Lo secuestró su propio primo y lo enterraron vivo en un baldío: el caso Ibáñez que paralizó a Mar del Plata en 1990

Un caso que conmovió a Mar del Plata y a todo el país: el secuestro y asesinato de Guillermo Ibáñez. La traición de un familiar, la brutal ejecución y el fallido debate político por la pena de muerte marcaron un hito policial imborrable. En esta crónica reconstruimos cómo fueron aquellos días.

Lo secuestró su propio primo y lo enterraron vivo en un baldío: el caso Ibáñez que paralizó a Mar del Plata en 1990

26 de Abril de 2026 09:01

La mañana del 25 de julio de 1990, Mar del Plata amaneció bajo una bruma espesa y una noticia que paralizó al país: el cuerpo de Guillermo Ibáñez había sido hallado en las afueras de la ciudad. Tenía 28 años, era hijo de Diego Ibáñez, ex diputado nacional, hombre fuerte de las 62 Organizaciones Peronistas y secretario general del Sindicato Unido Petroleros del Estado (SUPE), y había sido secuestrado veinte días atrás. Su muerte no solo truncó una vida joven, sino que disparó un debate extremo sobre la pena de muerte.

El plan y la traición

La tragedia comenzó a gestarse mucho antes del fatídico julio. Roberto Acerbi, Néstor Ausquín y Juan Carlos Molinas, ex choferes de la línea Martín Güemes, habían sido despedidos y buscaban desesperadamente dinero fácil. Molinas, un primo lejano de Guillermo, fue quien selló el destino de la víctima. Eran amigos, llegaron inclusive, con el paso de los años, a asociarse en El Trébol S.A., la empresa transportista de la que Guillermo era socio gerente.

Guillermo Ibañez junto a su padre Diego Ibañez.

El 6 de julio de 1990, Ibáñez visitó bancos para realizar depósitos de grandes sumas de dinero, por lo que llevaba su revólver calibre 38 en la guantera de su camioneta Ford F-100. Molinas interceptó a Guillermo en un restaurante de Juan B. Justo y Córdoba, al que este acudía con frecuencia. Simulando un pedido de auxilio por un desperfecto mecánico, lo engañó para que lo llevara hacia el barrio Libertad. Al llegar a 228 y Berutti, desde un Fiat 128 y un Taunus descendieron los captores, lo amenazaron y lo trasladaron a la morada del cautiverio: la casa de Néstor Ausquín, en Brandsen 8900, a unas 15 cuadras del lugar donde la policía halló la camioneta horas más tarde. Pocas horas después, el caos se desató: Diego Ibáñez recibió el primer llamado extorsivo exigiendo dos millones de dólares.

Un cautiverio agónico

A medida que avanzaban los días, la situación se tornó insostenible. Mientras la familia negociaba bajo una presión asfixiante, la banda, acorralada por el despliegue policial y el fracaso de las exigencias económicas, comenzó a planear el desenlace.

Mientras negociaba, Diego Ibáñez pidió el sábado 7 de julio una prueba de vida de su hijo. La banda accedió y, en un llamado del domingo 8, instruyó al sindicalista: "Busquen en la cabina telefónica del Automóvil Club".

Mientras tanto, ese mismo domingo, mientras Guillermo permanecía encadenado en un cuarto de la casa, Argentina disputaba la final del Mundial contra Alemania. Fue testigo involuntario de la derrota nacional antes de que sus captores decidieran su suerte. Pero el destino de Guillermo ya estaba sellado desde mucho antes. La madrugada del 9 de julio, con la cínica excusa de un "canje" para su liberación, lo llevaron a un baldío en Berutti y 210. Tras vendarle los ojos, atarlo de manos y amordazarlo, lo trasladaron hasta un terreno situado a solo trescientos metros de donde lo mantenían cautivo.

Imagen del juicio por el caso.

Allí, los secuestradores ya habían preparado una fosa de pequeñas dimensiones. La ejecución fue brutal: primero lo golpearon en la nuca con una maza y, una vez en el suelo, lo remataron con impactos en la cabeza usando la misma pala con la que habían excavado el hueco. El horror no terminó con el golpe final, el informe forense determinó que, al momento de ser enterrado, Guillermo aún respiraba, hallándose restos de tierra en su tráquea, lo que confirmó que fue sepultado con vida.

El quiebre de la impunidad

El silencio de los asesinos duró apenas dos semanas. El 23 de julio, un ex compañero de trabajo de los secuestradores en la empresa Martín Güemes se presentó ante la justicia aportando nombres clave: mencionó a Acerbi, a Molinas y a uno a quien llamaban "El Gordo", es decir, Ausquín. Poco después, el 24 de julio, personal de ENTel que descansaba en el bar Doria III, donde se reunían habitualmente, escuchó a Molinas y Ausquín jactarse del crimen.

La madrugada del 25 de julio marcó el primer golpe policial: Molinas y Ausquín fueron detenidos y confesaron dónde ocultaban el cuerpo. Ese mismo miércoles, la policía marplatense exhumó el cadáver en estado de descomposición avanzada. Tenía poca ropa, no estaba cubierto, el cráneo estaba destrozado y a un lado yacía su arma sin disparar.

Portada del diario El Atlántico días después del encuentro del cuerpo de Ibañez.

El último en caer fue Roberto Acerbi, capturado mediante una trampa telefónica en la terminal de ómnibus el 26 de julio a primera hora. En los careos que sobrevinieron, Molinas y Acerbi se culparon mutuamente de haber sido los autores materiales del asesinato. Con el paso del tiempo, se estableció que el móvil fue el resentimiento de Molinas ante el pasar próspero de su primo lejano.

El dolor institucional y el olvido

El entierro de Guillermo se convirtió en un escenario político. El presidente Carlos Menem, presente en el sepelio, prometió enviar al Congreso un proyecto de ley para instaurar la pena de muerte ante delitos aberrantes. El debate dominó la agenda nacional por semanas, pero ante las trabas de los tratados internacionales, la iniciativa se desvaneció.

En noviembre de 1991, la justicia condenó a los tres secuestradores a reclusión perpetua. Carmen, la mujer de Ausquín, quien había prestado su voz para la llamada anónima, fue condenada a nueve años y medio de prisión. Sin embargo, el tiempo volvió a ser noticia: entre 2006 y 2007, gracias a la ley del "2x1" y el cómputo de sus condenas, los responsables recuperaron la libertad.

Marcha en repudio a la libertad condicional de dos de los secuestradores y asesinos de Ibanez.

El epílogo de una tragedia

La vida terminó por dictar su propia sentencia. Néstor Ausquín falleció poco después de salir de prisión, Roberto Acerbi murió años después, víctima del COVID-19. El destino más amargo fue el de Diego Ibáñez: el 1 de enero de 1995, el sindicalista perdió la vida en un accidente de tránsito en la Ruta 226. Hasta el último aliento, llevó consigo un objeto que se convirtió en símbolo: el reloj de Guillermo, el testigo silencioso de una historia que Mar del Plata nunca pudo olvidar. Diego pidió a quien lo socorría en ese momento que se lo entregara a su hija.

Detrás de los hechos quedaba una larga historia que marcaría para siempre a la ciudad de Mar del Plata.