A seis años del aislamiento: un sistema de salud que osciló entre la incertidumbre, el dolor de las pérdidas y el desafío de aprender en el caos

A seis años del inicio de la cuarentena, los protagonistas de la salud reconstruyen los días donde el miedo y la ciencia se cruzaron. Entre consultorios vacíos, pases de sala por Zoom y el dolor de las pérdidas, surge una reflexión necesaria sobre un proceso traumático que hoy elegimos olvidar.

Se llegaron a hisopar más de cien personas por día.

12 de Abril de 2026 08:56

A partir de las 00:00 del 20 de marzo, se puso en marcha el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO), marcando el inicio de la cuarentena en todo el país. La disposición establecía que toda la población debía permanecer en sus hogares, con el objetivo de frenar el avance del COVID-19.

En ese momento, el país registraba 128 casos y tres fallecidos. Lo que comenzó como una medida de quince días se extendió durante meses, para la sociedad toda fue un desafío del cual, en un principio, nada se sabía sobre las consecuencias. Los cambios de rutinas y costumbres se dieron de golpe, lo que llevó a improvisar en muchos aspectos. En todos los ámbitos se iba aprendiendo sobre la marcha: la educación, la salud y la convivencia fueron las áreas que más se vieron afectadas por la incertidumbre de los resultados.

Sebastián Chilano (MP 94246) es médico clínico en la Clínica Pueyrredon y recuerda aquellos primeros días con sensaciones encontradas. “Yo lo que me acuerdo es que era como algo que viene lentamente. Dos o tres semanas antes estábamos viendo lo de Italia, lo de España, y de pronto era como que lo teníamos acá. También recuerdo que el primer caso que tuvimos en la clínica fue alguien que recién llegaba de Europa con todos los síntomas, un tipo bastante joven que terminó muriendo. Un argentino. Y era el único caso, un marplatense que había viajado, un tipo de sesenta o sesenta y pico de años. Eso fue impactante, veíamos venir la situación y, de pronto, el primer caso termina falleciendo. Fue como decir “guau”, lo que veíamos venir como en una película ya está acá y empezó así”, cuenta.

—¿Cuándo empezaron con los protocolos en la atención médica?

—Eso fue lo primero que hicimos acá. Fue empezar a decirle a la gente: “No vengas al consultorio, salvo que sea urgente”. O sea, lo primero que se hizo fue suspender todos los controles de rutina. Todo lo que nosotros habitualmente hacemos, como controlar el colesterol o la presión. Eso ocurrió el día que se cerró todo. La semana antes, o dos semanas antes, ya veníamos recomendando que no vinieran al consultorio. Como todo lo que es medicina preventiva es de largo plazo, la indicación era pausar, postergar y ver qué pasaba con esto que estaba siendo una urgencia. Entonces, cuando se cierra, la consulta médica ya había bajado muchísimo y estábamos prácticamente solo en el consultorio esperando las urgencias. Como no había casos reportados todavía en Mar del Plata, era una cuestión de ir al consultorio y que no viniera nadie.

—O sea, eso fue antes del ASPO. Y cuando se decreta la “cuarentena”, ¿qué pasó?

—Cuando se cierra directamente dejamos de ir. Pasó a organizarse un sistema, primero protocolar, la clínica empezó a instruir a los médicos, sobre todo a los más jóvenes. Había un corte de edad, no me acuerdo si eran los cincuenta años, pero a los médicos más grandes se les recomendó no trabajar y ya estaban licenciados para quedarse en casa. Se empezó a hacer un protocolo para que los más jóvenes trabajaran y, sobre todo, para mantener activa la guardia y la internación en el piso de urgencias.

A diferencia de otros lugares, Mar del Plata no fue uno de los puntos con picos de contagios, al menos no al principio. La guardia de la clínica no se mostraba superpoblada por las circunstancias de la pandemia. Según recuerda, en la ciudad hubo dos picos: el primero durante el mes de mayo y el segundo, mucho más fuerte, en octubre, luego de que se flexibilizaran las medidas sanitarias y la gente saliera a reencontrarse. “Fue después de un fin de semana largo, me parece. Exactamente ahí colapsó totalmente la guardia con casos de todo tipo, colapsó también la internación y la terapia. Pero en el medio era más protocolar y primaba el miedo de ver qué se aprendía en otros lados, porque se sabía que el virus iba a entrar”, dice el médico.

