La sociedad del cansancio: ¿por qué la libertad hoy se siente como cansancio?
De la disciplina de Foucault a la autoexplotación voluntaria: Byung-Chul Han revela cómo el imperativo del rendimiento ha sustituido al deber, transformando nuestra libertad en una patología. Un diagnóstico urgente sobre el cansancio crónico que define al sujeto digital del siglo XXI.
En 2010, un filósofo surcoreano radicado en Alemania, hasta entonces casi desconocido, publicó un breve ensayo de apenas 76 páginas. Su título no solo bautizó una época, sino que funcionó como un espejo incómodo: La sociedad del cansancio. Hoy, dieciséis años después, la obra de Byung-Chul Han no ha envejecido, al contrario, se ha convertido en el diagnóstico clínico de nuestra propia vida.
El cambio de paradigma
El siglo XX terminó, pero nos dejó una herencia invisible. Ya no hay muros de piedra ni uniformes de cuartel que nos dicten qué hacer, es decir, dejamos atrás aquella "sociedad disciplinaria" de Michel Foucault. Aquel mundo funcionaba bajo el esquema de hospitales, cárceles y fábricas, un entorno de negatividad donde el "no" y el "deber" marcaban el ritmo.
Sin embargo, el agotamiento que sentimos hoy es más profundo que el de cualquier obrero de la era industrial. No estamos exhaustos por lo que nos prohíben, sino por lo que nos permitimos. Como bien prescribe Han, hemos pasado de la era del "no debes" a la tiranía del "sí puedes".
Hoy, ese muro ha caído para dar paso a algo más insidioso: la sociedad del rendimiento. Ya no hay un soberano externo que nos obligue a trabajar, ahora somos nuestros propios capataces. El "deber" ha sido sustituido por el "poder". El lema Yes, we can no es solo una consigna política, es el imperativo de una autoexplotación voluntaria que resulta mucho más eficaz, y destructiva, que cualquier coacción externa.
El empresario de sí mismo
Ya no somos súbditos de un rey, sino "emprendedores de nosotros mismos". En este nuevo escenario, no sufrimos por la represión, sino por un exceso de posibilidades. La presión por "poder hacerlo todo" es una forma de violencia sutil que termina siendo más letal que cualquier mandato ajeno.
Aquí reside el punto más brillante y aterrador de Han: la autoexplotación voluntaria. En la sociedad del rendimiento, el explotador y el explotado coinciden en la misma persona. Nos sentimos libres mientras nos encadenamos a nuestro propio ego y a una aplicación de productividad. "El sujeto de rendimiento se explota a sí mismo hasta quedar desalmado. Se siente en libertad, pero en realidad es un esclavo de su propio éxito".
No hay nadie contra quien rebelarse. ¿Cómo vas a hacer una huelga contra vos mismo? El jefe ya no te grita en la oficina, ahora vive en tu cabeza y te susurra que un domingo por la tarde es el momento perfecto para "adelantar pendientes".
Multitarea: el regreso al estado salvaje
El multitasking se ha convertido en uno de los grandes mitos de nuestra era. Para el filósofo, en realidad se trata de una regresión animal en lugar de un progreso humano. Fundamenta esta idea sosteniendo que el animal salvaje debe comer, cuidar a sus crías y vigilar al depredador simultáneamente, por ello, no puede profundizar. Su atención es amplia, pero superficial.
Al perder la capacidad de la atención profunda y la demora contemplativa, estamos perdiendo aquello que nos hizo humanos: la filosofía, el arte y la cultura. Sin el "aburrimiento profundo", ese que Walter Benjamin llamaba el pájaro de ensueño que incuba el huevo de la experiencia, no hay creatividad, solo reacción hiperactiva a estímulos digitales. Llenamos cada segundo con distracciones para no enfrentar el vacío y, en ese proceso, impedimos que nazca algo realmente nuevo.
La violencia de la positividad
Si la violencia del siglo XX era viral (un ataque externo), la del siglo XXI es neuronal. La depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) y el burnout no son causados por una infección, sino por un exceso de positividad. Es la violencia de lo idéntico.
El sujeto de rendimiento entra en guerra consigo mismo. Se siente libre, pero está encadenado a la optimización perpetua. La depresión estalla cuando el individuo ya no puede "poder más". Es el cansancio de un "yo" que, al estar solo en el mundo sin la alteridad del otro, se agota en su propia autorreferencia. La paradoja es trágica: nos entregamos a la explotación porque la confundimos con la autorrealización.
Reivindicar la pausa
Frente a este panorama, Han nos propone recuperar la vida contemplativa. No se trata de pasividad, sino de una forma superior de actividad: la capacidad de decir "no" al impulso inmediato, de vacilar y de mirar con calma.
En un mundo que nos empuja a ser "proyectos" constantes, y un proyecto, por definición, nunca termina, la verdadera revolución no es rendir más, sino tener la valentía de, simplemente, no hacer nada. Solo así podremos curar este agotamiento crónico. Necesitamos transitar del "cansancio que separa" (ese agotamiento solitario que nos aísla) al "cansancio fundamental": ese estado de sosiego que nos permite volver a mirar al otro y reconciliarnos con el mundo y, finalmente, dejar de ser máquinas de rendimiento.
La sociedad del cansancio es un manifiesto contra la autoexigencia tóxica. Han escribe de forma aforística, con frases cortas y potentes, lo que hace que su lectura sea rápida pero su procesamiento lento. Su gran acierto es explicar por qué, a pesar de tener "más libertad" que nunca, nos sentimos más agotados y vacíos que cualquier generación anterior.
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