Memoria y refugio en un club de barrio: la historia de Oscar Bergero, el socio 208 de Once Unidos que sigue desaparecido
Tenía 22 años, estudiaba en la Facultad de Ciencias Económicas y su vida, como la de su familia, estuvo atravesada por el club de Parque Luro. Fue secuestrado en 1977.
La historia de Oscar Bergero no se puede contar sin nombrar a Once Unidos. Tenía 22 años, estudiaba en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Mar del Plata (Unmdp) e integraba la comisión directiva en el club que su padre, Armando Bergero, había presidido en dos períodos. Era, además, el socio número 208 de una institución que para los Bergero no era solo un espacio deportivo, sino una forma de vida.
El 22 de noviembre de 1977, a apenas 50 metros de la puerta de su casa, Oscar fue secuestrado en la puerta de su casa del barrio Villa Primera. Llegó pero nunca entró. Todo cambió para siempre y nunca más se supo de él.
“Mi mamá escuchó un ruido en el portón y dijo: ‘Mirá, vino Oscarcito’”, recuerda su hermano Armando en diálogo con 0223. Pero Oscar no entró. El ruido no era el regreso esperado, sino el inicio de una ausencia que atravesaría décadas. La bicicleta en la que se movilizaba apareció tirada en la casa de un vecino. “A partir de ahí no supimos más nada”, dice.
Los Bergero eran una familia de trabajo, arraigada a la ciudad en pleno crecimiento. El padre, llegado desde Tres Arroyos, había construido su camino en la pintura y la construcción, mientras Mar del Plata se expandía al ritmo de sus edificios. Pero también había levantado algo más: un vínculo profundo con el club Once Unidos.
Allí, Oscar encontró su lugar desde otro rol. No fue tanto de cancha, como su hermano, sino de dirigencia. Fue secretario de actas, acompañando a su padre en la comisión directiva. “Siempre estaba con él, ayudando en los trámites”, cuenta Armando. Era parte de ese entramado silencioso que sostiene a los clubes de barrio: el de quienes organizan, gestionan y hacen posible que todo funcione.
El secuestro quebró la vida familiar, pero no rompió ese lazo con el club. Al contrario. Con el paso del tiempo, Once Unidos se convirtió en un refugio. “Vinieron a acompañarnos, a estar con mi viejo. Y después, a los meses, él volvió a las reuniones, y así toda la vida”, recuerda. En medio del dolor, la rutina del club ofrecía algo parecido a un sostén. Ese refugio también fue una forma de resistencia mientras su madre iniciaba un camino de lucha con Madres de Plaza de Mayo, golpeando puertas sin respuestas en cuarteles, aeropuertos o dependencias.
“Es una impotencia total. No sabés qué pasó, dónde está. Así murieron mis viejos, sin saber por qué lo secuestraron”, dice Armando sumergido en una tristeza y desconcierto que aún persiste. "Oscarcito era una persona buenísima, incapaz de hacer mal a nadie. Yo soy más contestatario, pero él era un pan de Dios, una persona única", rememora.
Con los años, él siguió ligado a Once Unidos, ocupando distintos roles en la dirigencia, acompañando el crecimiento de una institución que hoy convoca a cientos de familias. “Es como una descarga”, reconoce.
A ocho cuadras de donde fue secuestrado, Once Unidos sigue en pie. Y en ese movimiento constante,la familia Bergero encontró una manera de seguir. De hacer del club, también, un lugar donde el dolor no paraliza, sino que se transforma en memoria.
En el marco del juicio por los delitos de lesa humanidad cometidos en el circuito represivo de la Subzona 15, la desaparición de Oscar Bergero también tuvo un reconocimiento en el ámbito judicial. Por ese caso, los represores Jorge Luis Toccalino y Carlos Víctor Milanese fueron condenados por los delitos de asociación ilícita, homicidio, privación ilegítima de la libertad y tormentos.
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