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Historias de acá

14 de Julio de 2019 08:13

Brama, el plan de 5 amigos para hacerse un auto que se convirtió en un proyecto inédito en Mar del Plata

Durante los '70 funcionó en Mar del Plata la primera y única fábrica de automóviles de la ciudad. El proyecto lo iniciaron cinco estudiantes de ingeniería que se reencontraron casi 50 años después. 

"Es fácil, eso lo podemos hacer nosotros”, fue la primera reacción de los cinco estudiantes de Ingeniería que descubrieron, estacionado en la vereda del Hotel Provincial, un buggy Puelche. Así empezó la aventura de estos chicos que a principios de la década del ’70 crearon la primera y única fábrica de autos de Mar del Plata, que llegó a vender 300 buggys por todo el país, una aventura que el Rodrigazo acabó sin piedad.

Casi cincuenta años después, alrededor de una mesa con picada y vino, Horacio Lenzetti, Daniel Salvatore, Alberto Sastre y Horacio Siringo reconstruyen aquella historia como un rompecabezas. Los cuatro, junto a Juan José Suárez -fallecido hace algunos años-, fueron los creadores del buggy Brama, 1ª fábrica marplatense de automóviles sport, como dice el slogan de las viejas publicaciones que aún guardan.

 

En el rompecabezas hay piezas que no encajan. Algunos dicen que aquella tarde de verano donde se cruzaron con el Puelche fue en el ’69. Otros creen que fue más acá y arriesgan 1971. Lo concreto fue que después de aquel día decidieron “hacer algo juntos” y se pusieron una meta que para cinco estudiantes que no tenían “un peso partido por la mitad” resultaba ambiciosa: “La idea era hacer cinco autos, uno para cada uno”, dice Sastre, el anfitrión del reencuentro.

Para poder arrancar necesitaban un auto al que sacarle el motor y poder usarlo. Con ayuda del padre de Siringo pudieron comprar un Renault Dauphine volcado que comenzaron a desarmar en el quincho de Siringo. Rápidamente se dieron cuenta de que necesitaban instalaciones más cómodas.  Y pensaron que la Facultad de Ingeniería, donde pasaban buena parte de sus días, podía ser ideal.

 

Pidieron autorización a Héctor Dall'o, el decano, para poder usar las instalaciones de Juan B. Justo y Pampa y las herramientas que disponía el lugar. “Habíamos hecho un trabajo ad honorem para la facultad y nos habían felicitado. Por eso nos animamos a hacer algo juntos y por eso también nos permitieron hacerlo ahí”, recuerda Salvatore. “Nos dejaron porque era enero y no había nadie”, acota Sastre.

El trabajo se dividió en dos: tenían que desarrollar el chasis y resolver el diseño del buggy. “Queríamos hacer algo como el Puelche, pero no tan feo”, recuerda Salvatore que, de todos, era el que mayor aptitud tenía para el dibujo. Fue él, entonces, el encargado de diseñar la carrocería del futuro auto, aunque todos opinaban. “Hicimos 9 veces la trompa”, dice Lenzetti.

 

El objetivo que tenían era crear un auto del que fuera fácil conseguir repuestos. “Pretendíamos que si se rompía en Salta se pudiera ir a cualquier casa de repuestos y conseguir lo que hiciera falta”, explican. Así empezaron a imaginarlo y llevaron aquel dibujo a un modelo de yeso.

El chasis fue complejo. Armaron el primero con hierros y soldaduras por todos lados. “Pudimos llegar a probarlo, pero pesaba un montón”, recuerda Sastre. Una noche, Suárez y Lenzetti se quedaron trabajando con la misión de resolverlo. Cerca de las 3 de la mañana Lenzetti se rindió y Suárez quedó trabajando solo. “Desarmó un montón de lapiceras que tenían los tanques de tinta hechos de bronce y armó un chasis a escala con esos tubitos. A las 7 de la mañana tocó el timbre de mi casa y me dijo: ‘Este es el chasis’. Se había quedado toda la noche trabajando y lo resolvió”, recuerda Lenzetti.

 

“Muchachos, se tienen que ir”

 

Llegó marzo y la facultad de Ingeniería recuperó su actividad normal. “Muchachos, se tienen que ir de acá”, les dijo el decano. ¿A dónde? Se preguntaron los cinco. Comenzaron a buscar alternativas, pero tenían un problema: ninguno tenía plata para pagar un alquiler.

La solución que hallaron fue inmejorable. El papá de Lenzetti se había cruzado con los hermanos Quique y Jorge Mena, a quienes les contó sobre el proyecto de su hijo y sus amigos. Ellos tenían un galpón y una ventaja: Quique Mena era un genio para trabajar el plástico y hacer matrices, una técnica que ninguno de ellos dominaba.

Les ofreció el lugar sin pedirle dinero a cambio, solo que le permitieran realizar la matriz del Brama. Así, todo el proyecto se trasladó al galpón de San Luis 3250. Los Mena conocían a mucha gente que pasaba por su taller. A todos les mostraban el auto que construían “estos locos”. Hasta que uno de los visitantes, “Bocha” Fulco, redobló la apuesta: “Quiero uno, yo se los compro”, les dijo y les dio la plata para construirlo.

 

“Con esa plata pudimos arrancar a comprar los materiales”, dice Sastre. Así, en 1972, la idea de cinco chicos de hacerse su propio auto se convirtió en 4SyL, la primera fábrica marplatense de automóviles sport. Antes de terminar el primer buggy Brama ya tenían 15 encargados.

