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Opinión

22 de Febrero de 2019 18:20

Las Golondrinas del Sr. Mourelle

Como presagió en sus versos el poeta,  las golondrinas siempre vuelven.  Y aunque a veces no sean las mismas, hay algunas que se empecinan año tras año en realizar un repetitivo vuelo migratorio que las lleva una y otra vez hacia el mismo lugar , donde se establecen sin arraigo a sabiendas que al terminar el estío deberán regresar a su lugar de origen, aunque éste se encuentre a una distancia tan grande como la de tres viajes de ida y vuelta a la luna.

Como serán de interesantes estas aves que ya se han ocupado de ellas  no sólo Gustavo Adolfo Becker en sus famosas Rimas, sino autores de la talla de  T. S. Elliot en La tierra baldía, John Keats en su poema Al otoño,  Virgilio en sus Geórgicas, Williams Shakeaspere en Ricardo III y  Cuentos de invierno y hasta Oscar Wilde en su cuento El príncipe feliz. Y se comenta en un apócrifo evangelio, que encontrándose Jesús al borde de un arroyo, hizo una masa blanda de barro y formó con ella doce golondrinas.  Para  todos ellos, las golondrinas son un símbolo de amor y de alegría.

A esta larga lista de interesados en estos peculiares pajaritos, se agrega ahora el Sr. Mourelle quien por el contrario parece haber descubierto una nueva especie que, según él,  nada tiene de romántica, ni de alegre, ni de nada. Lejos de eso, se trataría de aves rapaces que sólo emigran por tres meses con la aviesa intención de “hacerse el verano” para comerse todo y regresar a sus lugares de origen con sus buches bien engrosados.

Debería saber este señor que las golondrinas que él menciona, y a cuya bandada me enorgullece pertenecer, somos las mismas de siempre. Las que vamos una y otra vez a Mar del Plata, cada año,  a pesar de las crisis, las revoluciones y las devaluaciones a las que nos tienen sometidos los vaivenes de la  política, a poner  nuestro esfuerzo y nuestro dinero tratando de llevar un poco de alegría y divertimento no sólo al fugaz turista, sino a toda la población de esa ciudad y sus alrededores,  regresando a nuestros lugares de origen con las arcas más vacías que otra cosa. Hay quien como Rottemberg construye teatros en lugar de departamentos u hoteles, o como –entre otros-  Faroni o Yankelevich  que producen espectáculos a granel para ocupar esos teatros o como yo, que mantengo tres salas abiertas todo el año dando trabajo no sólo a artistas de Buenos Aires, sino también a quienes forman parte de la cultura marplatense.

En lugares como Estonia, la golondrina es considerada el Ave Nacional. En Nigeria se las caza a razón de ciento de miles por año, poniéndolas en peligro de extinción. Que nos diga el Sr. Mourelle con  sus impuestos que opción de país prefiere.