El día que Mar del Plata recibió al primer velero que volvió a Malvinas luego de la guerra

Era enero de 1989. Siete años después del conflicto bélico, cinco navegantes argentinos decidieron cruzar el mar y la historia. A bordo del pequeño velero Patagón desafiaron la zona de exclusión británica y anclaron en Puerto Argentino, con la bandera nacional flameando.

“Fue una aventura náutica, pero también algo más”, confesó Brizuela.

8 de Noviembre de 2025 12:25

Javier Brizuela, capitán del velero Patagón, soñaba con volver a las islas. Lo acompañaron Martín Pachani, Juan Antonio López, Ariel Pérez y Santiago Isa. El plan era simple y audaz: demostrar que la vigilancia británica no era infalible, que la tan mencionada zona de exclusión era una mentira a distancia. Zarparon desde San Fernando, pasaron por Mar del Plata y Puerto Deseado, y pusieron rumbo a Malvinas.

La travesía fue silenciosa, casi clandestina. El viernes 27 de enero, una neblina espesa cubría la costa norte de la isla. A las tres de la tarde, entre la bruma, apareció un faro. Pusieron un casete con la marcha de Malvinas y el sol se filtró entre las nubes. Era como si las islas los esperaran.

Entonces, a las cinco y media de la tarde, el Patagón ingresó a Puerto Argentino. Nadie los detuvo. Nadie los interrogó. “No vi a nadie”, dijo en su momento Brizuela, entre risas, “La atención estaba en nosotros. Entramos solos, con la bandera bien alta”.

La tripulación del Patagón conformes y felices por lo hecho.

Pidieron agua potable y gasoil. Dijeron que querían quedarse unos días, aunque fuera sin bajar, pero el jefe de puerto británico, con acento extraño, les pidió en inglés: “Muchachos, váyanse”.

Cantaron el himno mientras se alejaban del puerto. No presentaron pasaportes. No izaron bandera inglesa. No se rindieron.

Cuentan que Margaret Thatcher se enteró por televisión.

El regreso: héroes en Mar del Plata

El 28 de enero, el Patagón partió de Puerto Argentino. Siete días después llegó a Mar del Plata. Más de diez mil personas los esperaban en las escolleras del puerto de la ciudad. Banderitas argentinas, bocinas, abrazos. Según cuenta el propio Brizuela, se encontraron con maestras: “Aquellas maestras de escuelas, maestras sin nombre de las escuelas primarias, que nos decían: ‘¿Viste? ¿Viste? Nosotras les decíamos en la escuela que las Malvinas eran argentinas’”.

A las 20:20 estallaron los aplausos. El velero, engalanado con banderines, entró escoltado por embarcaciones locales. En la cubierta, los cinco tripulantes saludaban emocionados. La misma bandera que volvió a flamear en Malvinas ahora también lo hacía en Mar del Plata, la ciudad que vio crecer al capitán Brizuela.

En la portada del diario El Atlántico de Mar del Plata.

¿Aventura, quijotada o reivindicación?

“Fue una aventura náutica, pero también algo más”, confesó Brizuela. “Queríamos motivar a nuestros colegas náuticos a llenar el mar argentino de banderas argentinas”, agregó.

El gobierno amagó con arrestarlos, pero no hubo cargos ni sanciones. Solo reconocimiento. Porque el Patagón no violó ninguna norma: su plan incluía escalas, y Puerto Argentino fue una de ellas.

La historia del Patagón no es solo una travesía marítima. Es una página escrita con coraje, convicción y amor por la patria. El propio capitán lo dijo en el documental que realizó Jorge Coscia, Patagón, Malabar. Veleros en Malvinas: “Habíamos realizado algo que muchos argentinos tenían en el corazón y no se había podido hacer: no rendirse”.

El legado del Patagón: el Malabar, el segundo velero que desafió la exclusión en 1991

Una multitud de locales y turistas los esperaban en el puerto local.

En 1991, dos años después de la epopeya del Patagón, otro velero argentino se lanzó al mar con un propósito similar: volver a las Islas Malvinas. Esta vez, el protagonista fue el Malabar, y a bordo viajaban nueve tripulantes, entre ellos una mujer, un veterano de guerra y un trotamundos inglés, bajo la capitanía del experimentado Tony López. La travesía no buscaba repetir la hazaña, sino continuarla.

La idea nació en una escuela de náutica. El capitán, junto a un grupo de alumnos, comenzó a preparar el viaje con entusiasmo y convicción. Entre los navegantes estaban Aurora Canesa, única mujer en la embarcación, Ignacio Gorriti, excombatiente de Malvinas, y Paul Clarck, un inglés errante que se sumó al desafío, entre otros.

A diferencia del primer viaje, esta vez no había tanta presión. El camino ya había sido trazado. Pero el espíritu era el mismo: demostrar que las Malvinas siguen latiendo en el corazón argentino.

Puerto Argentino: una bienvenida con condiciones

El Malabar llegó a Puerto Argentino, luego de una fuerte tormenta en alta mar, pero no fue recibido con los brazos abiertos. Al ingresar al puerto, prácticos británicos abordaron el velero. El jefe de puerto subió a bordo y exigió que izaran una bandera británica. Luego, la embarcación quedó amarrada en una boya, fuera del puerto, y su entrada fue prohibida.

Los navegantes llevaban cartas escritas por niños argentinos, dirigidas a chicos ingleses como símbolo de amistad. También transportaban una imagen de la Virgen de Itatí para dejar en el lugar. Pero el gobierno isleño rechazó todo: no a las cartas, no a la virgen, no al ingreso.

En la embarcación, los tripulantes escuchaban transmisiones de Radio Malvinas, donde muchos habitantes de las islas aseguraban que no había nada malo en dejar mensajes de amistad. Sin embargo, la decisión fue arbitraria: las autoridades locales no dieron lugar al gesto.

Entonces, los navegantes decidieron ocupar el aire. Se comunicaron con radioaficionados de Argentina, Brasil, Uruguay y Perú, entre otros países, con un mensaje claro: las cartas no llegaron, pero la voz sí. Y acá estamos, en Malvinas.

El Malabar no pudo entrar a Puerto Argentino como lo hizo el Patagón. Pero su travesía no fue en vano. Fue también un acto de soberanía, de persistencia y de humanidad.