Por fin pudieron entregar el primer vehículo terminado, pero le faltaba un detalle: salían sin techo. “Era algo que no podíamos resolver y a todos los firmábamos un compromiso de que le íbamos a colocar el techo”, recuerdan. Ese problema pudieron solucionarlo cuando dieron con un hombre al que le llevaron un pedazo de chapa con un pedido que sonó casi a súplica: “De acá tiene que salir el techo del Brama”

“Con un martillito roñoso, empezó a trabajar la chapa y de ahí salió la matriz del techo que después replicamos en los autos”, cuenta Siringo.

 

El 30 de agosto de 1972 4SyL registró el modelo del buggy Brama. Con la empresa en marcha y varios pedidos en carpeta, comenzaron a sumar empleados: Ricardo Errea fue el soldador y Oscar Marinelli el encargado de realizar toda la instalación eléctrica. Los dos estuvieron en la noche del reencuentro y también aportaron datos (y anécdotas) a la reconstrucción de esta historia marplatense.

 

"¿Cuántos pueden hacer?"

El buggy Brama comenzó a sumar adeptos por su atractivo diseño. Tenía una particularidad para los autos de esa época: sus puertas tenían el sistema alas de gaviota, se abrían de manera vertical. La empresa ofrecía el vehículo en tres versiones: dos parar armar y una, llave en mano. “Se lo vendíamos a gente que tenía talleres mecánicos y le gustaba ese mundo, pero también lo compraban empresarios, médicos, profesionales”, recuerda Lenzetti.

 

Entre los que compraron un buggy Brama estuvieron los Dondero (dueños de Alfajores Balcarce), los hermanos Moskovsky (dueños de Sacoa), el bioquímico Fares Taie y el cantante de folclore Roberto Rimoldi Fraga. “Una vez vino Ringo Bonavena, miró, preguntó, pero no  se llevó nada”, recuerdan.

Un fin de semana de 1974, el modelo Brama fue objeto de una cobertura de la revista Weekend. Hicieron fotos en distintas locaciones de Mar del Plata. “¿Sabés quién era el fotógrafo? Jorge Fontevecchia, el actual dueño de perfil”, cuenta Siringo.

Los pedidos se multiplicaban. Les llegaban a la fábrica sobres con varios cheques para encargarles autos. Un día se animaron y viajaron hasta Buenos Aires, a la casa central de Renault, para ofrecerles que vendieran el vehículo en sus concesionarias.

-¿Cuántos autos por mes pueden hacer?-les preguntó uno de los responsables de la marca francesa

-Creemos que podemos llegar a 10 por mes-le respondieron.

-Bueno, nosotros tenemos 65 sucursales en todo el país, cuando lleguen a ese número nos llaman.

 

En 1975 registraron el Brama 2, una nueva versión del buggy que querían sacar a la venta. La empresa funcionaba, los pedidos se multiplicaban y ya estaban por alcanzar la marca de 300 autos vendidos en todo el país. “Una vez recibimos un pedido de Tancacha. Ninguno tenía idea dónde quedaba. Empezamos a revisar los mapas y por ahí encontramos un puntito en la provincia de Córdoba. Así que tuvimos que mandar un kit hacia allá”, rememoran.

Con varios pedidos en marcha, en junio de 1975 explotó el Rodrigazo, el plan del ministro de Economía de Isabel Perón, Celestino Rodríguez, destrozó a los comerciantes. “Con el pago del 50% del auto nosotros congelábamos el precio. Y ese fue nuestro error”, recuerdan ahora los exsocios.

Un día fueron al lugar donde compraban los hierros para montar los chasis y el dueño les dijo que no tenía más. “Prueben acá a la vuelta que ellos tienen”, les recomendó. “Cuando fuimos valían cuatro veces más de lo que nosotros lo pagábamos. Y la resina directamente no la pudimos conseguir más”, confiesan.

Con ese marco, empezaron los problemas y el proyectó se cayó a pedazos. Habían llegado a contratar 11 empleados en su mejor momento y ahora tenían que dar marcha atrás. Los juntaron a todos y les explicaron que no tenían para pagar las indemnizaciones que correspondían. Fueron a ver al secretario general de Smata en Mar del Plata, Roque Di Caprio. Le contaron la situación y él intervino.

“Muchachos, esta gente no puede más, no tiene. Agarren el 50% de la indemnización que les ofrecen y dense la mano”, les sugirió a los empleados. Todos siguieron el consejo y muchos de ellos mantuvieron una fuerte amistad incluso hasta hoy.

Un día un productor cinematográfico llegó hasta la fábrica. "Me dijeron que ustedes son los que hacen el buggy Brama. Necesitamos uno para hacerlo explotar", les dijo. Se miraron sorprendidos. El plan era que formara parte de la segunda película de la saga protagonizada por Ricardo Bauleo, Víctor Bo y Julio De Grazia. En Los Superagentes y el tesoro maldito se vio una persecución en Mar del Plata que termina en las playas de Acantilados. Allí, los villanos persiguen en los buggys a Tiburón, Delfín y Mojarrita y antes de que los alcancen un cañonazo explota el Brama.

 

"Nos acordamos que teníamos una matriz tirada en el rincón de la fábrica y les vendimos esa para que la utilicen", cuentan. La "fama" llegó tarde: el proyecto Brama ya no tenía salvación.  

En tres años, esa “idea de chicos” se construyó en un proyecto inédito en Mar del Plata que creció y se derrumbó. Con un vaso lleno, los seis protagonistas del reencuentro brindan y se ríen de las incontables anécdotas que complementan la historia.

-¿Llegaron a hacer plata?

-No. Arrancamos sin nada, pudimos crecer y cuando se derrumbó todo nos gastamos la plata en las indemnizaciones. Lo único que nos quedó fue un Brama a cada uno.

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