¿Quién se acuerda del Cine A?: Curiosidades, tragedias y leyendas urbanas de los cines Triple X del centro de Mar del Plata
Mar del Plata y los cines condicionados. Un recorrido por la historia del reconocido Cine "A" y las curiosidades que quedan entre mitos urbanos, finales trágicos y hallazgos policiales surrealistas en los cines Triple X de Mar del Plata.
Desde 1900 hasta finales del siglo XX, Mar del Plata fue una ciudad de proyectores encendidos: 99 salas de cine marcaron el ritmo de la costa, sin contar las pantallas que latían en el corazón de los clubes sociales. El romance con el celuloide comenzó apenas iniciado el siglo, en 1901, dentro del mítico Palacio de las Novedades. En aquel entonces, el cine no era un edificio exclusivo, sino un asombro compartido en el Paseo General Paz, hoy el Boulevard Marítimo, donde el ritual de tomar el té, asistir a un baile o disfrutar de una obra de teatro convivía de forma natural con la pantalla.
Esa elegancia fundacional, sin embargo, convivió décadas después con una faceta más audaz de la cartelera. En medio de ese vasto despliegue histórico de salas familiares y estrenos internacionales, la ciudad también reservó espacio para el misterio de las luces bajas: funcionaron cines condicionados, estrictamente prohibidos para menores de 18 años, que completaron el heterogéneo mapa de la localidad.
Estas salas prohibidas no eran simples comercios, sino puntos de referencia grabados en la memoria colectiva. El Cine A, por encima de cualquier otro, se convirtió en una institución del secreto a voces: bastaba con mencionarlo para que muchos marplatenses supieran exactamente de qué se estaba hablando, sin necesidad de dar más detalles. Con una longevidad que desafió los cambios de época y las nuevas tecnologías, estos espacios lograron mantener sus proyectores encendidos hasta casi nuestros días, bajando sus persianas definitivamente cerca del año 2020, cuando la pandemia terminó por silenciar su histórica y sugerente penumbra.
El circuito de la penumbra
Algunas crónicas, archivos locales y testimonios de memoriosos permiten hoy reconstruir ese circuito con precisión cartográfica, confirmando la existencia de, al menos, tres puntos neurálgicos que desafiaron el paso del tiempo. El primero de ellos se encontraba en pleno corazón de la Peatonal San Martín, exactamente en el número 3201, dentro del local 36 de la Galería La Florida. No muy lejos de allí, otra sala operaba bajo el cobijo de una galería sobre la calle Belgrano, entre Corrientes y Santa Fe, integrándose al paisaje cotidiano de los transeúntes.
El tercer enclave, quizás el menos recordado, se ubicaba frente a la vieja Terminal de Ómnibus, sobre la calle Alberti, entre Sarmiento y Las Heras. Allí, los espectadores descendían a una especie de subsuelo que oficiaba de entrada. A su lado una pizzería con una sola mesa en la vereda, al otro una galería. Detrás de aquellos espacios se escondían sombras y secretos, algunos se convirtieron en noticia rápidamente y otros quedaron como meras curiosidades históricas.
La historia del Cine “A”: entre el brillo del café concert y el ocaso erótico
El 24 de diciembre de 1978, mientras la ciudad se preparaba para la Navidad, el diario El Atlántico anunciaba una apertura que prometía sofisticación. En el mismo sitio donde el teatro de Claudia Lapacó había sido el epicentro de la movida cultural de los 70, nacía el Cine “A”. Inaugurado con bombos y platillos en la Peatonal San Martín 3201, dentro del local 36 de la Galería La Florida, el cine se presentaba como una sala de jerarquía, equipada con el máximo confort para ofrecer programas continuados desde las once de la mañana.
En sus inicios, la cartelera era una mezcla de erotismo sutil y figuras internacionales. Títulos como Cuentos para después de cenar, con Ursula Andress, o La secretaria, protagonizada por una joven Ornella Muti, marcaban el tono de un lugar que buscaba equilibrar la calidad cinematográfica con el magnetismo de sus estrellas.
Con el correr de las décadas, el Cine “A” terminó de cruzar la frontera de lo sugerente. Al cumplir veinte años, la transformación era total: se había consolidado como un cine condicionado, con "Calidad A" en sonido y pantalla, pero con un acceso estrictamente restringido. Su proyector no descansaba, abría al mediodía y se apagaba recién a las dos de la madrugada, renovando su cartelera cada semana para un público fiel que buscaba refugio en la penumbra de la galería.