—¿Qué sabían exactamente ustedes del virus? ¿Sabían que podía ser tan terrible?

—Sí, sí. Vos veías un patrón de neumonía que se llama intersticial, porque no afecta lo que es el parénquima, sino el intersticio de los dos pulmones. Eso ya se cataloga como una neumonía grave y veías que todos los casos críticos terminaban en esa. Tenía una imagen tomográfica típica que se desarrollaba entre el séptimo y el octavo día. Entonces, vos te resfriabas el primer día, el segundo estabas bien, pero al séptimo día te explotaba la neumonía bilateral. Ahí es donde ibas a respirador o a soporte de oxígeno. Eso se sabía claramente. En ese momento, si te acordás, era la lucha por el tratamiento mientras se desarrollaba la vacuna. A la vez, había un montón de teorías, que es lo que tiene la ciencia: se tira una hipótesis, como que tomar vitamina D previene el COVID, y se ponía en práctica. O tomar esa medicación que se daba en las veterinarias, la gente iba a buscar el anticonvulsivo o el antiparasitario que tomaban los animales. Todas eran hipótesis que después fueron refutadas, pero muchas quedaron en el inconsciente colectivo. Lo que recibís habitualmente es cuando ya pasó toda la fase de investigación, pero acá estábamos viendo la ciencia en vivo.

—Claro, yo me acuerdo que eso también pasaba con la forma de circular: usar guantes, barbijo las 24 horas, lavandina al ingresar y alcohol al llegar... después nos enteramos de que mucho de eso no servía, solo el barbijo y las manos limpias.

—Claro, por eso digo. Ahí está el ejemplo de la ciencia. El virus necesita un huésped para sobrevivir. Cuando sale del huésped, la pregunta es: ¿cuánto tiempo vive fuera? ¿Tres minutos, cinco horas, dos días? Ahí ves la contagiosidad. No podías ni tocar las bolsas del supermercado porque no se sabía. Como dicen en la guerra: la primera víctima es la información. En una pandemia necesitás información correcta para saber cómo tratar. Tenés la hipótesis de que se contagia por aire o por saliva, pero tenés que probarla en vivo, mientras sucede. No en el laboratorio con tiempo. Por eso siempre arrancás tomando las medidas más drásticas. Te decían “salí con guantes” y después venía la teorización sobre cuánto tiempo podés tenerlos puestos o cuánto tiempo es útil un barbijo antes de que la misma respiración lo humedezca, porque húmedo es lo peor para contagiarse. Todo eso se fue aprendiendo sobre la marcha y muchas veces no se llega a comunicar a tiempo lo que se refuta.

—¿Vos ya estabas trabajando con los residentes de la clínica?

—Sí, como un médico de staff que daba clases o participaba de los pases de sala. En ese tiempo los pases pasaron a ser por Zoom. Se empezaron a usar mucho las plataformas virtuales, en vez de ir presencialmente, nos conectábamos dos veces a la semana. Esa dinámica costó adaptarla. También estábamos muchos en las casas sin hacer nada, así que era fácil conectarse porque todos queríamos información sobre lo que estaba pasando. Incluso entró una camada de residentes de manera virtual, que dieron su examen y entrevistas por cámara, tardamos meses en conocerlos físicamente.

La clínica perdió a dos de sus profesionales por COVID-19 durante la pandemia. Eran médicos de muchos años en el lugar, lo que significó un momento duro de sobrellevar para sus colegas en medio de todo ese contexto sanitario.

El laboratorio de análisis clínicos: El motor que nunca se detuvo

Liliana Guiot (MP 5095) es bioquímica y fue una de las que trabajó durante ese periodo en el laboratorio de análisis clínicos de la Clínica Pueyrredon. El espacio no dejó de funcionar en todo ese tiempo e incluso tuvieron que instalar una carpa sobre la vereda para contener a la gente.

