La historia de Soledad Romito, la única estibadora del país: "Voy al puerto para conectar con papá"

Con cuarenta y un años, y más de veinte en el puerto, la mujer se ganó un lugar de respeto entre los hombres de la estiba. Muchos intentaron frustrar su paso por el muelle pero encontró en el amor y el compromiso por su papá las fuerzas para seguir. "Nunca bajé los brazos para no defraudarlo a él", confiesa, en una entrevista con 0223.

Soledad mantiene viva la tradición de una familia de raíces netamente pesqueras.

12 de Diciembre de 2021 12:22

Eso de “romperse el lomo laburando” parece una frase hecha para Soledad Romito. Con cuarenta y un años, y más de veinte en el puerto, carga con dos protusiones en el cuello, dos hernias, y un disco estallado en la primera y quinta lumbar. Ninguna lesión es fácil de sobrellevar por sí sola pero nada se compara con tener que convivir con ese pesado combo de dolores crónicos sobre la columna. En el día a día, Soledad no puede no sentir cierto cansancio o malestar – por momentos, ni siquiera puede agacharse para atarse los borcegos – pero ella igual no se queja, no se victimiza, y tampoco se detiene en las secuelas de su extenso prontuario médico: dice que son “gajes del oficio” y ya está. A otro tema.

Y el tema que importa acá es el trabajo de Soledad. Un trabajo duro – está más que claro –, de grandes demandas físicas pero también horarias. Esta entrevista, por ejemplo, comienza un sábado, cerca de las doce. Es casi mediodía, sí, pero Soledad no despertó hace tanto. Descansó las horas que pudo porque la noche anterior la llamaron para ir a cubrir el amarre de unos barcos, por lo que permaneció en muelle hasta poco más de las siete. El trabajo de Soledad es así, sin horarios. Sin embargo, ella tampoco guarda reproches y reduce semejante entrega a otro de los tantos “gajes del oficio”.

“Acá no hay horarios. Vos entrás pero no sabés cuando vas a salir. Porque el oficio no puede esperar. Con el langostino, se ponen las patitas feas porque viene de muy lejos; la anchoíta larga mucha sangre y el magrú también. Puede ser que te llamen y tener que estar a la mañana, a la tarde, a la noche, todo el día o dos días seguidos. Todo depende de la cantidad de barcos que van entrando. Y un barco con mil cajones, lleva más o menos dos horas para sacarle la mercadería”, explica, a 0223.

A la par de su tío Luis, su hermano Darío y de tantos otros hombres, Soledad trabaja en la estiba, algo que por su dedicación y experiencia podría parecer natural en el puerto pero no, no hay que confundirse. Soledad Romito no solo es la única representante femenina que tiene el sector en Mar del Plata sino que es la única estibadora que hay a lo largo y ancho del país. Ella se desempeña como capataz para la Cooperativa Estimar Limitada, que, con dos cuadrillas, atiende a una flota de catorce barcos.

Primeros pasos

El primer trabajo no fue en el muelle ni bajo los rayos del sol. Soledad trabajaba en el puerto, sí, pero bajo cuatro paredes, en una oficina, con responsabilidades administrativas. Y no fue ninguna tarea fácil para ella, que, con diecinueve años recién cumplidos, no tenía el secundario completo, no conocía la intimidad de mundo pesquero ni mucho menos el de las computadoras.  “Yo era muy básica. Con la compu ni me llevaba y terminaba haciendo todo a mano pero igual me costaba mucho”, asegura.

La temprana oportunidad llegó, casi como una herencia, gracias a su papá. Un día, sin vueltas, le dijo: “Vení, vos te hacés cargo”. Y Soledad, a puro esfuerzo y voluntad de aprendizaje, se hizo cargo. “Yo ni sabía lo que era facturar… no entendía nada. Muchas de las secretarias a las cuales les iba a levantar pagos me ayudaron montonazo. No terminé la escuela porque en esa época era medio costoso; vivíamos atrás del Soip y mi viejos estaban construyendo la casa y nos costaba un poco más todo. No teníamos tecnología ni accesibilidades de muchas cosas. Mi primer celular y el handie lo tuve recién cuando llegué al muelle. Así fui aprendiendo a pagar y a cobrar porque la verdad no era tan fácil”, recuerda.

Hace casi una década que Soledad despliega en el muelle sus habilidades como estibadora.

Los años pasaron y el puesto en la oficina terminó en manos de Daniela, la hermana menor, que se recibió de administradora portuaria. Soledad, entonces, a partir del 2012, y ya con treinta y dos años, encontró en el muelle su verdadero destino y siguió así con la tradición que ya venía de los abuelos, ellos que trabajaban desde “la época en que los cajones eran de madera”. Estando tan próxima al mar y a su papá, se sintió más a gusto aunque tampoco resultó fácil aprender los secretos de capataz en la estiba, un oficio que, además, de sacrificio, requiere de sincronización y coordinación.

“Al principio me largaba sola y le erraba. Porque le podés errar en el tiempo para pedir el hielo, o porque no pediste los cajones, o quizás porque se te pasó de llamar a un camionero y después terminás esperando con la lingada colgando. Me llevó años aprender porque esto no se aprende de un día para el otro. Pero los que prácticamente me enseñaron el tema de los horarios fueron mi primo, la gente grande que tenía trabajando atrás y mi papá, que me hacía anotar todo en un cuadernito para que me vaya adaptando. Nunca estuve sola sola”, comenta.

Todo por papá

Para Soledad, la estiba no es solo un trabajo, sino una forma de “conectar” con Alberto – o “Bachi”, el apodo italiano con el que todos lo recuerdan –, su papá, el hombre que la apoyó, que la llevó de la mano al puerto, y que perdió hace cuatro años a manos de un cáncer. “Estando mi papá en vida, siempre me iba a ver al muelle, me explicaba cosas y si tenía dudas, él me decía cómo hacer las cosas. A mí me encanta ir al puerto porque siento más conexión con mi viejo, es como que yo lo siento presente ahí”, confiesa.

