Era albañil, hincha de River y padre de dos hijos: "Días antes del secuestro me dijo que era feliz"
En diálogo con 0223, Marcelo Roldán contó cómo era la vida de su padre, Miguel, detenido en la Base Naval Mar del Plata y desaparecido desde el 26 de mayo de 1977.
Por Redacción 0223
PARA 0223
Un paseo en los viejos cisnes mecánicos del Parque Camet y una vuelta en bici sin rueditas, con su papá sosteniéndolo desde atrás cerca de la plaza San Cayetano. Esas son algunas de las pocas imágenes que Marcelo conserva en su cabeza sobre los tiempos que anteceden al secuestro de Néstor Miguel Roldán, su padre. La madrugada del 26 de mayo de 1977, un grupo de tareas irrumpió en la casa que Miguel alquilaba junto a su pareja, Cristina Mansilla, en la calle 38 entre 3 y 5 de la ciudad de Miramar. Desde ese día, el papá de Marcelo está desaparecido.
Miguel nació el 14 de octubre de 1950 en una familia de trabajadores de Miramar. Cuando era chico, su padre los abandonó y Ema Cepeda, su madre, lo crio sola junto a su hermana Inés. Hizo la primaria entre la escuela parroquial y la pública por las dificultades económicas que atravesaba en su casa. Como tantos en la zona, Miguel empezó a trabajar desde muy joven. Su vida laboral transcurrió entre Mar del Plata y Miramar: pasó por frigoríficos, por fábricas de chacinados, por fileteo de pescados y, más adelante, por el rubro de la construcción, donde participó en obras como las colonias de Chapadmalal.
“Nunca fue propietario, tenía la vida de un laburante”, contó Marcelo y agregó que la rutina de su padre combinaba trabajo y momentos sencillos como asados con amigos o largas visitas familiares. Quienes lo conocieron coinciden en que era un hombre cercano, de trato fácil, al que no le gustaba discutir. También en que tenía un imán con los chicos, que lo seguían para todos lados y se divertían jugando con él. "Era un tipo seductor, no tenia que buscar nada para agradar. Quería mucho a su madre y a mí, y en especial a sus hijos, éramos lo mas importante de su vida", agregó su hermana, Inés.
Miguel era militante de la Juventud Trabajadora Peronista (JTP), le gustaba el tango, el folclore y algo de rock. "Se iba a la casa de nuestra tía Sofía a escuchar discos de Edmundo Rivero, Rubén Juárez, Facundo Cabral, Zitarrosa, le encantaba el zapateo americano", recordó Inés y agregó que también era hincha de River, pero que cuando perdía, apagaba la radio y se iba a caminar por ahí.
Su hermana tiene un recuerdo muy nítido de una de las últimas veces que lo vio: "Tres meses antes del secuestro lo vi en su casa, me acuerdo que estaba haciendo un caminito de cemento y me dijo: 'Al fin puedo decir que soy feliz'".
La madrugada del secuestro
El 26 de mayo de 1977 a la madrugada, un grupo de tareas se llevó a Miguel de su casa. Horas antes, los mismos hombres habían secuestrado a su primo Daniel, que vivía en una casa vecina. De lo de Miguel también se robaron electrodomésticos y vajilla, "que no eran de tanto valor, pero para un trabajador de la construcción eran años de esfuerzo", contó Marcelo.
A los dos los encapucharon, los golpearon y los metieron violentamente en una camioneta Chevrolet color verde, que los llevó hasta el centro clandestino de detención que funcionaba en la Base Naval Mar del Plata. A Daniel lo liberaron dos días después del secuestro. A Miguel, nunca.
El testimonio de su primo fue clave, muchos años después, cuando el caso fue incorporado a los juicios por delitos de lesa humanidad en Mar del Plata y permitió confirmar el paso de Miguel por la Base Naval. “Eso es lo último que supimos de mi viejo”, dijo Marcelo.
La historia de Miguel, la historia de los 30.000
Marcelo creció en un entorno donde la militancia política no era parte de lo cotidiano. Con el tiempo, sin embargo, empezó a reconstruir no solo la historia de su padre, sino también su identidad. “Recién a los 17 o 18 años empecé a entender desde qué lugar estaba parado él", recordó. Esa búsqueda lo llevó a involucrarse en organizaciones por la lucha de los derechos humanos y por las denuncias de violencia institucional tanto en dictadura como en democracia.
La historia de Miguel no es solo la de una víctima del terrorismo de Estado. Es también la de un trabajador, un padre, un hombre con una vida en construcción que fue interrumpida. Su memoria, y la de toda una generación, para Marcelo, se sostiene en la continuidad de sus banderas: "Nuestro compromiso está en no dejar que desaparezca y, como dicen las Madres, en transformar el dolor en lucha”.
"Creo que hoy Miguel estaría totalmente defraudado porque siempre luchó por la justicia social, porque el obrero tuviera lo que debe tener, ni más ni menos. Y ver lo que pasa hoy, que lo único que les importa es el poder, creo que sería tremendo como se sentiría él", expresó Inés. Por su parte, Marcelo sintetizó: “Me gustaría que las nuevas generaciones comprendan que lo que pasó no está bien. Que torturar, desaparecer, robar bebés, arrojar personas al mar, nada de eso está bien y si lo naturalizamos o lo dejamos como una fecha más, puede volver a pasar”.
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