El legado de los estudiantes de la Malharro secuestrados y torturados en la base naval

A 50 años del golpe, la historia de los estudiantes de la Malharro recupera el valor del arte como resistencia. Secuestrados y torturados en la Base Naval, su silencio de cuatro décadas se transforma hoy en memoria activa y justicia.

En 2006 se descubrieron documentos donde figuran los casos de secuestro de los estudiantes de la Malharro en 1976 por acciones como volanteadas y pintadas.

24 de Marzo de 2026 16:00

Patricia, Ricardo y Miguel, junto con Guillermo y Graciela, pertenecieron al grupo de estudiantes secuestrados en la Escuela de Artes Visuales Martín A. Malharro de la ciudad de Mar del Plata en 1976. Como grupo, muestran otra particularidad: estuvieron casi cuarenta años guardando silencio, hasta el momento en que fueron citados para declarar en el marco del juicio Base Naval II y contar su historia, según se relata en Mar del Plata 70. Violencias, justicia y derechos humanos, coordinado por Ivonne Barragán y Micaela Iturralde.  

Patricia, siempre junto a Miguel, a quien no dudan en definir como su líder, tampoco duda al encontrar la primera característica que los definía: ‘Éramos muy chicos’. Sintetiza toda su experiencia en una frase: ‘Lo nuestro fue debut y despedida, si empezamos a tener conciencia política en el 72, empezamos a tener alguna participación en el 74 y en el 75, y en el 76 ya se terminó todo’”, se puede leer en el libro editado por Eudem.

Esta historia trata de eso: de recordar lo que empujaba a los más jóvenes a sumarse y luchar por un mundo mejor, pero también de un sistema de gobierno de facto, una dictadura cívico-militar, que cometió los actos más aberrantes imaginables para evitarlo.

El caso de la Escuela Malharro

Desde la escuela Malharro, Patricia, Ricardo y Miguel miraban hacia el muralismo mexicano y comenzaron una militancia que surgió como parte de un movimiento juvenil más amplio que cuestionaba la represión, la desigualdad y la falta de libertades.

Eran estudiantes de clase media con una convicción que quemaba: el arte no podía ser un simple ejercicio estético para colgar en una galería silenciosa. Para la generación de la Malharro, la creatividad era una herramienta de transformación social. Bajo la consigna de que el arte debía “servir al pueblo”, Patricia, Ricardo y sus compañeros dotaron a sus grabados y diseños de un sentido profundamente político. No buscaban el aplauso, buscaban que el vecino del barrio, el obrero y el estudiante se vieran reflejados en sus trazos. Esa búsqueda de identidad generacional fue lo que les dio un propósito, pero también lo que los marcó a fuego.

Según los testimonios que se reproducen en el libro mencionado, “Patricia y Ricardo relatan su participación política como un tándem y dan cuenta de su conformación identitaria en tanto grupo en paralelo a un clima de época”. Recuerdan al resto de los estudiantes con cierta ajenidad: allí, lo político se asocia a sentirse parte de un colectivo que participa de discusiones y debates sobre la realidad social, la política del país y del mundo y, en especial, sobre la formación y el hacer de un artista.

En su recuerdo, sin embargo, se encontraban aislados del resto del alumnado: “No es que la escuela nos seguía, estábamos aislados. Éramos los revoltosos. Otros pintaban con el pañuelito en el cuello frente a un atril, no hacían un arte comprometido. Nuestro arte tenía un contenido y generalmente era político, donde queríamos reflejar la realidad del país”.

Ese cruce peligroso entre el pincel y la militancia los convirtió en un objetivo prioritario. Para la inteligencia militar de la época, la Malharro no era solo un centro de estudios, sino un foco de “subversión cultural”. En un mundo de uniformes, el pensamiento crítico de un artista es visto como una amenaza invisible pero letal. Su activismo, nacido de un entorno donde la belleza era secundaria frente al compromiso social, los puso involuntariamente en la mira de una represión que no distinguía entre una proclama política y un grabado social. Al final, fue esa misma convicción la que los arrojó al centro de la tormenta represiva en aquel invierno del 76.

Patricia, Ricardo y sus compañeros, en lugar de guardar sus obras en carpetas discretas, montaban exposiciones colectivas en el patio, a la vista de todos, desafiando la individualidad impuesta. Su arte tenía contenido, urgencia y, sobre todo, muros que nunca llegaron a pintar, pero que llenaron de ideas.

Imagen de la cobertura de 0223 al Juicio conocido como Base Naval II.

El invierno de los Falcon

La tragedia se desató en julio de 1976. El lunes 5, la impunidad entró a la preceptoría de la escuela. Ante la mirada de algunos directivos, Patricia y Guillermo fueron secuestrados y subidos a un Ford Falcon verde. El destino: la Base Naval de Mar del Plata.

Aquellos días fueron un ensayo del infierno. En pleno julio, sus primeros calabozos fueron carpas de lona en el balneario del Club Náutico. Desde allí, tiritando de frío, podían ver el Club de Golf y la silueta de un submarino, símbolos de una ciudad que seguía su curso mientras ellos desaparecían. Pocos días después, el resto del grupo, Miguel, Ricardo, Graciela y Héctor, correría la misma suerte.

