Eduardo Sacheri: “La literatura permite abordar los temas con más libertad y menos dolor”

Eduardo Sacheri analiza el persistente peso simbólico de Malvinas en la identidad argentina y el desafío de transmitir la historia reciente a las nuevas generaciones. A través de su nueva novela, Qué quedará de nosotros, el autor explora cómo la ficción permite abordar el dolor de la guerra desde la vida cotidiana. Se presentará en Mar del Plata

"Malvinas está lleno de significados. Ya la causa Malvinas estaba llena de ellos en el 82", dice Eduardo Sacheri.

4 de Enero de 2026 11:08

Malvinas está lleno de significados. Ya la causa Malvinas estaba llena de ellos en el 82. Porque eso también tenemos que tenerlo en cuenta: no es que cuando los militares informan, el 2 de abril, que Argentina ha desembarcado y recuperado el archipiélago, los argentinos tuvieron que codearse con el de al lado y decir: "Che, Malvinas". No, ya los chicos, los jóvenes, los adultos y los viejos compartían esa reivindicación. Y fijate que la guerra no lo erosionó, en todo caso, lo silenció un tiempo. Por eso está en el fútbol, en los taxis, en las pintadas, te lo encontrás en calcomanías de los autos y en carteles viales por toda la Argentina. O sea, el sentimiento se reintegró a la cotidianeidad sin problemas. Pero la guerra cruje todavía, salvo en momentos como el que vos decís: un desfile, un reconocimiento”, comienza diciendo Eduardo Sacheri al comentar su nueva novela, Qué quedará de nosotros (Alfaguara, 2025).

—¿Cómo han leído el libro las diferentes generaciones?

—Han sido dos libros. Una de las dos novelas de Malvinas salió en marzo y la otra acaba de salir el mes pasado. La de marzo tiene que ver con la guerra en Buenos Aires y la que acaba de salir, con el conflicto en las propias islas. Hecha esa salvedad, te diría que, para mi generación, los que recordamos la guerra, el libro fue, en general, un estímulo para volver a pensar en algo que teníamos guardado. Para los más jóvenes, en cambio, el punto de partida fue: "Uy, me voy a poner a leer sobre la guerra". Pero ojo, esto te lo digo como profesor de secundario en la provincia de Buenos Aires: pasa con casi cualquier tema del siglo XX. A lo mejor para nosotros el siglo XX tiene una sustancia y un peso en nuestras vidas, pero para los de menos de treinta no pasa nada. El pasado tiene muy poco espesor y queda remoto. La guerra de Malvinas, el gobierno de Alfonsín o la dictadura son vistos como temas "propios de la historia". Sin embargo, Malvinas, en tanto reclamo y reivindicación, sí la tienen presente, aunque totalmente desenganchada del hecho bélico.

Las dos novelas que involucran el tema Malvinas.

—No solo tiene poco espesor, sino que cuando uno les cuenta que era chico durante la guerra, que enviaba cartas a los soldados que quizá nunca recibieron o que vio las noticias de cuando volvieron, no logran asimilar que la historia también es algo reciente. Es como que todo lo histórico tiene que ser lejano...

—Claro, es que, a riesgo de ponerme melancólico, el corte generacional es tan grande y el mundo en el que habitan es tan distinto, que les cuesta concebir que gente que sigue viva haya habitado en ese "lejano paleolítico". También hay algo que nos atraviesa a todos: cuando somos jóvenes, creemos que el mundo arrancó con nosotros. Pero me parece que a los chicos de hoy les pasa todavía un poco más. Hay que ser indulgente con ellos, ¿viste?, antes de convertirnos en el "viejo cascarrabias" que efectivamente somos.

—Eduardo, ¿con quién hablabas en ese momento sobre Malvinas? Tenías 14 o 15 años. ¿Había alguien mayor que ordenaba esa charla o era el grupo del colegio?

—Mi experiencia personal fue que, durante esos poco más de dos meses, en todos lados se hablaba de esto. Era el tema excluyente. En mi casa, en la escuela, con los amigos del barrio, ibas a hacer las compras y se hablaba de Malvinas. Y como las fuentes de información eran tan pocas, había una suerte de consenso. Por supuesto que existían disidencias, gente que decía: "Esto está mal, se están comiendo la curva, esto le sirve a la dictadura", pero esas voces estaban tan a la defensiva por la acusación de "traición a la patria" que un pibe de 14 años casi ni las registraba. Era como un largo Mundial: mientras Argentina juega, solo hablás de eso.

—Lo que después cambió, porque de hablar todo el tiempo pasamos al silencio y a la negación...