Rescate y transformación
Aquel rincón de la Galería La Florida se convirtió en un nombre ineludible. En las charlas de café, figuraba en la misma lista de salas históricas que el Ambasador, el Ópera o el Atlantic, aunque su naturaleza fuera distinta. Era, simplemente, "el cine A", el último bastión de un género que parecía inmune al paso del tiempo.
La historia, sin embargo, tuvo un giro inesperado antes de que el mundo se detuviera por completo. Poco antes de que la pandemia de COVID-19 forzara el cierre de los espacios públicos, el "Cine Adultos", como se lo conocía en su etapa final, apagó sus luces para siempre. Durante un tiempo, el fantasma de la demolición sobrevoló el lugar e incluso se barajó la posibilidad de convertirlo en un local comercial, perdiendo su esencia de sala oscura.
Pero Mar del Plata tiene memoria. En un acto de resistencia cultural, la productora de Juan Alzúa decidió apostar por el rescate. Tras un proceso de reacondicionamiento, el antiguo refugio de cine prohibido se prepara para una nueva vida bajo el nombre de Teatro San Martín. Allí donde antes reinaba el silencio de los adultos, ahora se proyecta una programación infantil y una vibrante actividad teatral, devolviéndole a la galería el carácter cultural que nació hace más de medio siglo.
Una muerte en la butaca
En el historial de estas salas no todo fueron luces de neón y anécdotas de café concert, también hubo crónicas marcadas por la tragedia silenciosa. Uno de los episodios más impactantes ocurrió en el cine de la calle Belgrano al 2300, un espacio dedicado exclusivamente al cine Triple X, donde la realidad terminó superando a la ficción de la forma más cruda.
Eran cerca de las seis de la tarde de un jueves cuando un hombre de aproximadamente 45 años cruzó el umbral de la sala buscando la penumbra habitual. Nadie imaginó que ese sería su último acto. Su ausencia de vida pasó desapercibida durante horas bajo el parpadeo de las imágenes, hasta que a la una de la madrugada un empleado encontró al espectador inmóvil y sentado en su butaca semidesnudo en una escena que congeló el pulso del lugar.
La llamada al 911 rompió la calma del centro marplatense. Al llegar, los efectivos de la Policía Bonaerense y los peritos se encontraron con un cuadro perturbador, pero sin rastros de lucha. La sospecha de los investigadores, plasmada en los diarios locales, apuntó a una ironía del destino: un posible ataque cardíaco fulminante mientras miraba la película pornográfica. La fiscalía de turno caratuló el hecho como "averiguación de causales de muerte", descartando la participación de terceros en el cierre definitivo para un hombre que buscó el anonimato y encontró un final de crónica negra.
Escopetas en el baño de mujeres
Si la muerte de un espectador ya le había dado un aura sombría al cine de la calle Belgrano, un operativo de Inspección General, un año después, terminó por añadirle un capítulo digno de una novela de espionaje. Durante una revisión de rutina encabezada por el Departamento Operativo y la Comisaría Primera, lo que comenzó como una inspección por falta de higiene derivó en un hallazgo cinematográfico.
Al abrir la puerta del baño de mujeres, un sector que permanecía cerrado al público, los inspectores hallaron un arsenal oculto: escopetas sin numeración, un rifle calibre 22, una carabina con mira telescópica y más de 450 municiones. El santuario del cine erótico se había convertido, secretamente, en un depósito de armas.
La escena resultaba inverosímil. Mientras los técnicos municipales labraban actas por tableros eléctricos deficientes y condiciones edilicias precarias, el personal policial procedía al secuestro de las armas. El responsable de este insólito polvorín era el dueño del cine, un hombre de 83 años, quien pasó de ser un empresario de la exhibición condicionada a enfrentar una causa penal por "tenencia ilegal de armas de fuego de uso civil". La sala fue clausurada de inmediato, no solo por el peligro estructural, sino por el enigma que rodeaba a ese arsenal escondido tras los azulejos.
Finalmente, estas leyendas urbanas, algunas rescatadas de archivos policiales y otras del vago recuerdo de los transeúntes, son las piezas de un rompecabezas que se resiste al olvido. Porque en Mar del Plata, cuando las luces de la sala se apagan, es cuando realmente comienzan las mejores historias. Aquellas que, a diferencia de las películas, nunca terminan de proyectarse.
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