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El escribiente

25 de Agosto de 2019 12:12

El Diario francés de Arnaldo Calveyra, poesía sobre poesía

París es una de las ciudades más nombradas del mundo. Muchos le escribieron personalizándola. Otros tantos la vivieron y son parte de su historia. Lo cierto es que nadie sale igual de ella. El poeta Arnaldo Calveyra es uno de ellos. 

El poeta César Vallejo sostiene bellamente que “París no tiene principio ni fin”. Totalmente cierta la sentencia. París es para perderse. Todo ahí es muy románticamente literario. El cielo gris, los bares llenos, lo hermoso del sonido del francés. Digno lugar para vivir, digno para morir con aguacero “algún día del cual tengo ya el recuerdo”.

Todo se lee como si fuera la primera vez, todo se alcanza por primera vez. Muchos en ella se pierden el instante por la premura de la fotografía; muchos dejan pasar la línea del poema por el libro completo. París te ahoga, te supera por su historia, por su actualidad turística.

París: la ciudad Luz, la del paseo obligado de día, la de la copa reparadora de noche. La del amor sin frenos, la de la resistencia. La ciudad de la lluvia y la nieve más fría que el frío. La ciudad que va maravillándote de a poco hasta la totalidad.

Del universo de la literatura, por Ella pasaron casi todos. Sobre Ella hablaron y escribieron muchos más.

La poesía se respira más fuerte desde allí. Todo es pura emoción. Todos son nombres y lugares con imágenes sublimes. Estructuras mágicas que no podes dejar de mirar, de sentir. Te sugiere suspiros, palabras desconocidas que buscás para describir las sensaciones que te insinúa de la forma más digna.

El mejor transporte de los sentimientos sigue siendo la palabra. Imaginar, pensar y soñar con algo para luego traducir en palabras sigue siendo mágico. Para el que cuenta y para el que escucha. Ir de un sentimiento a otro a través de las palabras es buscar algo más allá. Las primeras palabras sobre París fueron de la ficción. Recreaban aquella ciudad y me transportaba hacia ella. Inmediato al encuentro con aquello que tanto soñó el que fui, alguien me dijo: “Primero acercate a Calveyra”.

Así lo hice y fue el mejor anticipo. Arnaldo Calveyra, poeta entrerriano que vivió en París desde la década del 60 hasta su muerte, dejó en sus diarios una de las mejores impresiones sobre la ciudad y todo su movimiento. Diario francés. Vivir a través de cristal (Adriana Hidalgo, 2017) impresiona.

En una prosa poética, Calveyra te mete en sus primeros días en París revelando a pleno sus descubrimientos  y los nuestros,  del hermosos misterio que es la Ciudad  Luz.

Calveyra es dueño de una obra literaria muy singular. Alcanzó la narración, la prosa, el teatro, pero nunca dejó de lado la poesía.

Estudió en La Plata, donde fue amigo de Rodolfo Walsh, con quien pensaba hacer un viaje al norte de nuestro país a pie y con nombres falsos. Quiroga sería el nombre de Walsh y el suyo, Lugones.

Trabajó como profesor de “Castellano”, como él lo llamaba, hasta que decidió aceptar una beca en París para realizar su tesis sobre los trovadores provenzales. En esa etapa se desarrollan sus diarios.

En ellos uno encuentra un surtido de experiencias que él registra maravillosa y poéticamente. Un híbrido entre narración, ensayo y poesía. Calveyra ve con ojos de niño. Es decir ve todo por primera vez, inventa el mirar. Sus descripciones son un juego de encastre entre sonido y sentido. Sus impresiones son contagiosas.

Todo es letra en el viaje, todo es aprender a leer. Aprender que hay tantas lecturas como instantes” dice en algunas de las entradas del diario.

Así veía la realidad Calveyra. Así logra transportarte a aquel París de los 60 para recrearlo hoy. Pero también desde su poesía logra trasladarte a su pueblo natal en Entre Ríos, General Mansilla, dándole un toque tan imaginario como real. Las voces de los personajes de aquel pueblo son recuperados por él, colocándote en una atmósfera que logra perderte en el espacio y el tiempo.

Amigo de Saer, Cortázar y Pizarnik, en la misma línea que Juan L. Ortiz y su maestro Carlos Mastronardi, Calveyra  sale del sentido común del mundo literario. Hace de lo íntimo algo para todos. Declara significantes que no significan más que en el alma. Gestos poéticos que forman una cinta de Moebius entre su humanismo, su pueblo natal, su provincia, París y las palabras.

“Desconfío de los adjetivos porque envejecen rápido” decía. Para él,  el problema esencial de la poesía era el adjetivo, no el sustantivo. Buscaba los poemas que se bastaran a sí mismos, así como con el sonido y las dosis de silencio justo.

Diario francés. Vivir a través de cristal es el título completo. Curioso título para la obra que es más que un diario de escritor. Hay un énfasis en la verdad, en lo sagrado del testimonio y de la experiencia. Sagrado en el sentido que le da Giorgio Agamben, es decir, que sus testimonios funcionen como “profanaciones”. Como que esos testimonios implican  algo sagrado. Entonces, todo aquel que profane cada uno de sus poemas reconocerá  y celebrará aquello que le pertenece a los dioses. Así uno desactiva su lugar, su poder, su palabra. Este acto sacrílego neutraliza. Hoy el ser humano ha olvidado esta acción. Debemos recuperarla para volvernos más humanos, liberarnos aún más.

La experiencia de lectura de los Diarios de Calveyra, así como de su poesía (Poesía reunida. Adriana Hidalgo, 2012) nos hacen  indagar más en el sueño de reencontrarnos y simular que soportamos el sinsentido.