—Viste que en toda generalización alguien puede decir: "No, yo no". Pero creo que, en general, nos callamos mucho porque, a diferencia de otros temas trágicos, en este la sociedad argentina no puede autoexculparse, fue parte del asunto. El 2 de abril ni el Gobierno ni la sociedad pensaban que nos metíamos en una guerra con los británicos, pero esa profundización del conflicto es inentendible sin una sociedad comprometida y eufórica que exigía "ni un paso atrás". Pasar de esa postura belicista a la derrota fue un baldazo de agua helada. Creo que nos faltó decir: "Qué moco nos mandamos, mala nuestra también". Por supuesto, hubo errores garrafales de los militares, pero nos quedamos solo con eso para armar una coartada autoexculpatoria y no hablar más. Con eso cometimos el error de dejarles muy poco espacio a los veteranos. Volvían de padecer horrores y la respuesta era un: "Bueno, sí, pasame la sal".

—O "están locos", porque esa era la otra etiqueta.

—Sí, también. Eso cambió parcialmente, la sociedad se fue volviendo más hospitalaria, aunque a veces esa hospitalidad depende de decodificar políticamente lo que el veterano dice: "Si está de acuerdo con lo que pienso, que hable, si no, no es un veterano legítimo". Entre ellos mismos no hay una sola voz, se dicen de todo. Pero lo cierto es que Malvinas aparece en todos lados.

—¿Qué te permitió la ficción para abordar este tema y trabajar con personajes "minúsculos", como un mozo, por ejemplo, en lugar de figuras de peso como Galtieri?

—La literatura permite abordar los temas con más libertad y menos dolor. No reemplaza a la historia, pero es un complemento amable. Si te doy un libro de historia, tal vez te interpelo de manera rígida, con una novela, las conexiones que hacés como lector son más libres. Me interesan los personajes minúsculos porque es gente viviendo una guerra. Si ficcionara a Galtieri o a Margaret Thatcher, estaría muy condicionado por lo que ya sabemos de ellos, no me siento libre de atribuirles pensamientos que no sé si tuvieron. La gente común me da un margen de libertad mucho más interesante.

Algo que me interesó mucho del libro fue cómo se percibe que la dictadura y la guerra, de alguna manera, se infiltraban en la vida cotidiana y moldeaban el día a día de las personas comunes. Por ejemplo, hay una parte, creo que es cuando está limpiando, en la que siente el olor del trapo mientras de fondo suena una marcha militar. Y parece algo menor, casi una pavada, pero en realidad esa presencia estaba ahí, metiéndose y moldeando tu día: esa expresión militar que en ese momento estaba completamente enfocada en Malvinas.

— Sin duda, si a los más grandes les pongo la marchita de los comunicados de la época, una melodía no tan conocida, creo que provenía de una batalla de la guerra del Paraguay, la recuerdan perfectamente. Y si además muestro el escudito del Estado, con las tres fuerzas juntas, Ejército, Armada y Fuerza Aérea, todo vuelve, porque estaba impregnado en nuestra vida. Es más, durante la guerra uno esperaba ansioso esos comunicados, convencido de que eran la clave para entender lo que estaba pasando. Después, con el tiempo, uno decía: “Uy, pará, ¿qué era lo que decían? Entendí cualquier cosa, me comí un buzón del tamaño del Torreón del Monje”. Pero era así: uno esperaba para escuchar, para enterarse, y luego compartía con los demás esas tres pavadas que te decían. Eran inconfirmables, dependían solo de ellos. Además, nadie sabía dónde quedaba nada en Malvinas.

En la última pregunta, Eduardo, fuera del libro, pensaba en esto cuando mencionaste la relación entre historia y literatura. ¿Encontrás algún vínculo en por qué elegiste estudiar historia? ¿Por qué decidiste ser profesor de historia? Y en ¿por qué comenzaste a escribir ficción?

—Yo creo que la relación está en la búsqueda de sentido: entender los porqués, las razones, quiénes somos y qué nos pasa, tanto a nivel social como individual. Esa es mi sensación. La historia ofrece respuestas rigurosas y colectivas, mientras que la literatura brinda una respuesta más sentimental y personal. Pero ambas transitan caminos similares, pienso yo. Cuando uno lee una novela o un cuento, está intentando comprender mejor dónde está parado. Y creo que nunca terminamos de entenderlo del todo, pasamos la vida intentando hacerlo. En ese sentido, historia y literatura son dos búsquedas distintas, pero complementarias.

(*) Eduardo Sacheri se presentará en el marco del Festival Penguin Libros 2026 en el Centro Cultural Victoria Ocampo (Villa Victoria), el próximo miércoles 7 de enero a las 19:00.