¿Qué mito esconde el edificio de Mar del Plata que llaman "La Máquina de Escribir"?
La silueta escalonada del Terraza Palace, frente a Playa Grande, no es un capricho. Recorremos la historia de esta obra maestra patrimonial, con sus fallidos "jardines flotantes", la audaz solución funcional para asegurar luz solar y evitar la sombra sobre la arena y el persistente mito urbano que la ligó a la legendaria compañía Olivetti.
Frente al mar, justo en el corazón de Playa Grande, se alza una silueta arquitectónica que rompe el molde: el Terraza Palace. Es una obra tan singular que rápidamente se ganó un apodo inolvidable: "La Máquina de Escribir". Su frente escalonado fue un golpe de audacia en el paisaje marplatense de finales de los años cincuenta. Más que un edificio residencial, es un monumento que nos recuerda una época de transformación urbana planificada.
La década de 1950 fue un punto de inflexión para Mar del Plata. Con la sanción de la Ley de Propiedad Horizontal en Argentina, la ciudad se convirtió en un imán para las inversiones inmobiliarias. La clase popular ascendente y el auge del turismo masivo demandaban alojamiento, lo que provocó un "boom" constructivo. Las elegantes mansiones y los tradicionales chalets comenzaron a ceder su espacio a grandes bloques de departamentos destinados al veraneo. No obstante, Playa Grande, con un metro cuadrado siempre más cotizado, mantenía un ritmo más selecto y controlado.
Fue entonces cuando, en medio de esta renovación, el industrial papelero Norberto Blumencwejg, un inversor visionario que ya había desarrollado el Bahía Palace en Punta del Este, hizo un encargo excepcional. Contactó a un nombre de peso internacional: el arquitecto catalán Antonio Bonet Castellana, miembro del prestigioso Grupo Austral y discípulo directo del icónico Le Corbusier. El objetivo era erigir un proyecto que fuera la excepción, no la regla.
El resultado fue el Terraza Palace. Proyectado en 1957, su construcción, sobre Bulevar Marítimo Patricio Peralta Ramos en esquina con la calle Saavedra y a cargo de la empresa Dante Bernasconi, se completó con rapidez (se rumoreó, incluso, que el grupo constructor tuvo presupuesto libre para la obra). La primera etapa abrió sus puertas el 2 de enero de 1960. El sello de Bonet era la esencia del Movimiento Moderno latinoamericano: funcionalidad pura, ausencia de ornamentos, predominio del vidrio en la fachada, formando grandes ventanales, y arquitectura como herramienta de transformación social.
El diseño que respeta el sol: Una estructura escalona
La característica más llamativa de este edificio de ocho niveles es su fachada escalonada, que se retrae progresivamente desde la línea municipal a medida que se gana altura. Esta forma no es un mero capricho estético; es una solución funcional brillante. El diseño de Bonet buscaba tres cosas esenciales:
- Máxima Iluminación: Asegurar que cada una de las cuarenta unidades habitacionales gozara de una luz solar óptima, con grandes ventanales de vidrio dominando la fachada.
- Continuidad con el Paisaje: El escalonamiento imita, sutilmente, la pendiente natural y las barrancas rocosas costeras típicas de Playa Grande.
- Mínima Sombra: Es un gesto de respeto por el entorno. El ensanche de los pisos disminuye al máximo el "cono de sombra" que el edificio proyectaría sobre la arena al atardecer, un problema común en las torres de la costa.
El edificio, con sus cuarenta departamentos (seis por nivel, incluyendo unidades dúplex y tríplex de gran superficie, hasta 534 m²), se concibió perpendicularmente al frente costero, optimizando las vistas. En la planta baja se desarrolla un amplio espacio de recepción, enriquecido con vegetación abundante, que conduce hacia un hall principal cerrado con vidrio.
De jardines flotantes a balcones
Originalmente, Bonet concibió las terrazas de cada nivel como "jardines flotantes", una idea vanguardista que se publicitaba en los anuncios de venta de la época. Sin embargo, el rigor climático de Mar del Plata, con sus fuertes lluvias y problemas de drenaje, obligó a reemplazar la tierra y las especies exóticas por baldosas tradicionales, desechando esa ambiciosa visión verde. Lo que sí perduró fue el detalle de los brisoleis (parasoles) en cada terraza, que aportan un orden compositivo y resguardan las expansiones al aire libre.
El mito de la máquina de escribir y un legado intacto
Cuando se inauguró, el Terraza Palace se erguía casi en soledad, siendo el único edificio de varios pisos en una zona de viviendas unifamiliares. Su singularidad provocó asombro y, casi de inmediato, el famoso apodo de "La Máquina de Escribir". Este nombre fue tan popular que incluso generó un mito urbano: el rumor de que la compañía Olivetti, fabricante de máquinas de escribir, era la verdadera dueña del proyecto.
El lujo y el vanguardismo estaban presentes desde el hall de acceso, un espacio vidriado y retirado donde se ubicaron dos sillones modelo BKF, co-diseñados por el propio Bonet. El edificio fue concebido para una clase media-alta, incluso contemplando espacio para el personal doméstico de los turistas, demostrando sus pretensiones.
A pesar de que con el tiempo fue rodeado por nuevas y más altas torres que le robaron su protagonismo visual original, el Terraza Palace nunca perdió su valor. Su diseño meticuloso, que cuidó cada detalle, desde los pasillos y ascensores hasta la iluminación y los servicios, lo convierte en una obra de estudio para arquitectos.
Su valor patrimonial es reconocido oficialmente. En 1999, la Municipalidad de General Pueyrredón le otorgó el Premio a la Preservación Patrimonial y el Premio Preservación Original de Arquitectura Moderna. Una placa en su entrada recuerda estos galardones. El Terraza Palace es, y siempre será, la "excepción" dentro de la arquitectura marplatense, un testigo de buen gusto y una obra maestra que supo anteponer el diseño y el respeto por el paisaje a las meras leyes del mercado.
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