Los mitos que dejó la inolvidable visita del Kitty Hawk: ¿un símbolo de frivolidad o un evento histórico?
A principios de la década de los 90, el portaaviones estadounidense Kitty Hawk visitó de manera fortuita la costa de Mar del Plata. Durante los cuatro días que duró la visita, se vivió un clima de euforia y frivolidad en toda la sociedad. El resultado: una serie de mitos que, hasta el día de hoy, no han sido confirmados, como la supuesta escasez de cerveza y kétchup, o la especulación sobre si dejaron más de un millón de dólares en las arcas locales.
Año 1991. Recién comenzaba la década del 90 y Mar del Plata ya tenía algunos motivos para destacar: un barco encalló en sus costas frente a la avenida Constitución, aún hoy se lo llama Barco fantasma, y una imponente nevada durante el mes de agosto cubrió a toda la ciudad bajo un manto de nieve, provocando que gran parte de las actividades diarias se suspendieran para que los vecinos pudieran disfrutar del fenómeno.
Pero todavía faltaba un hecho que marcaría el cierre del año: la llegada de un portaaviones norteamericano a las costas marplatenses, con la promesa de aliviar la situación económica de muchos y presentarse como un escenario propicio para compartir con los tripulantes del buque.
Era la época de las famosas “relaciones carnales” entre el gobierno argentino y el norteamericano. El portaaviones Kitty Hawk retornaba de sus operaciones luego de la Guerra de Irak, pero ante la imposibilidad de pasar por el Canal de Panamá hacia el Océano Pacífico para dirigirse a su base, decidió pasar por el sur del continente. Así, resolvieron acercarse a Mar del Plata para reabastecerse. Esta decisión provocó reacciones inmediatas para garantizar la cuantiosa cantidad de combustible necesaria y proveer alimentos y agua potable a los casi 6.000 tripulantes que se encontraban a bordo.
Por otro lado, también provocó un estado de euforia en la población local y en las localidades vecinas, como nunca antes se había visto.
El 11 de noviembre de 1991, el Kitty Hawk arribó a las costas marplatenses. Lo hizo escoltado por la fragata Paul, pero también acompañado por un gran número de mitos y voces tanto a favor como en contra de su llegada.
Nunca, o al menos no en mucho tiempo, se había mostrado tal grado de frivolidad por la llegada de alguien a la ciudad. Allí radica el origen de los mitos que se construyeron alrededor del tema.
Lo primero que trascendió fue que los marinos que venían en el buque, casi 5.550, llegaban con un supuesto exceso de deseo sexual, lo cual llevó a representantes de la Iglesia y diversas agrupaciones políticas a levantar la voz ante supuestos “acuerdos” para fomentar la prostitución en la ciudad. Lo segundo fue que el movimiento económico que dejaría en la ciudad sería “salvador” para una gran parte de la comunidad.
De más está decir que ninguna de estas dos afirmaciones se cumplió.
Sin embargo, lo que sí ocurrió fue una ola de “cholulismo” frente al desembarco de los miembros de la tripulación, quienes, lejos de ser marines o infantes de marina del ejército de Estados Unidos, eran tripulantes dedicados a labores mecánicas, eléctricas, de enfermería, medicina, cocina y otras tareas técnicas. Fueron pocos los pilotos de guerra y policías militares que formaban parte de la tripulación en ese momento (entre ellos, había pilotos y suboficiales argentinos).
El Kitty Hawk fondeó a las afueras de la ciudad, frente a Cabo Corrientes. El enorme buque era todo un espectáculo en sí mismo: gris sobre el azul del mar y el cielo, con sus 318 metros de eslora y 80 mil toneladas, era una ciudad flotante. De hecho, tenía en su interior varios supermercados, peluquerías, lavanderías, snack bar, un hospital con seis salas de operaciones, restaurantes y 2.400 teléfonos.
La visita se prolongó por cuatro días. En tierra, tres, porque el primer día no pudieron desembarcar debido a las condiciones del mar y el fuerte viento del sudeste que impedía que los botes más pequeños se acercaran a la costa.
La llegada fue en Escollera Norte. En ese lugar se había montado un espacio de servicios para los recién llegados que incluía baterías de baños, cabinas telefónicas, paradas de micros especiales que los trasladaban al centro u otros puntos, y, por supuesto, una carpa improvisada con una casa de cambio para convertir sus dólares en australes.