Uno de los trabajos que llevaron adelante desde el primer día fue el análisis a los pescadores que iban a embarcar en el puerto de Mar del Plata. Bajo un estricto protocolo de una semana de aislamiento, se los hisopaba y, tras los resultados, se les daba el permiso para zarpar. También iban a las propias pesqueras a hisopar las superficies de los productos de exportación, como las cajas de pescado, que era una nueva normativa internacional.

“En el laboratorio fue un caos, comienza diciendo la bioquímica. ¿Te acordás de la carpa blanca que armamos afuera? En invierno hacía frío y llovía, y aun así iba mucha gente. Lo único que hacíamos eran hisopados, algún hemograma para pacientes oncológicos o prequirúrgicos de urgencia. No había chequeos de rutina, solo extracciones de alguien que llegaba a la guardia por un infarto o algo hepático”, agrega.

—¿Te acordás de cuánta gente atendían por día?

—Calculo que llegamos a hisopar hasta 150 personas por día. El pico de octubre de ese año fue terrible. Para fin de año ya era otra cosa por la vacuna, pero todo se volvió a descontrolar en enero con una nueva oleada por los contactos y una nueva variante del coronavirus.

Uno de los inconvenientes que tuvieron los laboratorios por esos días fueron los insumos. Era difícil conseguir los hisopos, no por falta de stock, sino por el fuerte aumento de precio que habían sufrido, algo que pasó también con los barbijos.

Títulos del diario digital 0223 durante el Aspo

“A diferencia de los consultorios que se vaciaron, nosotros estuvimos a pleno. La clínica siempre estuvo llena de casos de COVID. Dejaban tres o cuatro camas para un infarto, pero el resto era todo COVID. Al principio, como mandábamos las PCR a Buenos Aires, el resultado tardaba tres o cuatro días, entonces un paciente ocupaba una habitación solo mientras esperaba el resultado. Cuando empezamos a procesarlas nosotros, los resultados estaban en horas y eso permitió que, con resultados negativos, pudieran poner a dos personas por habitación. Eso descomprimió mucho”, cuenta Liliana.

Toda esa etapa se vivió como un aprendizaje sobre la marcha. Los propios protocolos del Ministerio de Salud cambiaban de una semana a la otra. “Los protocolos cambiaban constantemente. Al principio traíamos la sangre en triple envase y después se dijo que no había problemas, que la sangre no contagiaba. Te vas acostumbrando y le vas perdiendo el miedo, lo cual tampoco es bueno porque lo naturalizás. Me acuerdo de que al principio entrar a una habitación con alguien con COVID era algo temeroso. Después ya te “encapuchabas” y entrabas. Al principio todo es un caos y después te relajás, pero insisto en que eso tampoco estaba bueno”, dice.

El tiempo transcurrido

La pandemia ocurrió hace seis años. Sí, apenas seis años, pero la mayoría tiene la sensación de que fue hace mucho más tiempo. Se siente lejana, como un olvido forzado.

“He pensado mucho en eso. Es como una negación que tenemos todos. Parece una posguerra. Sucedió, pero no hemos reflexionado ni sacado grandes conclusiones. Nadie se ha detenido a analizar porque fue un proceso tan desgastante que elegimos el olvido. Y quizás sea un error. No hay un análisis claro de qué se hizo bien o cuál sería la medida correcta si esto vuelve a pasar. Yo quisiera leer una conclusión, pero capaz se necesita más tiempo o es difícil analizar estadísticamente lo que fue, en cierta manera, un caos”, reflexiona Chilano para el cierre.

Al pensar en aquellos días, viene a la cabeza lo que el filósofo Slavoj Žižek escribió durante la vorágine: Hegel escribió que lo único que podemos aprender de la historia es que no aprendemos nada de ella, así que dudo que la epidemia nos haga más sabios. Lo único que está claro es que el virus destruirá los cimientos de nuestras vidas, provocando sufrimiento y un desastre económico. No habrá un regreso a la normalidad; la nueva “normalidad” tendrá que construirse sobre las ruinas de nuestras antiguas vidas”.