A seis años de la pandemia: el registro virtual de una escuela que transformó el aislamiento en una memoria colectiva
Seis años después de la pandemia, la Escuela 33 de Mar del Plata recupera su "Cápsula del Tiempo". A través de una novela colectiva por WhatsApp, la comunidad transformó el aislamiento en un registro histórico de resistencia, identidad y solidaridad frente a la crisis.
Seis años han pasado desde que el mundo se volvió una ventana o una pantalla. Hoy, al caminar por la calle, todavía podemos encontrar algunos vestigios de aquella época: en el suelo de algún comercio, la marca desgastada de una cinta que nos indicaba dónde pararnos para mantener la distancia, en los colectivos, las señales de mantener las ventanas abiertas, las famosas burbujas en las escuelas, el trabajo remoto y el alcohol en gel. Es un rastro fósil de un tiempo en el que la incertidumbre era el único idioma compartido. De golpe, el afuera se volvió territorio prohibido y el adentro, un refugio forzoso. Hace seis años, la normalidad se rompió en mil pedazos y nos dejó habitando un escenario de ciencia ficción: calles vacías y barbijos que ocultaban los rostros. Hoy recordamos los aplausos de las nueve de la noche como el reconocimiento a los médicos por enfrentar la pandemia, la promesa romántica de que "saldríamos mejores seres humanos" y la fragilidad de una educación que tuvo que aprender a sostenerse sin paredes. Seis años después, con la perspectiva que da el tiempo, parece el momento de rescatar aquellas experiencias que, de pronto, nos hicieron extrañar los paseos, las juntadas y los abrazos.
Aquella primera etapa de la pandemia fue un sismo que desestructuró todo: los trabajos se esfumaron, las aulas quedaron vacías y la identidad se puso a prueba. Vale recordar que, el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO) se decretó en todo el país a partir de la medianoche del 20 de marzo de 2020 mediante el Decreto 297/2020. Esta medida paralizó las actividades no esenciales, obligando a la población a permanecer en sus domicilios. En aquel entonces, entre la angustia y el desconocimiento, nacieron gestos de resistencia humana que hoy cobran un valor histórico.
En aquel momento, en la Escuela N.º 33 Julio Mártires Manza, del barrio Cerrito Sur, se enfrentaron a un desafío enorme: ¿cómo sostener la continuidad pedagógica en una comunidad con muy poca conectividad?
“En ese momento no teníamos plataformas ni estructuras digitales como otros colegios, lo único que logramos mantener fueron grupos de WhatsApp. Ese espacio se convirtió en nuestra aula virtual, en el puente con las familias y los chicos, y también en una ventana hacia el mundo de las redes sociales”, comienza diciendo la profesora de historia Tamara Culleton, sobre lo que significó aquel momento para esa comunidad. Pero de ese contexto salió algo insospechado: “De allí nació un proyecto inesperado. Observábamos cómo los estudiantes compartían en redes lo que vivían, cómo se sumaban a los aplausos de las nueve de la noche, y nos preguntábamos: ¿cómo estaban atravesando ellos la pandemia? ¿Qué significaba para sus familias el aislamiento? Una actividad de Historia nos dio la clave: una alumna escribió que ‘la historia era como la pandemia, porque parecía interminable’. Esa metáfora nos hizo pensar que lo que estábamos viviendo debía quedar registrado; que nuestras voces y las de la comunidad tenían que formar parte de la memoria de este tiempo. Así surgió la idea de crear una cápsula virtual, una especie de novela colectiva que comenzó con un tono trágico, reflejando la incertidumbre de esos días, y que luego se transformó gracias a la participación de estudiantes, docentes y familias. La protagonista fue Ángeles, inspirada en aquella alumna que había escrito la metáfora. Los capítulos se fueron sumando, algunos divertidos, otros más reflexivos, y lo que empezó como un recurso pedagógico terminó siendo un espacio de sostén comunitario. Más allá de los contenidos, lo importante era mantenernos unidos”, cuenta.
La dinámica era sencilla: cada capítulo se publicaba en redes sociales y se compartía entre la comunidad de la escuela. Participaron todos los cursos. La idea era que cada uno de ellos estuviera acompañado por docentes de distintas áreas, y que los estudiantes aportaran voces e imágenes. Al principio eran fotos estáticas, pero luego se sumaron videos enviados por las familias. Incluso hubo madres que colaboraron en la producción.
“Creo que por ese lado el proyecto fue exitoso, más allá de las repercusiones inmediatas que tuvo. Hubo capítulos que alcanzaron muchas visualizaciones y, al comienzo, contamos con el apoyo de Fernando Carlos, quien lo compartió entre comunidades docentes y ayudó a que circulara. En ese momento eso era muy significativo, hoy, si uno mira las métricas, parecen pequeñas frente a lo que se expandió en lo virtual después de la pandemia. Pero en aquel entonces fue un impulso enorme. Así empezó a crecer y, de hecho, nos convocaron a varias jornadas vinculadas al área artística para contar cómo lo hacíamos. El material quedó alojado en el canal institucional de YouTube, administrado por la biblioteca, con la bibliotecaria Silvina Morales al frente, quien también se encargaba de las redes. Algunos capítulos transmitían con fuerza la emoción de los chicos: recuerdo el caso de un estudiante que recién había llegado a Mar del Plata, no conocía a nadie y se encontró con la realidad de empezar la secundaria sin poder pisar el edificio escolar. Esas historias nos interpelaban profundamente”, recuerda Tamara.