Sus permisos de desembarque eran de tan solo cuatro horas; algunas versiones indican que podían extenderse hasta siete, y no más de 200 personas por vez. Las pequeñas lanchas se acercaban a las escolleras cargadas a distintas horas, trasladándolos. Eran recibidos por un gran número de gente que, desde ese momento inicial, comenzaba a seguirlos, intentando interactuar con alguno de ellos y, sobre todo, sacarse alguna fotografía.
Durante su estadía en tierra, los tripulantes del Kitty Hawk se mostraron con grandes lentes de colores, camperas haciendo juego, viseras hacia atrás y posando para cuantas fotos les pedían. También firmaron autógrafos por todos lados, sin entender mucho por qué o qué sucedía con toda esa gente que los recibía como si fueran actores de Hollywood o jugadores de la NBA.
El resto del tiempo lo aprovecharon para disfrutar de la costa, de los bares tomando cerveza, jugando en improvisados partidos de básquet o al golf. Pasearon mucho por la peatonal San Martín, miraron vidrieras, pero queda en duda si realmente gastaron tanto dinero como se decía que iban a gastar. Era muy llamativo ver las vidrieras de los comercios con sus precios en australes y en dólares (algunas voces dicen que a ellos no les convenía el cambio en ese momento como en otros lugares del mundo). Las crónicas también hablan de un equipo de basquetbolistas que enfrentó al Quilmes dirigido por Oscar “Huevo” Sánchez.
Sin dudas, lo más sorprendente fue el fenómeno que se generó alrededor de la llegada del Kitty Hawk a la ciudad y el desembarco de su tripulación. Se mostraba una fascinación por lo extranjero, solo por su condición de tal, que luego se convirtió en una característica particular de toda la década. La desesperación por un autógrafo, una fotografía o algún recuerdo que se intercambiaba, se vendía o se tomaba directamente de los visitantes, era algo nunca antes visto.
Este fue un punto reflexivo para el contexto social de aquella época: la atracción por lo intrascendente y por aquello que no se sabía exactamente por qué pasaba, algo que hoy, más de 30 años después, nadie recuerda con exactitud ni tiene memoria de los hechos ni de sus protagonistas. De hecho, es muy poco el material que circula en la web sobre esos días, a diferencia de la nevada ocurrida en agosto de ese año, que sigue generando nuevo material con el paso del tiempo.
Los mitos que quedaron
Luego de esos pocos días, los visitantes se fueron como llegaron. Los políticos continuaron con sus polémicas sobre si estuvo bien recibirlos o no y la sociedad siguió su curso. Como consecuencia de aquella visita, sí quedaron mitos que aún hoy no han sido esclarecidos, tales como:
- La llegada de mujeres de la zona al puerto local para ejercer la prostitución.
- Lo difícil que era conseguir ketchup en toda la ciudad -algo que duró varios días después de que se fueron- por el alto consumo de los estadounidenses.
- El millón de dólares que, supuestamente, dejarían los visitantes en las arcas de los marplatenses.
- La suspensión de las visitas al portaaviones porque un joven robó una videocasetera en una de ellas.
- El arreglo del patio de la escuela provincial N.º 13 de Arturo Alió e Ituzaingo.
- La gran cantidad de litros de cerveza que supuestamente se consumieron en esos pocos días.
La historia del Kitty Hawk
El Kitty Hawk fue botado el 21 de mayo de 1960 y puesto en servicio el 29 de abril del siguiente año. Experimentó un proceso de prolongación de su servicio en 1985 hasta que, en 2009, fue sacado de servicio. Amarró en la Base Naval Kitsap-Bremerton junto a otras naves, permaneciendo en el programa de buques inactivos con un futuro de desguace que se concretó recién en 2021.
Fue vendido por un centavo al Desguace de barcos internacional en Brownsville, Texas, donde fue desmantelado y se recicló el 98 por ciento de su metal.
Su plataforma de vuelo medía 318,80 metros de largo y 76,80 metros de ancho. La velocidad crucero que soportaba en 1991 era de 35 nudos y podía transportar siete millones y medio de litros de nafta de avión, además de más de 80 aviones y helicópteros, entre los cuales se encontraban los Grumman F-14 Tomcat.
Fue nombrado en honor a Kitty Hawk, Carolina del Norte, el sitio de vuelo del primer avión impulsado por los hermanos Wright. Iba a ser el líder de su clase y el segundo buque en llevar ese nombre.
Fue el último buque de los portaaviones de propulsión convencional de la clase Kitty Hawk construido para la Armada de Estados Unidos.
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