Galería Rivadavia: el legado de Bonet que contaba con agua de mar para sus duchas

Obra cumbre de Antoni Bonet, esta torre revolucionó Mar del Plata con sus departamentos dúplex y una ingeniería audaz: una planta baja inundaba de luz natural a pesar de sus 17 pisos, un sistema que bombeaba agua salada directa del mar a las duchas y fachadas de hormigón con texturas de conchillas marinas.

El acceso a los departamentos se realiza por un lateral del terreno, mientras que a la galería comercial se ingresa por ambas calles a través de un vestíbulo.

21 de Marzo de 2026 20:01

En 1957, mientras Mar del Plata aún se aferraba a la nostalgia de sus chalets de piedra y techos de teja, un catalán visionario decidió que la ciudad estaba lista para tocar el cielo. Antoni Bonet i Castellana, exiliado de la España franquista y heredero del genio de Le Corbusier, proyectó en la esquina de San Luis y Rivadavia algo más que un edificio. La Galería Rivadavia nació para demostrar que la modernidad podía ser, al mismo tiempo, monumental y ligera, esta construcción conformó uno de los primeros edificios en torre de la ciudad y fue su primer proyecto de gran volumen.

Un zócalo que abraza la calle

Su imagen imponente.

A diferencia de las torres que hoy asfixian las aceras, Bonet fue respetuoso con el peatón. Diseñó un basamento de doble altura que ocupa toda la manzana, lo que crea una transición suave entre el asfalto y los niveles superiores. Esta planta baja es un laberinto luminoso donde el comercio cobra vida bajo una bóveda hiperbólica de cristal. Es un detalle magistral: mientras se camina por la galería, el sol se filtra desde lo alto para recordar que el cielo sigue ahí, justo encima de los escaparates.

Terminada en 1959, la silueta de la torre de 17 pisos cautiva de inmediato al transeúnte. No es un prisma aburrido, sino una sucesión de ondas. Bonet utilizó la bovedilla catalana de cañón corrido y permitió que el perfil curvo de los techos se asome a la fachada. El resultado es una serie de arcos que rinden homenaje a la arquitectura del Mediterráneo, pero con la robustez del hormigón armado.

Distribución y diseño

Planos de la Torre Rivadavia.

El acceso a los departamentos se realiza por un lateral del terreno, mientras que a la galería comercial se ingresa por ambas calles a través de un vestíbulo que conecta con las escaleras hacia las plantas superiores y los subsuelos de cocheras. El edificio cuenta, además, con dos ascensores. En total, son 70 unidades: las de un solo nivel incluyen estar-comedor, cocina, uno o dos dormitorios y baño; por su parte, las de doble altura incorporan un entrepiso en el área social gracias a una losa retranqueada.

La textura del inmueble también narra una historia: el revoque fue mezclado con conchillas marinas, lo que le otorga una superficie rugosa y auténtica que brilla de forma distinta según la posición del sol marplatense.

Vivir en el aire (y con sabor a sal)

El interior es un viaje al optimismo de mediados de siglo. Los pasillos, revestidos en coloridas venecitas, conducen a departamentos diseñados con una lógica audaz. En los pisos impares, los residentes disfrutan de dúplex donde la luz inunda los ambientes a través de grandes ventanales de hierro, los cuales prescinden de persianas para no interrumpir la pureza visual.

Las amplias superficies vidriadas de la terraza permiten que la galería reciba abundante luz natural. Esta estructura ocupa toda la parte superior y rodea el espacio central, funcionando simultáneamente como techo y fuente de iluminación. La torre principal se ubica únicamente en la esquina de Rivadavia y San Luis, elevándose unos tres metros por encima del nivel de la terraza.

El interior de la Galería.

Los espacios comunes presentan pasamanos de tubo metálico pintado y revestimientos en distintos tonos. En cada nivel, al salir del ascensor, una flecha marcada en el suelo solía señalar la ubicación de las viviendas.

Un detalle de ingeniería único

El rasgo más excéntrico y fascinante se esconde en las cañerías. En su época dorada, además de la provisión habitual de agua potable, el edificio contaba con un tanque de 30.000 litros que bombeaba agua salada directamente del mar. A través de un sistema exclusivo, los propietarios podían ducharse con el Atlántico en la intimidad de su hogar, una sofisticación que hoy suena a leyenda urbana.

Un monumento al futuro pasado

Terraza con sus cañerías en la actualidad.

Hoy, protegida como patrimonio histórico desde 1995 por ordenanza municipal, la Galería Rivadavia sigue siendo un faro del Movimiento Moderno. En su azotea, las estructuras de hormigón visto repiten el juego ondulado de la fachada, como si el edificio nunca terminara de bailar con el viento.

Es, en definitiva, el testamento de una época en la que la arquitectura no solo buscaba dar refugio, sino también belleza y progreso. Bonet no solo construyó una torre, capturó el espíritu de una ciudad que, por un momento, se atrevió a soñar en vertical sin perder su esencia marina.