Enfoque global

5 de Mayo de 2020 08:08

No se olviden de Bolivia

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Jeanine Añez

Bolivia deberá afrontar elecciones presidenciales en medio de la crisis del coronavirus. Los 6 meses de Jeanine Añez en el poder y los desafíos del Movimiento al Socialismo. 

Tal vez no lo recuerden pero hace menos de seis meses hubo un golpe de estado en Bolivia que interrumpió el mandato democrático del presidente, Evo Morales obligándolo al exilio, anuló un proceso electoral y puso en el poder a la Senadora, Jeanine Añez en un procedimiento, al menos, irregular.

De esta manera, un gobierno que debería haber sido de transición se mantuvo más de lo esperado y la Jefa de Estado, en contradicción con sus comentarios iniciales, decidió ser candidata en un proceso de transparencia cuestionada antes de arrancar. Las elecciones deberían haber sido el domingo pasado pero la pandemia del coronavirus lo impidió.  

Con el argumento de la crisis sanitaria, el gobierno de Añez buscó postergar los comicios pero la Asamblea Legislativa con mayoría del Movimiento al Socialismo(MAS) rechazó las observaciones realizadas por del Órgano Ejecutivo a la Ley de Postergación de las Elecciones Generales 2020. Esto significa que las elecciones presidenciales deberían realizarse en un plazo de 90 días (el 27 de septiembre) siempre y cuando el Tribunal Constitucional no acepte el pedido de suspensión del oficialismo que ya tiene el rechazo de todo el espectro opositor.  De esta manera, nos encontramos con un escenario marcado por los siguientes elementos: el coronavirus,  un gobierno de facto y las inminentes elecciones. 

¿Es posible realizar elecciones en este contexto?

Bolivia suma más de 1594 infectados y 76 fallecidos en una tabla que no lo tiene entre los países con mayor tasa de letalidad como Brasil, Ecuador o Perú pero es mas alta que Argentina, Cuba y Uruguay. 

Las medidas del gobierno incluyeron medidas de aislamiento similares a la de otros países pero con un rasgo más temerario tanto desde lo comunicacional como de la práctica institucional, ya que, al margen de las políticas preventivas que demanda el Conavid-19, Añez aprovechó la coyuntura para reforzar el aparato represivo y de persecución que se puso en marcha durante los días previo al golpe contra Morales. 

En ese sentido, desde el inicio de la crisis sanitaria nos encontramos con dirigentes que fueron hostigados y detenidos bajo el pretexto de violar la cuarentena mientras intentaban acercar alimentos a los sectores populares y numerosos abusos de poder por parte de la Policía.

El corte es muy claro. Mientras el gobierno atiende las necesidades de las grandes ciudades y deja a territorios como El Alto o el trópico de Cochabamba sin intervención estatal. En los sectores más humildes, además de no tener el apoyo del Estado, hay mucha desconfianza con el gobierno y eso hace que nadie quiera seguir sus directivas. 

Por otra parte, Añez y su gente llevan seis meses de la instalación del gobierno de facto, ¿qué pasa con la economía?

Uno de los latiguillos del régimen de facto boliviano una vez que se hizo cargo del gobierno fue la critica al tamaño del Estado y al cierre que la economía había sufrido en tiempos de Evo Morales. La narrativa habitual de la derecha que acusa a los gobiernos progresistas de estar aislados del mundo no fue una excepción en Bolivia. 

Dentro de las prioridades del gobierno aparece la privatización muchas de las empresas públicas del país que, de concretarse, sería un golpe muy duro para las cuentas fiscales, ya que, las empresas estatales representan el 37 por ciento del presupuesto y los impuestos el 45. Ese 82 por ciento están en riesgo bajo la actual administración por decisión del gobierno de no cobrarle impuestos a empresas amigas y posibles "inversores futuros en el país".  A su vez, hay preocupación por las regalías de los recursos de los hidrocarburos y lo que suceda con el litio, ya sea con su paralización o su trasnacionalización. 

La realidad es que no existen datos oficiales que permitan saber con certeza el rumbo de la economía boliviana y eso torna el diagnóstico mucho más complejo. Si bien no se hicieron las privatizaciones que el régimen hubiese querido, por ejemplo con la aerolínea de bandera, el rendimiento de las empresas y los ingresos tributarios han disminuido. 

La aplicación de un manual de gestión liberal clásico está a la vuelta de la esquina cuando vemos que, sin necesidad de hacerlo, el gobierno decidió recurrir al Fondo Monetario Internacional para afrontar la crisis sanitaria y, como es tradición, podría venir acompañado de flexibilización laboral y privatización de servicios. Otro recurso apelado en estos meses es el de la demonización de Evo Morales y el MAS que, si nos dejamos llevar por las encuestas, no estaría afectando de demasiado en el capital político del ex partido de gobierno (se mantiene arriba de los 30 puntos sin medir la intención de voto en el campo profundo y las ciudades intermedias) pero agudiza el contexto de persecución y linchamiento institucional. 

Volviendo a las elecciones presidenciales, Añez busca ratificar su liderazgo mediante una gestión eficiente de la crisis para ganar terreno ante la división de la derecha. Según los sondeo de la encuestadora Cies Mori, pelea mano a mano por el segundo lugar con Carlos Mesa en lo que pretenden que segunda vuelta pareja con el Movimiento al Socialismo. 

El gran interrogante es qué lógica se impondrá en el proceso electoral y cuál será el arbitraje luego del papelón realizado por la OEA. Sobre lo primero, el debate de fondo es alrededor de la capacidad de las derechas latinoamericanas de seguir siendo alternativa en medio de una crisis mundial que pegará con fuerza en América Latina contra los progresismos o las izquierdas que buscan demostrar que el neoliberalismo es una sentencia de muerte para las grandes mayorías en un mundo que las empuja a la pobreza y la desocupación. La victoria de Luis Lacalle Pou es un incentivo para los primeros, la crisis en Brasil y la vuelta del peronismo en Argentina entusiasma a los segundos. 

En el caso boliviano, está en juego la construcción (o no) de la legitimidad de quienes orquestaron un golpe de estado, por un lado, y el desafío del MAS de afrontar una campaña difícil, con cancha inclinada y sin el principal liderazgo en la boleta y de mostrar, además de un pasado reciente exitoso y un presente de denuncias, propuestas de futuro.

El pulso de la realidad boliviana esta acelerado con el coronavirus que promete seguir creciendo, un régimen que usa los resortes del estado para profundizar su lógica represiva pero con cara amable y frenar un proceso electoral determinante para el futuro del país.

 

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