No es Marte: el paisaje oculto en Mar del Plata que parece de otro planeta

Se trata de un lugar que supo ser el epicentro del crecimiento de la ciudad y que hoy quedó congelado en el tiempo.

El sitio se reconvirtió en circuitos para ciclistas y paseos naturales.

6 de Abril de 2026 12:04

Por Redacción 0223

PARA 0223

El corazón de las sierras bonaerenses resguarda una historia forjada a golpe de martillo y dinamita que definió la identidad de Mar del Plata. Las canteras de Batán y Estación Chapadmalal fueron el epicentro de una actividad minera que transformó parajes rurales en prósperos pueblos de trabajadores. Desde principios del siglo XX, la extracción de la mítica piedra ortocuarcita permitió cimentar el crecimiento urbano y construir los edificios más emblemáticos de la costa. Esta labor, que comenzó de forma casi artesanal, se convirtió rápidamente en el pulso económico que marcó el desarrollo de toda la región.

En los inicios, los obreros libraban una batalla diaria contra la roca utilizando únicamente herramientas rudimentarias como el "pinchote" y el "marrón". Con una fuerza física asombrosa, partían los bloques que luego eran arrastrados por caballos hasta las estaciones de tren para su distribución. La llegada de inmigrantes montenegrinos, españoles e italianos aportó la mano de obra necesaria para profesionalizar una industria que no paraba de crecer. Aquellos pioneros moldearon el paisaje actual, dejando una huella imborrable en la fisonomía de una ciudad que se expandía.

Los bloques que le dan vida a los lobos marinos de la rambla fueron extraídos de allí.

El hito que marcó a fuego las canteras

Un hito fundamental de esta historia ocurrió en 1951, cuando de la cantera Sudatlántica se extrajeron los bloques que hoy dan vida a los lobos marinos de la rambla. Con el paso de las décadas, la tecnología reemplazó la tracción a sangre por camiones y martillos neumáticos, elevando la producción a niveles industriales. El oficio del "foguín", aquel operario encargado de encender las mechas de pólvora con precisión quirúrgica, se volvió una leyenda de las canteras. El ruido de las explosiones se transformó en la banda sonora cotidiana de una comunidad que veía en la piedra su futuro.

Hoy, aunque muchas explotaciones cerraron debido a la expansión urbana, el legado minero se mantiene vivo como un activo turístico y educativo. Los antiguos pozos de extracción se reconvirtieron en circuitos para ciclistas y paseos naturales que invitan a descubrir la geología de la zona. La actividad actual se desarrolla bajo estrictas normas ambientales, buscando un equilibrio entre la producción necesaria y la sostenibilidad del paisaje.