Carlos Gardel y el Odeón: El debut del "Zorzal" en el teatro que se volvió cenizas
El teatro Odeón fue el epicentro del esplendor marplatense y testigo del debut de Carlos Gardel en 1916. Esta joya arquitectónica, que marcó el pulso cultural de la ciudad con su acústica perfecta, desapareció bajo las llamas en 1955, dejando un vacío inolvidable.
Si las paredes pudieran contar historias, las del teatro Odeón narrarían décadas de esplendor marplatense. Ubicado en la calle Entre Ríos, casi esquina Rivadavia, este edificio no fue solo un escenario, fue el corazón cultural de una ciudad que empezaba a descubrirse como el destino predilecto de las estrellas.
Una arquitectura para el recuerdo
Inaugurado en 1910, el Odeón ostentaba una estructura funcional y suntuosa que, hasta el día de hoy, muchos añoran. Con capacidad para 800 espectadores, su diseño interior era un mapa de jerarquías sociales: desde los prestigiosos palcos avant-scene hasta la mítica tertulia del “Paraíso”.
Quienes lo conocieron recuerdan su boca de escenario, de casi quince metros de ancho por veinte de alto, una mole imponente que desafiaba la época. Pero la verdadera magia residía en su acústica: un susurro en las tablas llegaba con claridad cristalina hasta la última fila. Era un espacio de belleza abrumadora, con telones de terciopelo y pana, y butacas de esterilla que invitaban a sumergirse en la función.
Ante la escasez de actividad teatral estival, el Odeón supo reinventarse. Durante los inviernos, se transformaba en cine y ofrecía funciones continuadas de 14 a 24 horas, donde las reposiciones de grandes clásicos entretenían a familias enteras.
El mapa social del Odeón
Entrar al Odeón no era simplemente asistir a una función, era participar de un ritual con estrictas jerarquías. Si uno observaba el programa de mano de los años 40, descubría que la sala no era una masa uniforme de público, sino un diseño arquitectónico de estratos sociales. La distribución física de las 800 localidades permitía leer la estructura de la sociedad marplatense de la época:
- La vanguardia y la élite: los palcos avant-scene y los palcos bajos eran los espacios de máxima visibilidad y estatus. Allí, ser visto era tan importante como ver la obra.
- La clase media y tradicional: las plateas y plateas balcón albergaban al público que buscaba la comodidad y la cercanía al escenario, disfrutando de los detalles de esa acústica privilegiada que permitía captar hasta el más mínimo suspiro de los actores.
- La bohemia y el fervor: los palcos altos, las tertulias y, finalmente, el “Paraíso” constituían el escalón superior. En este último, el público más joven y apasionado seguía las funciones con un fervor único desde las alturas, donde la atmósfera se sentía más eléctrica y cercana a la magia pura del espectáculo.
Para el historiador, este listado de categorías es una radiografía de una época donde cada nivel de la sala ofrecía una perspectiva distinta, no solo del escenario, sino de la vida social de la ciudad. El Odeón, en su estructura, lograba lo que pocos espacios consiguen: cobijar bajo un mismo techo a toda una comunidad, cada uno desde su lugar, pero compartiendo una misma emoción.
El debut de un mito
La historia de Carlos Gardel en Mar del Plata tiene su kilómetro cero en el escenario del Odeón. Fue allí, en febrero de 1916, donde un joven Gardel, junto a su compañero José Razzano, realizó su debut en la ciudad como número principal de varietés. Aquel verano no solo fue el inicio de su romance con el público marplatense, sino el comienzo de una relación que se extendería durante años.
Entre las muchas glorias que pisaron sus tablas, el nombre del “Zorzal” brilla con luz propia. Gardel no solo fue un visitante asiduo de la ciudad, donde alternaba sus funciones con su pasión por el turf en el hipódromo local, sino que hizo del teatro su casa.
En 1930, el recinto fue testigo de su apogeo. En aquel verano, el artista ofreció nada menos que diecinueve presentaciones en la sala, se encontraba en el cenit de su carrera, a punto de conquistar el cine sonoro internacional. Aquellas noches, el teatro vibraba. Testigos de la época cuentan anécdotas de camarín, como la del pequeño Homero Cárpena, entonces cadete de una tintorería cercana, quien recordaba haberle entregado sus smokings al cantor y recibir a cambio no solo una propina, sino el encargo de recuperar una guitarra olvidada.
El Odeón fue, además, epicentro de figuras como Mercedes Simone y la inigualable Berta Singerman, quienes consolidaron el lugar como la sala más importante de la ciudad.
El fuego que cambió la historia
Sin embargo, el destino del edificio estaba marcado por la fatalidad. El 4 de enero de 1955, Mar del Plata recibió una noticia que conmovió a sus vecinos: un incendio de proporciones devastadoras había arrasado con el teatro.
Esa tarde, el recinto se preparaba para el debut de la compañía de Ana María Campoy y José Cibrián con la obra La vida en un block. Mientras los utileros realizaban ensayos con los pesados telones, un cortocircuito desató el infierno. Las llamas, alimentadas por la vieja estructura, se volvieron incontrolables. Aunque gran parte del vestuario logró salvarse, la sala, la joya arquitectónica de la ciudad, quedó reducida a cenizas.
Un vacío en la cartelera marplatense
La pérdida del Odeón fue mucho más que la desaparición de un edificio emblemático, fue un golpe directo al corazón de la actividad teatral de la ciudad. Al llegar la década del 50, Mar del Plata contaba con apenas tres salas que operaban con regularidad: el Auditorium, el Colón y el incombustible Odeón.
Con el siniestro de aquel 4 de enero de 1955, el mapa cultural marplatense se contrajo de golpe. La ciudad quedó huérfana de una de sus plazas más importantes, lo que dejó a productores y artistas frente a un escenario de crisis. El Colón, con sus 600 localidades, y el Auditorium debieron absorber, de un día para el otro, una demanda que el Odeón ya no podía contener.
La desaparición del “coliseo” de la calle Entre Ríos dejó un eco de silencio en el circuito artístico y marcó el fin de una era dorada donde la oferta teatral era equilibrada y, sobre todo, clásica. Aquel siniestro marcó un antes y un después en la vida cultural de la década del 50. Con la pérdida del Odeón, Mar del Plata cedió un pedazo de su identidad, dejando su lugar a la posterior construcción de la sala Enrique Carreras. Hoy, el recuerdo del teatro sobrevive solo en las postales antiguas y en la memoria de aquellos que aún guardan, como un tesoro, el eco de los aplausos que alguna vez llenaron ese espacio inolvidable.
Leé también
Temas
Lo más
leído