La docente no tiene dudas de que, hoy a seis años de aquello, se puede ver que lo más valioso fue lo emocional y asegura que: “El proyecto se enlazaba con un proceso previo de la comunidad: la lucha por mejorar el edificio escolar, por superar una violencia estructural que se reflejaba en las paredes y en las condiciones edilicias. Veníamos de ponerle nombre a la escuela, de generar identidad, de impulsar cambios. Y este proyecto fue como el eco de todo eso, trasladado al plano pedagógico. Con el empuje de la directora Claudia Luengo, del equipo de orientación con Marisol Mendoza, de la bibliotecaria Silvina Morales y de todos los docentes que se sumaron, logramos sostenernos como comunidad y dejar un registro de lo que atravesamos”.
—Tamara, ¿y lo volviste a ver después? ¿Volvés a eso que fue toda una experiencia de vida? ¿Cómo se ve hoy?
—Cada tanto vuelvo a mirar lo que quedó. El Facebook sigue abierto y, de alguna manera, funciona como una cápsula del tiempo, una cápsula virtual que guarda todo lo que hicimos. Seguramente en algún momento lo retomaremos con estudiantes que no vivieron esa experiencia, porque recordar también es sostener nuestra identidad como comunidad. La pandemia nos interpeló profundamente, no solo como docentes o como escuela, sino como seres humanos. Más allá de las lecturas políticas, económicas o ideológicas que vinieron después, lo que quedó de esa vivencia fue lo solidario. Ese contexto sacó lo mejor de nosotros como especie. Nos sostuvo la red, el vínculo, la capacidad de acompañarnos. Y creo que ahí está lo más valioso: haber encontrado en medio de la crisis una forma de sostenernos juntos.
—Y el contacto con los chicos, varios años después, ¿se acordaban de eso?
—Sí, muchos de los chicos ya egresaron. Pasaron seis años. En aquel momento todo parecía interminable, y ahora lo recordamos de otra forma muy distinta. Yo no sabía que ese escenario iba a funcionar, pero entendía que podía ser una forma de dejar huella.
Los recuerdos de Tamara se mezclan con la actualidad, finalmente, aquella cápsula del tiempo sirve para que pensemos también nuestro presente: “La historia que había surgido en ese momento, de la mano de una estudiante, imaginaba que en la próxima pandemia un alumno de la escuela encontraba esta cápsula virtual. Era como un diálogo entre generaciones, dentro de 50 años, pospandemia, y allí aparecía la voz de quienes la habían creado. Esa alumna contaba la soledad que sentía, reflejando lo que vivían muchos estudiantes en ese tiempo, y en ese descubrimiento aparecíamos nosotros como protagonistas. Esa era también la idea: sentirnos protagonistas, no perdernos en medio de lo que nos había desestructurado por completo. Porque la escuela se sostiene en la presencialidad: en acompañarse, en estar, en mirarse, en charlar. Y todo eso había desaparecido. El proyecto fue nuestra manera de sostenernos. Con el paso del tiempo, la lectura se amplía: cómo la virtualidad nos atravesó, cómo nos salvó en ese momento y, a la vez, cómo hoy nos desafía dentro del aula. Es paradójico: los dispositivos fueron la solución a la contingencia pedagógica y ahora son el gran debate en la escuela, la pugna por la atención. En aquel entonces tuvimos que volver al papel porque no había celulares, hoy todos los chicos tienen uno, todas las familias también, y la lucha es otra. Esa contradicción es tremenda, pero muestra cómo cambió todo en tan poco tiempo”, asegura.
—¿Se sumaron otras escuelas?
—No, no pudimos sumar a otras escuelas, pero en cada espacio en el que trabajábamos, los docentes compartíamos esta experiencia. Creo que eso también le daba sentido: rescatar qué vivía cada comunidad, porque no todas las realidades eran iguales, ni siquiera entre barrios vecinos. Lo que hizo posible este proyecto fue el recorrido previo de nuestra comunidad: la búsqueda de identidad, la lucha, en el mejor sentido, que nos fortaleció y nos unió, generando lazos que permanecen. Esos lazos siguen en la escuela, a pesar de los cambios de directivos y de generaciones de estudiantes. Y para mí, ese es el logro más grande: haber cimentado una identidad colectiva que nos sostiene y que se proyecta hacia el futuro.
Seis años después, la "Cápsula del Tiempo" de la Escuela 33 ya no es solo el recuerdo de un proyecto escolar, es un acto de justicia poética. Aquellos videos cortos, esas voces entrecortadas por el ruido del interior del hogar o la mala señal de un celular, guardaron algo que las estadísticas oficiales nunca pudieron registrar: el pulso de la resistencia humana.
Hoy, cuando volvemos a ver esos capítulos, la cápsula se abre y nos devuelve una pregunta incómoda: ¿qué queda de aquella solidaridad de trinchera en nuestro presente vertiginoso? Quizás el mayor éxito de este proyecto no sea recordarnos la pandemia, sino enseñarnos que la red que nos sostuvo no estaba hecha de cables ni de Wi-Fi, sino de la voluntad de encontrarse.
Al final, el resultado de aquel diario audiovisual no se mide en visualizaciones ni en métricas digitales. Se mide en la identidad de una comunidad que, ante la amenaza de ser devorada por la virtualidad y el aislamiento, eligió narrarse a sí misma para no desaparecer.
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