El verano lleno de campeones del mundo, una selección de Europa e historia pura en Mar del Plata: 40 años de la chilena de Francescoli
En el segundo mes de un 1986 inolvidable para el fútbol argentino, un charrúa empezaba a dar cuenta de un año para el recuerdo. También de los marplatenses.
Por Redacción 0223
PARA 0223
Fue un año que el piberío de estos tiempos catalogaría como intenso, tope de gama, épico, lleno de tipazos. En la década del 80 se vivía con menos ansiedad y se disfrutaba más el día a día. Por eso en enero la playa y el teatro eran figuras, y en febrero recién entraba el ritmo futbolístico con los torneos de verano (cuarenta años después estamos disputando la Fecha 4 de la Liga Profesional).
Fíjense el recuerdo del periodista Andrés López, en 1982. "Hace 44 años yo era un nene de 5 y no tenía idea del privilegio que estaba viviendo en esa platea. Ocho campeones del mundo había en la cancha, incluyendo los capitanes y los números 10 que ganaron los Mundiales de 1978 y 1986", escribió en tuit recordando la efeméride del Superclásico en el que River le ganó a Boca con gol de Ramón Díaz para quedarse con la Copa de Oro en Mar del Plata. Fillol, Passarella, Tolo Gallego, Kempes, Di Stéfano, Loco Gatti, Ruggeri y Maradona confluyeron en ese match. Historia pura del fútbol nacional.
Cuatro años y dos días más tarde, el 8 de febrero de 1986, un partido llamaba la atención. No al nivel del mencionado en el párrafo anterior, pero si que a la postre tendría un equipo campeón del mundo: eran los inicios del único año en el que River ganaría la Copa Libertadores y la Intercontinental. No obstante, la curiosidad venía por la visita de la Selección de Polonia, rival de turno del equipo argentino. Los polacos llegaban tras subirse al podio en el Mundial de 1982 y se preparaban para la Copa del Mundo de México. Lo que terminó de condimentar el partido y darle paso a la historia, fue el desarrollo del juego.
Tal vez relajados por tratarse de un amistoso, River y Polonia se mataron a goles. De hecho el partido se jugó en el medio de la competencia profesional que tenía al Millonario como puntero de la liga argentina. Francescoli se lo tomó en serio. El tema es que cuando jugaba "en serio", era una exhibición. Estampó el 2-1 para recuperar la ventaja que marcó el Beto Alonso, no obstante reaccionó la visita. Los europeos dieron vuelta el trámite y se pusieron al frente por 4 a 2.
Entonces, el equipo del Bambino Veira se tiró a la pileta. O al mar, tratándose de Mar del Plata. Sin la presión de un campeonato oficial pero con el fulgor de los futboleros que se encontraban en el Mundialista, fue por la heroica. Y Enzo fue la bandera: convirtió el tercero de los de Núñez y envalentó a Centurión, que empató el partido. Todavía quedaba más.
A los 48 minutos del segundo tiempo, cuando el pitazo final se presentía, el Príncipe leyó la trayectoria de un balón largo y desviado a la perfección. Sus movimientos estéticos hicieron el resto: la paró de pecho con el arco de espaldas, ensayó una chilena memorable y descontroló a todos los presentes porque coronó la fiesta de goles, con un golazo.
Los gestos son elocuentes. El arquero mira atornillado al piso, sin querer perderse la obra. Los defensores polacos se agarran la cabeza y los jugadores de River corren con la boca abierta. Francescoli, que sería luego campeón continental con River y dos veces con Uruguay, selección con la que jugó el Mundial de ese mismo año, sabe que es el comienzo de su capítulo en la historia grande. Aunque no sepa que ese minuto, en Mar del Plata, ya es historia.
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