Silvia Cicconi: el femicidio de una adolescente hace 25 años que expuso sombras de poder y encubrimiento
Un brutal femicidio, treinta y dos puñaladas y un culpable cuya inocencia sostenía la propia familia de la víctima. Mientras el “Pacha” Pérez pagaba por un crimen imposible, el verdadero asesino se desvanecía entre huellas borradas y expedientes manipulados. El caso y la impunidad que Mar del Plata no olvida.
Mar del Plata, 27 de agosto de 1981. La ciudad balnearia, famosa por sus luces y teatros, se hundía esa noche en una de sus sombras más densas. Silvia Cicconi tenía 17 años, cursaba el quinto año en el colegio Santa Cecilia y soñaba con el futuro. Esa noche les dijo a sus padres, Adela y Rubén, que se acostaría temprano, el inglés y el estudio no esperaban. No sabía que el horror ya acechaba tras los muros del restaurante familiar.
Una escena alterada por el amor
Cerca de la 1:30 de la madrugada, Adela regresó del bar Medieval hacia su casa, ubicada justo detrás del tradicional restaurante Nueva Italia. Al entrar, un escalofrío la recorrió: las luces estaban encendidas y rompían la penumbra que ella misma había dejado. Al asomarse al cuarto de su hija, el mundo se detuvo.
Silvia yacía atada de pies y manos con sus propias medias. El brillo de una cuchilla de cocina sobresalía de su pecho. En un acto desesperado, nacido del puro instinto materno, Adela le arrancó el arma pensando que aún podía salvarla. “Todavía estaba tibia”, recordaría años después. Pero el daño era irreversible: 32 puñaladas, tres de ellas directas al corazón, y un corte feroz en el cuello que casi la degolló. Ese gesto de piedad, sin embargo, se convirtió en una trampa legal: sus huellas quedaron en el mango y transformaron a la madre en la primera sospechosa de una policía extraviada.
El “perejil” de la estación
La presión social por encontrar un culpable en una ciudad sumida en la psicosis llevó a los investigadores hacia el eslabón más débil. El 20 de febrero de 1982 detuvieron a Fernando Saturnino Pérez, alias “El Pacha”. Era un hombre de 50 años, un linyera alcohólico que sobrevivía cargando valijas en la estación de trenes frente a la casa de los Cicconi.
La farsa fue grotesca. El Pacha confesó el crimen, pero dio cuatro versiones distintas. Luego se supo la verdad detrás de sus palabras: días antes lo habían subido a un Ford Falcon celeste y lo habían “quebrado” a fuerza de picana eléctrica. “Hubiese confesado hasta haber matado a Gardel”, admitió Pérez tiempo después. A pesar de que no sabía leer y de que el asesino había revuelto libros y papeles de Silvia, la Justicia cerró los ojos. En 1984 lo condenaron a perpetua.
Sombras sobre el Nueva Italia
Mientras el Pacha se consumía en la cárcel de Batán, la familia Cicconi hacía algo inaudito: lo ayudaba. Adela, convencida de su inocencia, lo visitaba y le daba de comer. Ella sabía que el verdadero asesino conocía la casa. El criminal no había forzado ninguna entrada, eligió el cuchillo más afilado del cajón del restaurante y se tomó el tiempo de buscar algo específico entre los papeles de la joven, ignorando 800 000 pesos y un Rolex de oro.
Las sospechas volaron en todas direcciones: desde un exnovio violento que vendía hielo hasta hipótesis oscuras sobre el propio Rubén Cicconi y supuestos vínculos con el poder o el narcotráfico. Sin embargo, la pista de los libros era la más inquietante. Silvia parecía haber encontrado un cuaderno con anotaciones comprometedoras en la guantera de alguien influyente. “No pienso devolverle nada”, le habría dicho la joven a alguien por teléfono días antes de su muerte.
Una verdad a medias
Hoy, el caso Cicconi es una paradoja jurídica. Para el Estado, el expediente está cerrado, para la memoria de Mar del Plata, sigue sangrando. Bajo las uñas de Silvia quedaron restos de piel de su agresor y, en una silla, la marca de una zapatilla de marca, cara y moderna, que nada tenía que ver con las alpargatas de lona del indigente condenado.
Las crónicas de la época sostenían que hubo grietas que la justicia de la dictadura dejó pasar. Las razones para dudar sobraban: la ventana de la habitación no podía abrirse desde afuera y “El Pacha”, debilitado por el alcohol, fue incapaz de trepar el paredón durante la reconstrucción. Mientras el linyera calzaba lonas viejas, la escena lucía huellas de calzado deportivo de lujo, mientras la policía llegaba a los pocos segundos del hallazgo, una sábana con cortes sugería que Silvia fue atacada mientras dormía, una precisión imposible para quien supuestamente entró rompiendo vidrios a golpes.
A esto se sumó un manejo pericial absurdo: el fotógrafo policial trabajó con el lente tapado y, al notar el error, improvisó una segunda escena ya contaminada. Un toldo manchado de sangre nunca fue analizado y una agenda clave desapareció. Incluso el dinero tuvo un destino errático: no fue robado durante el asesinato, pero se esfumó de la casa al día siguiente. Estas irregularidades dibujan un mapa donde la destreza física y la claridad mental necesarias para el crimen chocaban de frente con la realidad de un hombre que apenas podía mantenerse en pie. ¿A quién protegía realmente tanto descuido?
El eco del silencio
“El Pacha” Pérez recuperó la libertad en 1996 y fue asistido por los Cicconi hasta el fin de sus días. El verdadero autor de las 32 puñaladas nunca caminó hacia el estrado. El caso sobrevive dividido: por un lado, habita la verdad de los expedientes: un proceso cerrado y ratificado por una instancia superior, que encontró en “El Pacha" Pérez al culpable perfecto para archivar el horror. Por el otro, respira la verdad de la memoria colectiva: la de una comunidad que nunca compró la farsa del linyera, que vio en él a un "perejil" sacrificado para proteger un nombre con peso y que entiende que el verdadero asesino murió en libertad o camina aún entre nosotros.
Aquella justicia iniciaba así un camino de desconfianza que ya no tendría retorno.
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