¿Quién es el navegante que adoptó la ciudad de Mar del Plata y tiene su propio museo?

A bordo del legendario Legh II, Vito Dumas desafió los "Cuarenta Bramadores" en una odisea solitaria que marcó la historia náutica mundial. Entre hazañas épicas y el olvido posterior, su mística sobrevive en el Café Makao de Mar del Plata, un santuario que resguarda el alma del navegante más grande del siglo XX.

Mar del Plata no fue solo un escenario más. El navegante encontró en esta ciudad un puerto de llegada, reparación y despedida.

28 de Febrero de 2026 20:14

El 27 de junio de 1942, mientras el mundo se desangraba por la Segunda Guerra Mundial, un hombre de 43 años bajaba las escaleras del Yacht Club Argentino con una parsimonia que desafiaba a la historia. No buscaba gloria ni conquistas, buscaba, simplemente, el horizonte. Con una sonrisa tranquila, Vito Dumas se despidió de quienes lo creían loco: “Estoy deseando partir para poder descansar”, confesó. Ante la duda de un curioso sobre las agotadoras maniobras en el mar, su respuesta fue el sello de su temple: “Allá afuera, lo que voy a hacer es dormir bien y recuperarme de los preparativos”.

A las 13:00 en punto, tal como lo había prometido, el navegante soltó amarras. Cinco minutos después, el Legh II, un pequeño gigante de madera de apenas 9,5 metros de eslora, ya desplegaba sus velas al viento, iniciando una de las odiseas más románticas y peligrosas del siglo XX.

Historietas sobre la vida de Vito Dumas.

Un polizón en la bahía y el rumbo al infinito

La partida tuvo un tinte de misterio digno de una novela. Poco después de zarpar, dos pequeños sloops se emparejaron con el Legh II. El primero dejó víveres y agua, del segundo, un hombre saltó a bordo en pleno movimiento. ¿Acaso Dumas había cambiado de opinión y llevaba un acompañante secreto? Nada de eso. El “misterioso pasajero” era Arnoldo Buzzi, su amigo inseparable, quien no pudo resistir la tentación de acompañarlo, al menos, hasta la primera escala en Montevideo.

Dado que la burocracia argentina no permitía autorizar una locura de tal magnitud, Dumas puso proa hacia lo desconocido desde Uruguay. Su objetivo era la “Ruta Imposible”: el paralelo 40º sur, una zona donde los vientos rugen con tal furia que los marinos la bautizaron como “Los Cuarenta Bramadores”.

Portada de El Gráfico con el "navegante".

El triunfo sobre el miedo y las distancias 

Dumas no era solo un navegante, era un artista, un nadador que había intentado cruzar el Canal de la Mancha y un visionario polifacético. A bordo de su nave, enfrentó olas de 18 metros de altura y monzones implacables. Su travesía fue un mapa de hitos legendarios:

  • 55 días para cruzar el Atlántico hasta Ciudad del Cabo.
  • 104 días de lucha titánica para alcanzar Nueva Zelanda.
  • 72 días de soledad absoluta por el Pacífico hasta Valparaíso.

Finalmente, desde Valparaíso y a través del cabo de Hornos, en la unión de los dos océanos y por la ruta de la muerte, navegó hasta Mar del Plata y de allí, costeando, hacia Buenos Aires. Fue una proeza que ningún navegante solitario había logrado antes. El 8 de agosto de 1943, tras 274 días de navegación efectiva (un año y 36 días en total) y 21.000 millas náuticas, el Legh II asomó su mástil en el horizonte porteño, cumpliendo el objetivo fijado.

Museo del navegante en Makao Café.

El regreso del héroe invisible

La recepción fue enardecida. Más de 120 yates de todo tipo salieron a recibirlo. El aire se llenó del estruendo de sirenas y bocinas. Vito Dumas había demostrado que, en una época materialista, aún quedaba espacio para la épica romántica.

Sin embargo, el destino fue esquivo. La guerra que consumía al globo opacó su hazaña. Con el tiempo, el nombre de Dumas se fue desdibujando y su amado Legh II terminó deteriorándose a la intemperie. El navegante murió el 28 de marzo de 1965, tan discretamente como había vivido, dejando tras de sí libros que hoy son materia obligada para los amantes de la náutica, como Los Cuarenta Bramadores.

Vito Dumas y su vínculo con Mar del Plata

Estampillas nacionales con la imagen de Vito Dumas.

Mar del Plata no fue solo un escenario más. El navegante encontró en esta ciudad un puerto de llegada, reparación y despedida. El 7 de julio de 1943, tras doblar el temido cabo de Hornos, Dumas arribó a sus costas. Fue el segundo navegante en el mundo en lograrlo y el primero en hacerlo de oeste a este. Su llegada fue celebrada como una gesta extraordinaria. El diario Crítica le dedicó tres páginas y lo bautizó con títulos que aún resuenan, “el héroe silencioso”, “el domador de olas”, “el vencedor de los mares”. Por unos días, las noticias de la Segunda Guerra Mundial quedaron opacadas por la epopeya de un hombre y su velero.

Pero la relación con la ciudad no estuvo exenta de dificultades. Al zarpar rumbo a Montevideo, el sueño lo venció y su barco varó en una playa cercana al faro Querandí. Tres días después fue rescatado y regresó a la ciudad para reparar los desperfectos del Legh II. Allí permaneció una semana, demostrando que Mar del Plata fue refugio en la adversidad.

Décadas más tarde, en 1964, Dumas eligió nuevamente la ciudad para su última travesía a bordo del Sirio II (navegó desde Buenos Aires hasta la ciudad, en lo que sería su despedida del mar). Este gesto consolidó un vínculo simbólico inquebrantable. Hoy, el Sirio II se conserva en excelente estado en el Club Náutico Mar del Plata como un testimonio vivo de su leyenda.

Su memoria sobrevive, además, en el Bar Makao, ubicado en la esquina de Pellegrini y el Boulevard Marítimo. Fundado por su amigo Agustín Vila, el lugar resguarda tesoros como su gorro de lona, la brújula original y cuadros pintados por el propio navegante. El nombre “Makao” nació de un sueño de juventud de Vila, a quien Dumas bajó a tierra con franqueza: “El barco está listo, los que no están en condiciones son ustedes”. Tras la muerte de Vito, el bar de más de 50 años, se convirtió en el faro que mantiene encendida la llama de su leyenda.

Vito Dumas no solo conquistó los mares, venció a la indiferencia. Su historia nos recuerda que, a veces, para encontrarse a uno mismo, es necesario perder de vista la costa y entregarse al rugido de los vientos.