Choque de leyendas: “Roña” Castro frente a “Mano de Piedra” Durán en Mar del Plata
Recién iniciado el año 1997, Mar del Plata fue escenario de un choque de titanes: Jorge “Locomotora” Castro venció por puntos a la leyenda Roberto “Mano de Piedra” Durán. En una pelea áspera que rozó el nocaut, el argentino impuso su juventud frente al oficio de un panameño inquebrantable.
La noche del 15 de febrero de 1997, el ambiente en el Polideportivo de Mar del Plata estaba cargado de tensión. No era para menos: sobre el cuadrilátero, el destino cruzaba a dos fuerzas de la naturaleza que sumaban, entre ambas, la escalofriante cifra de 219 batallas profesionales. De un lado, la juventud impetuosa de Jorge “Locomotora” Castro, del otro, la leyenda viviente, el panameño Roberto “Mano de Piedra” Durán.
Un duelo de jerarquías
El combate no fue solo una pelea de boxeo, fue un choque de mitologías. Castro, con 29 años y el hambre de quien se sabe dueño de casa, salió a demostrar que la jerarquía se respeta, pero también se desafía. En la esquina opuesta, Durán, de 45 años, subió al ring con el oficio de quien lo ha visto todo y la mirada de quien no piensa regalar ni un centímetro de lona.
Desde el primer asalto, el ritmo fue frenético. La “Locomotora” impuso su velocidad y conectó golpes precisos que buscaban resquebrajar la defensa del visitante. El momento de mayor tensión llegó mediando la pelea: Castro encontró el rostro de Durán con una derecha fulminante. El panameño tambaleó y sintió el impacto en lo más profundo, pero allí emergió su mito. Como si sus huesos fueran realmente de roca, asimiló una decena de envíos de nocaut y se mantuvo de pie ante el asombro de los casi 8000 espectadores, entre los que se encontraba un atento Julio Iglesias en primera fila.
Castro comenzó con ímpetu y cerró la contienda mostrando fuerza, en el marco de un enfrentamiento duro, aunque sin señales de una resolución inmediata. En definitiva, el esperado nocaut que ambos habían anunciado en sus intercambios previos nunca llegó a concretarse.
La polémica que quedó
A medida que avanzaron los diez asaltos, la pelea se volvió espesa y estratégica. Castro, aunque dominante en el inicio y el cierre, no logró enviar a la lona a un Durán que se defendía con destellos de su antigua gloria. Al sonar la campana final, los jueces hablaron: decisión unánime para el argentino.
Sin embargo, el veredicto no calmó las aguas. Mientras el “Roña” celebraba conforme, sintiéndose amplio ganador, el panameño estallaba en furia. “Me robaron la pelea”, sentenció Durán, cuestionando incluso el pesaje previo de su rival. Con su característico estilo directo, disparó: “Sucedieron muchas cosas, ¿me entiendes?”.
Se dijo que Durán percibió una bolsa de 100.000 dólares por enfrentarse a Castro, quien cobraró 20.000.
El sabor de la revancha
El triunfo de Castro fue una victoria de oro para su lista de logros, pero dejó una cuenta pendiente. Aquella noche marplatense fue solo el primer capítulo de una historia que se resolvería meses después, el 14 de junio de ese mismo año, en el Gimnasio Nuevo Panamá.
Más que un simple combate, la revancha fue el choque de dos personalidades intensas, de figuras emblemáticas del boxeo. Las crónicas de la época aseguran que: “Castro tuvo la oportunidad de definir la pelea, pero no logró concretarla”.
Lo cierto es que, aunque ambos estaban lejos de su plenitud física, brindaron un auténtico espectáculo deportivo. En esa ocasión, Durán se impuso por puntos, igualando los honores.
El ciclo se cerraría tiempo después con un encuentro final ante el retiro oficial, en Buenos Aires, de “Roña” Castro.
En cada uno de esos combates se vivió un auténtico espectáculo deportivo, protagonizado por dos leyendas del cuadrilátero. Con estilos distintos y golpes de calidad, lo que más destacó fue el respeto mutuo entre dos de los boxeadores más carismáticos que haya dado la historia del pugilismo.
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