con el otro y con la literatura. Cualquiera de sus versos busca en el alma. Luchó en la Guerra Civil y murió en la cárcel.

Orihuela, provincia de Alicante. Ese día el cielo se veía todo lo celeste posible y hacía frío. Un frío que bajaba de la sierra y de la propia historia de España.

Uno cruza la plaza y justo por detrás del monasterio se desemboca en la casa más blanca que he visto en mi vida. La más poética también.

Frío y poesía. Silencio y más poesía. ¿Qué más podía pedir?

La casa era humilde como lo  fue su vida. La propia casa era poesía, como también lo fue la vida del Poeta. Ya no quedaba nadie en ella. Solo el silencio y los fantasmas de su compromiso.

Cada ambiente está ilustrado por imágenes de él y originales de sus poemas. Cada rincón tiene su verso, sus lágrimas y sus tristezas.

La casa se ilumina algo más debido al ingreso del sol a través de la puerta que da al patio. Ese mismo patio que lo vio escribir y que lo vio pelear.

Ese mismo patio dividido en partes que reconozco por sus poemas. En él están los objetos y los lugares a los que recurrió tantas veces en sus versos: el limonero, el pozo de agua, la higuera, la sierra en el fondo donde trepaba con su rebaño. Y el Poeta en cada uno de ellos. Y su fantasma ahora escucha sus propios versos en la voz del Nano Serrat y llora.

El Poeta se hace llamar Miguel Hernández;  muere con cada injusticia de este mundo, pero renace con cada ser humano que a través de sus poemas se sensibiliza socialmente. Esa misma sensibilidad que espanta a lo largo de su obra, a lo largo de su vida y en su muerte.

Su obra es totalmente coherente, sólida y pasional como su vida. Es decir que la vida y la obra del Poeta se hermanan sin distancias. Se unifican allí, en Orihuela, donde nació un 30 de octubre de 1910.

Su vida fue humilde, pero no en la pobreza. Como Kafka, se quejaba porque su padre no le entendía ni compartía su vocación poética. Además era violento. Él llegó a decir que sus dolores de cabeza respondían a los golpes recibidos de niño.

Su padre no alentaba su educación, pero él seguía leyendo a escondidas más allá de la prohibición. Según los cuadernos encontrados, comenzó su poesía por 1925 y en 1930 publicó, sin mucho éxito, los primeros en un diario local. Eran los poemas de un “cabrero” que quería ser “poeta”. Eran las letras de un gran idealista que quería dignificar as cosas menos nobles de la vida.

Es así que asume un compromiso con los desheredados que pronto cae en lo político. Su origen humilde despierta en él  el germen social. Del idealismo a la acción, sin olvidar sus orígenes campestres.

En una carta a Juan Ramón Jiménez le expresa: “Odio la pobreza en que he nacido, yo no sé… por muchas cosas… particularmente por ser causa del estado inculto en que me hallo, que no me deja expresarme bien ni claro, decir las muchas cosas que pienso…”

José Luis Ferris asegura que “el Poeta se define como un ser desprovisto de su identidad por la presencia absoluta de su amada”. El amor como tópico en su obra. El paso del amor divino al amor humano. Esa transición hace que se convierta en uno de sus temas centrales. “Solo alcanzó mi razón y mi existencia en la olvidada imagen de tu huella” dice él.

Su madurez poética alcanza a elevarlo a través de sus sensaciones sobre el amor. Es alguien con voz propia. Una voz que siempre salió de sus vivencias y sus sentires.

Dice, “a nosotros que hemos nacido poetas entre todos los hombres, nos ha hecho poetas la vida junto a todos los hombres”. La solidaridad con el Otro es su lema.

Miguel Hernández rechaza la guerra, pero sabe la necesidad de luchar para lograr la victoria. Eso lo interpela y se enrola como voluntario en el Quinto Regimiento.

Así se transforma en testigo del dolor y del horror que lo rodea. Pero lucha con amor y con su poesía.

España toda es un drama por esa época. María Zambrano dice que “Hernández es ahora un hombre vuelto hacia adentro, enmudecido. Cualquier pregunta hubiese sido improcedente ya que la respuesta era él, él mismo a solas con aquello que dentro de su ser sucedía”.

El Poeta lucha. Mientras tanto muere su hijo y nace el segundo a los pocos meses. Su alma llora y surge así “Nanas de la cebolla”.

Parecen versos sencillos, pero encierran una inteligencia y un sentimiento que desborda cualquier alma.

Tras la derrota Republicana en España, el Poeta intenta llegar a Portugal, pero lo detienen. Extrañamente lo indultan (voces dirán luego que fue por equivocación). Es decir que tendrá una segunda oportunidad del exilio. Pero él decide volver a Orihuela, su lugar en el mundo, sabiendo que es un error.

Antes de llegar lo detienen y comienza otro calvario físico y moral. Lo acusan de pertenecer al Partido Comunista y de escribir versos contra las Fuerzas Nacionales.

José Luis Ferris sostiene que “En opinión de los acusadores el hecho de ser una persona instruida lo hacían más consciente y responsable de los delitos cometidos”. Es decir que, aquello que padeció y le costó tanto revertir de su niñez, ahora era el motivo de su condena. Una condena que es a muerte.

Dicen que le ofrecieron el indulto a cambio de pasarse al nuevo régimen. El Poeta lo rechazó.

Lo encarcelan en Alicante, en el Reformatorio de Adultos. Padece neumonía, bronquitis y tuberculosis. Su cuerpo no puede más, pero su alma sigue ofreciendo poesía.

Decide casarse eclesiásticamente antes de morir para evitarle problemas a su esposa, al amor de toda su vida, ya que el matrimonio civil no era válido en esa época en España.

Por el dolor en su cuerpo piden su traslado al hospital. La autorización llega tarde. Muere el Poeta el 28 de marzo de 1942. Tenía 31 años.

Su poesía queda como mensaje para el ser humano de hoy. Hizo de su poesía un arma y así lo declara: “Tristes guerras si no es amor la empresa. Tristes. Tristes. Tristes armas si no son las palabras. Tristes. Tristes. Tristes hombres si no mueren de amores. Tristes. Tristes.”

Queda en el alma aquel Poeta que supe escuchar. Aquel Poeta silencioso de Orihuela, dirá su amigo Pablo Neruda.

Su casa humilde, pequeña y tranquila, genera un goce de paz y gracia que armoniza el cuerpo y el espíritu. Cada ambiente te empuja a ingresar lentamente como si fuera suelo sagrado. Te lleva a su poesía, a sus sueños, a su muerte silenciosa, a su higuera. En aquella casa el pasado es constantemente. Es lo que hay, es lo que se respira.

Por él aprendemos que lo bello está en todas partes y que lo eterno incendia cada presente desnudado por algunos versos que provocan profetizar.

Luego de este patio, todos los patios que vea tendrán su higuera, así como cada lucha tendrá su poema. Uno, cualquiera, podrá terminar de leer, si es que un poema se termina, y lo hace propio. (¿De eso se trata la poesía?)

Poemas que son vida y vidas que encuentren eco en los miedos que nos acosan y producen entonces soledad y angustia, generando un enorme pesar compartido.

Miguel Hernández lo daba todo en sus poemas. Lo dio todo en su vida. Fue de lo singular a lo universal. Uno vuelve a sus versos para recuperar a aquel que es. Su compromiso fue siempre con el otro. Con el amor. Con la literatura.

Amor. Vida. Muerte, dirá el Poeta en su sueño, en aquel patio de la casa más blanca que he visto en mi vida.