A tal punto llega su compromiso y amor que la estibadora de Cooperativa Estimar Limitada asegura que no bajó los brazos para no defraudar a su padre. “Nunca pensé en cambiar de lugar. Sabía que tenía que aprender de las experiencias y además siempre tomé los buenos consejos de mi papá y de la gente grande que me rodeaba. A veces venía y me ponía mal, lloraba, porque no me salían las cosas o me equivocaba y papá me decía ‘quedate tranquila que de los errores se aprende”. Y en la cuadrilla lo mismo, me apoyaban y me tranquilizaban mucho. También mamá me apoyó mucho para estar en el puerto. Creo que yo contaba con mucha gente atrás como para no rendirme y no bajar los brazos”, destaca.

Blanco como papel

Romperle el tractor, pincharle una rueda, sacarle un cable, romperle los vasos del gasoil, trabarle el paso, denunciarla por entrar al muelle porque, claro, era mujer y no tenía derecho. Soledad tuvo que pasar por todo eso hasta que el tiempo y su personalidad le permitieron ganarse un lugar de respeto entre los hombres de la estiba. Ella, sin embargo, minimiza cada una de las experiencias y dice que fueron “pavadas”; insiste en que su trabajo le deja anécdotas“más lindas que feas” y solo define a una de ellas como “desagradable”.

Muchos quisieron frustrar la llegada al muelle de Soledad Romito pero encontró fuerzas en el amor y el compromiso por Alberto, su papá.

El peor recuerdo que tiene de sus veinte años por el puerto fue por un compañero que habló mal de ella a sus espaldas. “Yo me enteré por otro compañero y entonces fui y lo agarré en la cubierta de un barco y lo dejé blanco como un papel. Le dije que no se le ocurriera faltarme el respeto nunca más porque le iba a dar un palazo. Fue una sola vez y ahí quedó”, afirma, y agrega: “Muchas cosas te dan bronca pero así bruscamente me molestó más lo que dijo un compañero de mí que las otras pavadas que a veces me hacían”.

Con la autoridad de la experiencia, Soledad dice que “el compañerismo te lo tenés que hacer y ganar”. “No cualquiera te pone un camión ajeno o te respeta los horarios acá. Y como yo soy muy respetuosa, nunca tengo problemas de que me fallen los camiones. Soy muy organizada y eso después te lo reditúan”, comenta, y añade: “No me gusta abusar de nadie ni que nadie se abuse de mí o de mis compñaeros y por eso también soy muy organizada con todo lo que hace a la descarga”.

A la altura

Soledad está convencida de que debe haber más espacio para las mujeres en el puerto y se lamenta por las chicas que estudian y ven frustrado su sueño de pesca y embarques solamente por la arbitrariedad del género. “Nadie agarra el timón y sale. Previo a eso, hay un estudio. Y te da bronca porque de verdad hay mucha gente que quiere estudiar para patrona de barco o para maquinista y no pueden porque no le dan embarque por ser mujeres”, cuestiona.

“Yo siempre digo: nosotras podemos estar a la misma altura de los hombres pero nunca vamos a tener la misma fuerza. Eso es una realidad. Pero sí puedo manejar un tractor, traer un acoplado, buscar el chimango, ponerme a pesar, lavar la bodega con la hidro o ir a junta granel”, remarca, y aclara: “Nunca voy a poder estibar a la par de un varón por lo pesados que son los camiones pero puedo trabajar muy bien”.

Por el secundario completo

Con un trabajo sin horarios y con Emir, su hijo de 21 años, a Soledad le cuesta encontrar tiempo “extra” en el día. De hecho, dice que hace tres meses que debería haber comenzado el tratamiento con un fonoaudiólogo pero la estiba todavía la obliga a posponerlo. “Entre el nódulo que tengo en la garganta y los ruidos que hay en el puerto es muy común que me quede sin voz. Pero me cuesta organizarme para ir porque realmente no me dan los horarios”, señala.

Y en ese afán de organización, también aparece el deseo por encontrar tiempo para terminar el secundario. “Me hubiese gustado terminarlo y  varias veces me lo propuse pero me cuesta por este mismo tema de los horarios. Pero sigo pensando en eso y la verdad que me gustaría terminarlo solo para decir ‘bueno, ya está, lo terminé’ porque, por suerte, mis dos hermanas sí lo pudieron hacer”, dice.

Para vos, papá

El sueño de vida más importante de Soledad Romito también se debe su papá: sueña con poder mirar al cielo un día y avisar que la cooperativa que a él pertenecía finalmente fue habilitada después de largos años de espera y presentaciones judiciales. “En 2009 se hizo un monopolio en el puerto que no permitió el ingreso de más cooperativas al muelle. Entonces, siempre nos tocó trabajar representados con cooperativas amigas de papá pero nunca pudimos habilitar la que era nuestra”, explica, sobre el conflicto.

“Hoy trabajamos en la cooperativa Estimar y la verdad que estamos muy cómodos pero eso es como una cuentita pendiente. Ojalá que en algún momento el Consorcio Portuario nos dé la carpeta que confirme que la cooperativa está habilitada para darnos la posibilidad de seguir trabajando solos o con la misma cooperativa con la que estamos ahora”, dice, y concluye: “Siempre me quedó esa bronca porque mi viejo falleció y nunca pudo ver su cooperativa habilitada que tanto le costó. Es lo único que me gustaría cumplir. Porque después, todas las demás cosas son materiales y eso a mí no me importa”.

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