La escena teatral del horror

La represión en Mar del Plata tuvo matices perversos. Los sobrevivientes recuerdan una "puesta en escena" casi cinematográfica: un auditorio con sillas de cine donde funcionarios judiciales, subidos a una tarima, les leían declaraciones bajo presión mientras los secuestradores observaban desde abajo.

Dentro de las paredes de la Base Naval, el arte quedó suspendido y comenzó el lenguaje del horror. El objetivo de la Fuerza de Tareas 6 (FT6) era claro: obtener nombres y, sobre todo, aniquilar la voluntad. El repertorio de torturas físicas fue sistemático: desde golpes y posiciones forzadas hasta la privación del sueño, que desdibuja la frontera entre la realidad y la pesadilla.

Sin embargo, el sadismo fue más allá. A los simulacros de fusilamiento y las amenazas de muerte constantes, se sumaron las vejaciones y abusos sexuales, utilizados como una herramienta de poder específica para humillar y marcar los cuerpos. No eran solo interrogatorios, era un proceso de deshumanización que buscaba quebrar cualquier rastro de resistencia emocional en aquellos jóvenes.

El secuestro de los estudiantes no fue un error de inteligencia, sino un mensaje ejemplificador enviado al corazón de la comunidad artística marplatense. Para el aparato represivo, el binomio "arte y militancia" era sinónimo de subversión. Al secuestrar a los "revoltosos", enviaban una advertencia letal: crear y comprometerse tenía un precio físico insoportable.

Del pozo a la celda "legal"

Tras semanas de cautiverio en la sombra, que en el caso de Patricia requirieron atención médica en el Hospital Interzonal bajo un silencio administrativo cómplice, sus destinos dieron un giro. Como se cita en el libro: “Las torturas de carácter sexual le provocaron una fuerte hemorragia, por lo que fue llevada al Hospital Interzonal para su atención y luego nuevamente alojada en la Base Naval. Así, Patricia, sin perder la condición de secuestrada, fue atendida en el hospital, lo que produjo el debido asiento burocrático en una historia clínica, pero sus autoridades no requirieron una modificación de las condiciones en las que se encontraba”.

Fueron, entonces, "blanqueados" y puestos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN). Este paso significó el traslado a las cárceles de Devoto y Sierra Chica, donde la reclusión se volvió legal, pero no menos dolorosa. Aunque recuperaron su identidad frente al Estado, el trauma de la Base Naval ya se había filtrado en sus vidas, convirtiéndose en el motor de un silencio que tardaría cuatro décadas en romperse.

Romper el silencio de cuarenta años

Durante casi cuarenta años, el silencio fue su armadura. Patricia, Ricardo, Guillermo y Miguel guardaron su historia bajo llave hasta que la justicia los llamó a declarar en el juicio Base Naval II. Hoy, aquellos "revoltosos" han transformado el dolor en memoria activa. Permanecen en su escuela a través de una placa que recuerda que allí, entre tintas y pinceles, hubo una generación que se atrevió a soñar con una sociedad mejor.

Su historia demuestra que, aunque la FT6 intentó desbaratar una supuesta "célula", lo que realmente hizo fue arrollar la vida de artistas que solo querían que su arte se pareciera, por fin, a la vida misma.

La represión y el rol de la Prefectura Naval en Mar del Plata

Entre 1976 y 1983, la dictadura militar desplegó un plan sistemático de represión sustentado en la inteligencia de agencias estatales. Ya en 1975, los decretos de “aniquilamiento” habían habilitado la suspensión de garantías constitucionales y la conformación de la “comunidad informativa”, destinada a centralizar los datos sobre la población.

En ese contexto, la Prefectura Naval Argentina (PNA), bajo la órbita de la Armada, asumió un papel central en el seguimiento de la actividad política y social. Ese mismo año se puso en marcha el Plan de Capacidades (Placintara), que organizó la acción de las fuerzas de tareas.

En Mar del Plata, la FT6, dirigida por la Fuerza de Submarinos, fue el núcleo de la represión. Allí se instaló un centro clandestino en la Base Naval, complementado por la Escuela de Suboficiales de Infantería de Marina (ESIM). Aunque subordinada al Comando de la Subzona, la FT6 operaba con autonomía en la ejecución de operativos.

Un hallazgo clave ocurrió en 2006, cuando se recuperó el archivo de la sección de informaciones de la PNA en la Zona Atlántico Norte. Este fondo documental contiene informes sobre actividades consideradas “subversivas”, ofreciendo una mirada directa sobre el funcionamiento de la represión. Entre los casos figura el secuestro de los estudiantes de la Malharro en 1976, vinculados a la Juventud Universitaria Peronista (JUP) y al Peronismo Auténtico, fueron perseguidos por acciones como volanteadas y pintadas.

 Los documentos oficiales describían estos operativos con eufemismos como “detención” o “interrogatorio”, ocultando la realidad de los “secuestros” y las “torturas”, y presentando las acciones como parte de una narrativa que justificaba la represión y resaltaba la “eficacia” de la FT6.

En conjunto, la documentación y las memorias de quienes sobrevivieron permiten comprender cómo la represión local se articuló con el plan nacional, y cómo la PNA y la FT6 jugaron un rol decisivo en la persecución política.