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Opinión

15 de Abril de 2019 09:09

¿Es el de Arroyo el peor gobierno municipal desde 1983 hasta ahora?

Nació en Mar del Plata, el 17 de noviembre de 1961. 56 años. Licenciado en Historia, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Mar del Plata. Diputado Provincial, 1999-2003. Presidente Comisión de Turismo, Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires, 1999-2001. Presidente Comisión de Asuntos Cooperativos, Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires, 2001-2003. Secretario de Extensión  y Relaciones con la Comunidad, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Mar del Plata. 2008-2010.

Hace ya casi cuatro años publiqué una nota, en un medio local, en la cual advertía de los peligros de un triunfo de Carlos Arroyo en el Municipio de General Pueyrredon. En primer lugar señalábamos la endeblez de “ese conjunto de abstracciones prepolíticas que Arroyo denomina un programa”, que a todas luces eran “identitarias de una raíz marcadamente de derecha”. En segundo lugar observábamos que en la historia política de Carlos Arroyo no existía un solo caso “en que haya mostrado disposición al diálogo. Ha hecho del destrato, el autoritarismo y la agresividad, la única forma de relación política posible”. Lamentablemente debemos decir que teníamos razón en ambas cuestiones.

Sus ecuaciones pre políticas chocaron con algo llamado realidad: ninguna de sus promesas pudieron anclar en una Mar del Plata/ Batán inmensa y llena de conflictos. Ni bajó la cantidad de delitos por habitante, siendo él quien está a cargo de la seguridad a nivel local (el único secretario designado le duro apenas una horas). Ni gobernó con “cinco o seis personas” (lleva designados una cantidad inusitada de funcionarios), ni limpió nuestras calles que se encuentran más sucias que nunca. Ni ordenó el tránsito. Ni bajó las tasas, más bien las subió casi discrecionalmente. Ni, ni, ni, ni.

Con respeto al segundo problema, el de sus nula disposición al diálogo, nótese la movilidad permanente de sus funcionarios; la incapacidad más absoluta para solucionar de fondo algún problema, ni tan siquiera uno; la enemistad manifiesta hacia casi todos quienes no pertenecen a su entorno, no sólo adversarios políticos, sino la totalidad de los concejales, llamados denostadamente “los 24” por algunos de sus secretarios; los trabajadores municipales, especialmente los de Educación, con el disparatado y arbitrario recorte de sus salarios; los guardavidas que esperaron meses - en plena temporada-  para un acuerdo salarial; ni hablar de dirigentes sociales y/o emergentes sociales de cualquier tipo (recuerdo el caso de la mamá de Lucía Pérez). 

También son de la partida varios empresarios de la ciudad, lógicamente. Y hasta la propia gobernadora del mismo signo político, María Eugenia Vidal. La última escena fue su no concurrencia al acto de los excombatientes en Malvinas, una razón de estado para todos y todas.

Si tomamos el derrotero de la política marplatense desde 1983 hasta ahora, poco espacio quedaría para desmentir que este es el peor gobierno municipal de la historia. Sólo comparable con el de Mario Russak, ex delegado municipal de la Dictadura Militar, electo Intendente en 1991.

La pregunta que se cae de madura es ¿por qué razón una mayoría de marplatenses ubicaron a Carlos Arroyo en la Intendencia teniendo a mano opciones electorales de mayor densidad propositiva? La respuesta es compleja.

En 2016 Roberto S. Foa y Yascha Mounk publican un artículo en Journal of Democracy, con una idea movilizante: la democracia está mucho menos consolidada de lo que hasta ayer se pensaba. Aunque de temor, es una realidad.

Históricamente,  tan cierto es que hacia la Segunda Guerra Mundial la democracia representativa era minoritaria a nivel global, como que a fines del Siglo XX se había convertido en mayoritaria, aún teniendo en cuenta que más de 60 países del mundo, jamás tuvieron tal cosa. Esa misma democracia que hoy está cuestionada por los llamados populismo de derecha o populismo autoritarios, aunque la categoría de populismos sea confusa. 

Este principio de ruptura ha hecho hincapié en el denominado hartazgo democrático, categoría que ha sido usada para interpretar fenómenos diferentes entre sí, como son los casos de Italia, Brasil y México. Como vemos, el hartazgo democrático cuyo material inicial es el desasosiego, aburrimiento y ausencia de expectativas de millones de personas, aparecería sin signo político estándar, utilizando en cada caso las candidaturas más contrarias a lo ya establecido: me refiero al ya raido carácter “antisistema”, cuando de esas experiencias se habla.

Es obvio que en este contexto lo político cambió. Tal cual lo predijo Giovanni Sartori, la “video política” tiene menos de política. Es el lugar del “homo videns” un ser expectante, interesado, pero no activo. Esto se ha potenciado por la redes sociales, lugar dónde lo que se dice no debe ser argumentado necesariamente. Ni siquiera hay un “yo” real: del otro lado puede estar una foto de un burro o un bot (aféresis de robot), dado que puede enviar comentarios una vez  que es tendencia un tema ya programado.

Alguna parte de estos ciudadanos videopolitizados han sido difusores del “hartazgo democrático”, potenciando una simbología quejumbrosa y desesperante. La política no zafó de esa trampa, más bien corrió en la misma línea, invirtiendo más tiempo y esfuerzo en hundir al adversario (tirándole con el código penal, las más de las veces), que en proponer con mayor calidad intelectual. También son parte de estas voces - hay que decirlo- personajes que suelen oficiar de “periodistas”, sin que –claro está- se impongan a sí mismos algunos de los preceptos éticos que esa profesión requiere.

Volviendo a nuestra mirada local, estas ecuaciones podrían coincidir en tiempo y forma con la razones operativas por la cuales una parte de nuestros vecinos han elegido a Carlos Arroyo, pero ese hecho rompió una historia de buena política en la ciudad, toda vez que quebró la posibilidad de diálogo y por ende la posibilidad de acuerdos políticos de mediano y largo plazo. Si, de buena política. Una historia que nos caracterizaba, muy distinta a la de algunos municipios de la Provincia de Buenos Aires.

El resultado ha sido, probablemente, que este sistemático dudar de la honestidad de nuestra dirigencia local nos ha llevado a erosionar el único poder que la (s) gente (s) tenemos: la política. El hartazgo creado produjo un espacio por dónde creer que un político sin muchos meritos podía solucionar algún problema. Esto abrió una brecha por dónde pasó un Bolsonaro de cabotaje. Y para peor: nadie hoy se hace cargo. Ese mismo hartazgo hacia la política, se convirtió en una profecía autocumplida.